Una historia de amor callejero

José y Mónica son pareja y viven en la calle, en un banco del Eixample, desde hace cuatro meses

Olga Merino / Barcelona

Origen: Una historia de amor callejero

Llevo días observándolos, semanas más bien, todas las de este verano de chicharrera, con sus noches tropicales, en que han pernoctado en un banco del Eixample bajo un tenderete hecho con mantas que los protege a ellos, sus dos perros jack russell (la Blanquita y el Miguel) y los cuatro carros de supermercado donde acarrean fardos de periódicos viejos y el ajuar de la casa nómada. El jueves, de madrugada, se puso a llover con ganas y tuvieron que levantar el campamento deprisa y corriendo e improvisar un cobijo bajo la marquesina de un almacén.

Cuando me acerco, nos intercambiamos miradas de desconfianza -“¿qué coño querrá esta tía?”, imagino que piensan ellos- hasta que la conversación tiende puentes y demuestra cuán fácil sería caer cuesta abajo en la rodada. Pierdes el curro, o dejan de pagarte, o el casero te sube el contrato a quemarropa, o te da un siroco que te impide trabajar durante un tiempo y, zas, la torre de palillos de dientes se viene abajo.

Se nota que se quieren: a él, por el instinto protector; a ella, en la mirada

En ocasiones como esta, sería mucho mejor que las crónicas se contasen ellas solas, en crudo, para que no se mancharan de sentimentalismo cursi ni se convirtieran en mercancía de badulaque. Que fueran radiografías en el puro hueso, desnudas como atestados: José, catalán parido en el Hospital Clínic (45 años), y Mónica, vasca de Pasajes (48 años), una pareja que desde hace cuatro meses vive en la mera calle. Antes, habían estado de ocupas en un cajero junto con una tercera persona que la lio.

En su relato no hay borracheras alcohólicas, ni sida, ni casos perdidos por el caballo o cualquier otro veneno; es más, ambos conservan la lucidez, cierta esperanza y bastante sentido del humor. En el banco donde habitan, se escucha Catalunya Ràdio en un transistor a pilas durante todo el santo día, rifirrafes parlamentarios incluidos; José está al día del tostón. Se ganó la vida como repartidor de propaganda, segurata, en la construcción y en la carga y descarga de los cruceros hasta que se terminó la contrata; también estuvo en Bosnia, cuando la guerra, y volvió apuñalando su sombra, pero prefiere no hablar de ello, como tampoco de una infancia maltratada. Mónica era cuidadora de ancianos.

Entre 20 y 40 euros semanales

Agotado el paro y sin ayuda alguna, salen al papel (9 céntimos el kilo) y al cobre (5 euros el kilo), que venden en una nave del Poblenou siempre que la competencia rumana, la de las ‘furgonas’ blancas, deje alguna migaja por el camino. Se sacan entre 20 y 40 euros a la semana.

Sin parecerse, se dan un aire a Lole y Manuel, la pareja más flamenca de los 70

Dice José que, cuando la conoció, Mónica era “una paloma enjaulada” por culpa de ese alquitrán viscoso llamado depresión, y él quiso liberarla. Sin parecerse en nada, se dan un aire a Lole y Manuel, la pareja más flamenca de los años 70. Él, por la barba y el pozo hondo de los ojos; ella, por la melena al viento. Lole y Manuel, “a la flor del romero/ romero verde/ son tus ojitos, niño/ los que me pierden”.

Se nota que se quieren. Por la mirada de admiración (ella), por el instinto protector (él). Un cariño que aguanta la calle debe de ser mucho amor, y José no deja sola a su chica ni un segundo. Cuando llega la noche, se esconden bajo mantas no por el relente, claro está, sino por construir un sucedáneo de intimidad, una sutil barrera entre el “ellos” y el “nosotros dos”. Algunas alimañas son de campo y otras, en cambio, se emboscan en el asfalto: el graciosillo, el buscapleitos, el niñato con mechero. En la calle se duerme -es un decir- con un ojo cerrado y el otro abierto.

De día y con sol suceden las mejores estampas: la vecina que pasa, “¿queréis esta manta?”; la anciana de ochenta y tantos que les baja un cazo de lo que haya guisado; la argentina enamorada de los perros que se ofrece a ayudar con las vacunas.

Doctorado ‘cum laude’

Mónica y José comparten a veces la intemperie con un amigo, Luis (52 años), un lince de la rebusca en el contenedor de los supermercados. Al hombre se le rompieron las gafas y, como padece un astigmatismo severo, se ha inventado un sistema muy ingenioso para poder leer la letra de los crucigramas: hace una especie de tijera con los dedos sobre sus párpados, de manera que su retina se convierte en el obturador de una cámara de fotos; cuanto más cerrado el diafragma, mayor profundidad de campo. La calle es un doctorado ‘cum laude’.

Nada, una historia de amor en esta Barcelona del despiporre turístico y los alquileres diabólicos, donde un millar de personas duermen al raso. Nada, un tanguillo de Lole y Manuel, “como yo no tengo ‘na’/ me basta con los luceros/ que tiene la ‘madrugá'”.

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