Un aventurero en el infierno verde

Origen: Un aventurero en el infierno verde

Percy H. Fawcett (Wiki Commons)

  • Percy Fawcett entró en la selva amazónica en abril de 1925 buscando una gran ciudad perdida, pero nunca regresó. Su historia es la de uno de los últimos exploradores clásicos, un aventurero que alimentó en su día leyendas infinitas.
  • La historia de Percy Fawcett, uno de los exploradores más populares de principios del siglo pasado y también muy posiblemente uno de los últimos, es una de aquellas que hoy serían imposibles. No sólo porque la tecnología ha terminado con el misterio de las tierras desconocidas, sino también porque parte del territorio de la selva amazónica que exploró y algunas de las tribus que conoció simplemente ya no existen.

    Además de ser uno de los últimos grandes aventureros, Fawcett ha sido también uno de los grandes olvidados, probablemente porque explorar, sí, pero, en realidad, “nunca descubrió nada”, señalaba recientemente el también explorador Hugh Thomson en un artículo en ‘The Washington Post’, publicado con motivo de la película sobre la epopeya de este militar británico estrenada esta primavera.

    Fawcett ha sido uno de los grandes olvidados, probablemente porque explorar, sí, pero, en realidad, “nunca descubrió nada”, según señalaba el también explorador Hugh Thomson en un artículo en ‘The Washington Post’

    El coronel Percival Harrison Fawcett (1867-1925) vivió obesionado con la selva. A principios de siglo realizó varios viajes al Mato Grosso, en Brasil, donde entonces había algunas de las últimas áreas ignotas del planeta, y fue allí donde fue tomando cuerpo su idea de que en algún lugar bajo la densa vegetación existía una gran ciudad perdida, a la que llamó Z. Los relatos sobre antiguas civilizaciones olvidadas habían sido incesantes desde la llegada de los europeos a América, y, entre ellos, la fantasía número uno había sido la búsqueda de la mítica Eldorado. Historias como la del mercenario portugués que en el siglo XVIII dijo haber llegado a una ciudad monumental en plena selva, o realidades, como el descubrimiento del Machu Picchu en Perú en 1911, no hicieron más que alimentar la imaginación de Fawcett.

    Tras una expedición fallida cuatro años antes, en 1925 inició, junto a su hijo y un amigo de este, el que debía ser el intento definitivo para hallar Z. En abril partió desde Cuiabá hacia lo más profundo de la selva, un lugar tan infestado de amenazas, que los primeros occidentales lo llamaron “el infierno verde”.

    Fawcett (primera fila a la derecha) en 1908
    Fawcett (primera fila a la derecha) en 1908

    No sólo se trataba de superar el calor sofocante, las caminatas agotadoras, el riesgo de enfermedades o de ataques de animales y el hambre. Algunas de las tribus locales, que ni siquiera habían sido identificadas, podían llegar a ser extremadamente hostiles. Un infierno, sí, pero “adoro ese infierno”, había escrito unos años antes de la que sería su última expedición. Algo más de un mes después de su salida, el 29 de mayo, Fawcett hizo llegar una carta desde el interior de la selva, a través de un mensajero indígena. Fueron las últimas noticias de la expedición. Después de aquel mensaje, nada.

    Pero con la desaparición de Fawcett, dado por muerto en 1927, no terminó su historia sino que empezó la leyenda. En los años sucesivos corrieron todo tipo de rumores sobre su suerte, a cuál más extraño: el que aseguraba que había desaparecido por voluntad propia huyendo de un pasado inconfesable, o bien que había perdido la memoria y se había convertido en una suerte de líder espiritual de una remota tribu de caníbales, e incluso que había tenido un hijo (aunque luego se comprobó que el niño blanco que se había descubierto era en realidad un indio albino).

    Hasta mediados de los años treinta, un centenar de personas perecieron en ese tipo de expediciones, hasta el punto de que el gobierno brasileño terminó prohibiéndolas

    Además de explorador, Fawcett tenía un talento especial para construirse una imagen pública –favorable, por supuesto– y convertirse en un fenómeno mediático. En años anteriores, a través de sus escritos y publicaciones, había logrado crear un personaje que derrochaba heroísmo y valentía, muy apreciado por el público del momento y que incluso sirvió de inspiración para su amigo Arthur Conan Doyle en la novela ‘El mundo perdido’. Eso explica el enorme impacto de la desaparición: la combinación de heroismo, aventura y misterio era irresistible para unos periódicos que publicaron páginas y páginas, y para unos lectores que las devoraron.

    El resultado es que oleadas de aventureros trataron de adentrarse en las profundidades selváticas en su búsqueda. Pero dar con él era casi imposible porque, para evitar que otro competidor se le pudiera adelantar –como ya le había ocurrido a Robert Scott frente a Roald Amundsen en su carrera por el polo Sur–, nunca reveló cual sería su ruta verdadera. Al final, muchos de los grupos de rescate siguieron el mismo destino: se estima que hasta mediados de los años treinta, un centenar de personas perecieron en ese tipo de expediciones, hasta el punto de que el gobierno brasileño terminó prohibiéndolas.

    A partir de entonces, Fawcett fue cayendo poco a poco en el olvido aunque con notables excepciones: al parecer, bastantes años después de su desaparición, Hergé se habría basado en él para el personaje de explorador perdido de ‘La oreja rota’, de Tintín, y, aún más tarde, algunas fuentes señalan que fue una de las inspiraciones para los creadores de Indiana Jones.

    El activista brasileño Orlando Vilas Boas muestra supuestos restos de Fawcett que le entregaron los indios kalapaloEl activista brasileño Orlando Vilas Boas muestra supuestos restos de Fawcett que le entregaron los indios kalapalo (Popperfoto / Getty)

    El rastro de este aventurero parecía difuminarse hasta que, a principios de los años cincuenta, el activista en favor de las tribus amazónicas Orlando Villas-Bôas recibió la noticia de que los indios kalapalo habían asesinado a la expedición e incluso le hicieron entrega de los supuestos huesos del militar británico. Con eso, parecía que el misterio quedaba definitivamente resuelto. Sin embargo, en otro giro de la historia, a finales de los noventa los propios kalapalo desmintieron esta versión.

    En el 2005, David Grann, periodista de ‘The New Yorker’, volvió a seguir la ruta que 80 años antes había recorrido la expedición, aunque los parajes por los que transcurría se habían transformado de forma radical. La selva había desaparecido en muchos lugares, y las tribus locales, aun siendo, en algunos casos, hostiles, ya no representaban el peligro de antes. Cuando Grann acabó entrando en contacto con los kalapalo, estos le contaron la historia que unos a otros se habían transmitido de forma oral: ellos no mataron a Fawcett, sino que, en realidad, habían intentado protegerle. Aquel día de mayo de 1925, la expedición abandonó el territorio de los kalapalo, a pesar de sus advertencias, y se adentró en una zona controlada por otros indios extremadamente peligrosos. Tras ver durante cinco noches el humo de su fogata, a la sexta noche no tuvieron ya noticias de los exploradores.

    Bajo un perfil público dulcificado, Fawcett escondía una personalidad racista y prepotente

    Coincidiendo con el estreno de la película, la figura de Fawcett está empezando a ser contestada. En su artículo de ‘The Washington Post’, Hugh Thomson destaca la dosis de fantasía y vanidad con la que el coronel Fawcett aderezó y engrandeció su imagen. Bajo ese perfil dulcificado, se encontraba una personalidad racista y prepotente, hasta el punto de que “su actitud displicente hacia los indios, no su valentía, le llevó a situaciones que pusieron en riesgo su vida”. Ya los hermanos Villas-Bôas habían señalado en su momento que “Fawcett fue la víctima de su propia dureza y la falta de tacto que todos reconocían en él”.

    ¿Fin de la historia? Grann publicó en el 2009 un libro en el que en parte se basa la película. Al llegar al fin de su viaje, en el poblado de los kalapalo, el periodista conoció al arqueólogo estadounidense Michael Heckenbereger, quien le mostró en qué estaba centrando sus investigaciones. Primero había hallado un foso; luego, restos de una empalizada defensiva, y después, la planta de una ciudad al parecer con capacidad para aproximadamente 2.500 habitantes, unida a su vez a varios complejos similares en lo más profundo de la selva. Quizá no era Eldorado, pero posiblemente fuera la gran ciudad perdida que buscaba Fawcett. Lo imposible es saber si él llegó a encontrarla antes de desaparecer.

    Un arqueólogo estadounidense halló en la zona la planta de una ciudad que pudo albergar unos 2.500 habitantes. Quizá no era Eldorado, pero tal vez fuera Z

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