Este es el motivo por el que se contagian los bostezos

Origen: Este es el motivo por el que se contagian los bostezos

¿Tienen algo que ver los bostezos con la capacidad de identificarse con alguien?

El bostezo es una acciones involuntarias que los humanos compartimos con muchas otras especies (herjua / Getty)

Se acerca. Poco a poco, va tomando forma desde lo más profundo de las entrañas. La cara empieza a torcer una mueca que avisa que está a punto de ver la luz. Los ojos se entrecierran y una ligera inspiración prepara el terreno para lo que se convertirá en algo que no pasará desapercibido para los que te rodean. La boca se entreabre, por mucho que intente ser retenido. Y, pese a los esfuerzos, al final llega… el bostezo. Desde ahí, es muy probable que las personas que te rodean se sientan contagiadas y repitan los mismos pasos. Un contagio que se ha relacionado muchas veces con la empatía. ¿Tienen algo que ver los bostezos con la capacidad de identificarse con alguien?

¿Mito o realidad?

Hay algo indiscutible: los bostezos son, en menor o mayor medida, contagiosos. No todos los seres vivos sufren este efecto rebote: solo los humanos y los chimpancés bostezan cuando ven -u oyen- a un miembro de su especie hacer lo propio. Pese a las diversas teorías, no hay unanimidad en el mundo científico de por qué sucede esto.

Una de las explicaciones más establecidas tiene origen en el concepto de empatía. Esta teoría afirma que nuestra capacidad para entender y ponernos en el lugar del otro sería la clave para explicar por qué nuestro organismo imita lo que ve en el otro como si de un espejo se tratara.

La ciencia, sin embargo, ha dado explicaciones algo más concluyentes basadas en estudios. Un estudio publicado en la revista Plos One puso en duda la relación entre ambos conceptos y trató de ofrecer otras explicaciones.

La investigación fue basada en 328 voluntarios sanos, a los que se les pidió completar unas pruebas cognitivas y un cuestionario que incluían evaluaciones sobre empatía, sueño o niveles de energía. Además, también tuvo en cuenta los datos demográficos y otras particularidades de cada participante. Tras esta recogida de información se pidió a cada uno visualizar un vídeo de tres minutos de gente bostezando. Los investigadores, mientras tanto, apuntaron el número de veces que tuvieron ganas de repetir el gesto y lo reprimieron o cuando lo expusieron de forma abierta.

La edad, clave

De los 328 individuos estudiados, 222 bostezaron al menos una vez durante la proyección. La ‘susceptibilidad’ detectada fue variable, con un número de bostezos que variaba entre cero y 15 veces. Al estudiar los datos en conjunto, sin embargo, los investigadores no pudieron establecer ninguna conexión entre los bostezos contagiosos y la empatía, el momento del día o la inteligencia.

Lo único que parecía tener cierta influencia sobre los bostezos era la edad. Los participantes con más años eran menos proclives a imitar a sus semejantes, si bien este factor sólo permitía explicar el 8% de la variabilidad en la respuesta.

Esta respuesta deja aún en el aire el quid de la cuestión, pero sí que aleja la empatía como el único factor de contagio. Elizabeth Cirulli, profesora de la Universidad de Duke (EEUU, responsable del estudio, considera, sin embargo, que conocer mejor este fenómeno puede contribuir a la investigación sobre enfermedades como la esquizofrenia o el autismo, puesto que se sabe que las personas aquejadas por estos trastornos no se contagian cuando ven a otra persona abrir la boca.

Origen neuronal

Otro estudio de la Universidad de Nottingham fue más allá en su investigación y situó la propensión al contagio del bostezo involuntario en la corteza motora primaria del cerebro, área responsable de la ejecución del movimiento a través de los impulsos neuronales.

Para ello, 36 adultos voluntarios se sometieron a una prueba similar, en la que debían ver vídeos de bostezos. Posteriormente, se contabilizaron todos sus bostezos, incluidos los reprimidos. Tras ello, los investigadores utilizaron técnicas de estimulación magnética transcraneal (TMS), demostrado que a través de la estimulación eléctrica también se puede incitar al bostezo.

Gracias a las TMS probaron a su vez que ser más o menos propenso al bostezo contagioso depende de la excitabilidad cortical y la inhibición fisiológica del córtex motor primario de cada persona, por la que la necesidad de bostezar es diferente en cada uno de nosotros.

El hallazgo, publicado en la revista Current Biology, permitirá a los investigadores comprender mejor las causas de las enfermedades relacionadas con un aumento de la excitabilidad cortical y/o una disminución de la inhibición fisiológica, donde los pacientes no pueden frenar algunos de los ecofenómenos más comunes: ecoalia, imitación involuntaria de palabras; y ecopraxia, imitación automática de acciones.

Sueño, hambre, aburrimiento o asco de algún presente, los bostezos seguirán contagiando y uniendo a propios y a extraños en un extraño signo de desidia y familiaridad generalizada.

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