El último gran payaso de Hollywood | Cultura | EL PAÍS

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Jerry Lewis, en los cincuenta.
Jerry Lewis, en los cincuenta.CORDON PRESS

Ha fallecido a los 91 años el cómico más célebre de la segunda mitad del siglo XX, y quizás también el más prolífico ya que desde 1949, fecha de su primera película, Jerry Lewis ha intervenido en más de sesenta, además de en numerosos programas de televisión que protagonizaba con mucho éxito. Con uno de ellos, el llamado Teletón, lograba reunir importantes sumas de dinero a beneficio de la Asociación de la Distrofia Muscular, de la que era presidente. Esta actividad le valió un Oscar.

Comenzó haciendo pareja con el galán y cantante Dean Martin, y ya en solitario tras una árida separación artística que duró más de 20 años, siguió componiendo un tipo de humor alocado, puro disparate plagado de muecas, que no solo llevó a la pantalla sino a actuaciones personales que estuvo realizando hasta su retirada, anunciada oficialmente dada su progresiva mala salud. El absurdo como norma y lo exagerado de sus expresiones y tics no tuvo siempre adeptos. En España, por ejemplo, se estuvo siempre muy lejos del gusto del público francés para el que Jerry Lewis fue muy popular desde sus primeras películas con Martin —Una herencia de miedo, Loco por Anita, Artistas y modelos, ¡Qué par de golfantes!, Vaya par de marinos…— siendo celebrado siempre con entusiasmo por las revistas especializadas más exigentes.

La crítica en España fue más reacia y no reconoció su talento hasta que Jerry Lewis comenzó a dirigir sus propias películas: El botones, Las joyas de la familia, Lío en los grandes almacenes, Yo soy el padre y la madre, Tres en un sofá, Caso clínico en la clínica, El terror de las chicas… Y especialmente desde la que se consideró su mejor obra, El profesor chiflado, desafortunado título para lo que era una inteligente parodia de Doctor Jeckyll y Míster Hyde, que tuvo años después una nueva versión interpretada por Eddie Murphy… sin la gracia ni el talento del original. Porque gustara mucho o poco Jerry Lewis fue inimitable.

En sus películas como director se descubrieron matices y agudezas sobre la frecuente estupidez humana que no existían en sus películas de simple payaso (simple y talentoso payaso, hay que reconocerlo). Demostró que lo era, por ejemplo, en la clausura del festival de San Sebastián de 1990 donde consiguió superar el tenso ambiente que había provocado la decisión del jurado que declaró haberse sentido obligado a dar unos premios que no quería haber dado. Jerry Lewis se hizo el amo del escenario y consiguió transformar los ceños fruncidos por sonoras carcajadas.

Soñó con un oscar que nunca le llegó, salvo uno de carácter humanitario que no era, por supuesto, el deseado. Su última oportunidad de conseguirlo fue en 2013 con la película independiente Max Rose, de Daniel Noah, que tuvo un recorrido comercial muy discreto. Su otra gran oportunidad fue cuando Martin Scorsese le dirigió en la muy amarga El rey de la comedia, junto a Robert de Niro. Pero con o sin galardones, siempre le acompañará nuestra agradecida sonrisa.

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