Soy el santo Job | Gente y Famosos | EL PAÍS

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Y cuando por fin estaba colocado en mi marca, a mi lado se situó un “extra” que vestía una camiseta de tirantes de rayas marineras combinado con unos pantalones pirata de cuadros

 

Rodaje de una película.Rodaje de una película. CASPAR BENSON GETTY IMAGES/FSTOP

Me encuentro en pleno rodaje de una serie (en la que hago de superdotado) y hace poco protagonicé una divertida peripecia que quizás fue malinterpretada. Es por eso que me veo obligado a escribir esta carta abierta dirigida al equipo.

Queridos compañeros:

La otra tarde, no sé si os acordaréis, pero en medio de una toma pegué la espantada, aparentemente sin motivo, y me encerré en mi rulot tras un portazo. Es posible que alguno de vosotros, al acercar la oreja a la puerta, oyerais gemidos, sollozos, cosas que se rompían… pero eso era porque estaba escuchando el último disco de Björk. Pudo parecer mi actitud impulsiva, fruto de un arrebato, pero lo cierto es que, como se suele decir, la gota había colmado el vaso. No lo dije, porque yo soy mucho de aguantar y quizás ese es mi principal defecto: no quejarme. Os cuento. Nada más llegar un muchachete de producción, seguro que sin mala intención, me abordó por la espalda y después me miró directamente a los ojos.

Mientras me microfonaban, tuve que escuchar como el técnico de sonido, que para más inri lucía un tatuaje tribal en un brazo, rimaba: “hambre” con “calambre”, “gusto” con “arbusto”, “fin” con “Serafín”… etcétera.

Aunque estaba listo a la hora convenida, esperé más de veinte minutos al Sol a que estuviera preparado el plano (no entiendo como habiendo tanta gente trabajando se tarda tanto) y aunque hubo una chica conmigo sujetándome la sombrilla, en más de una ocasión me rozó la cabeza con una de las varillas. Si finalmente no se arruinó mi peinado fue porque Dios no lo quiso.

Y cuando por fin estaba colocado en mi marca, a mi lado se situó un extra que vestía una camiseta de tirantes de rayas marineras combinado con unos pantalones piratas de cuadros. No exagero si digo que ese dislate estilístico me provocaba un zumbido: no lo pude soportar.

Comprendéis ahora mi reacción, ¿no?

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