Todo está en los mapas

Origen: Todo está en los mapas

La geografía marca nuestra historia y nuestra política; los mapas son la manera cómo la visualizamos, pero también cómo la imaginamos

El mundo es un pañuelo, todos lo sabemos. Pero no resulta ya tan conocido que la palabra latina mappa significa justamente pañuelo, y que con los años mappa mundi se convirtió en el nombre dado al dibujo de la superficie terrestre. La humanidad siempre ha dibujado el mundo, el visitado y el ignoto, el real y el fantástico, y lo ha hecho a imagen y semejanza de sus conocimientos y ambiciones, también de sus deseos e iluminaciones. Los mapas dieron visibilidad a los territorios descubiertos y conquistados, a menudo sinónimos, e hicieron anhelar otros, tierras de promisión y de aventura, de devoción ­incluso.

Los mapas que custodia la Biblioteca Nacional nos hablan de nuestra determinación por ir más allá de los confines para ver qué nos espera en el otro lado; un parte de este tesoro se expone ahora en una muestra impresionante, más de doscientos mapas manuscritos, atlas, cartas de navegación, documentos, que vienen a ser otros tantos relatos.

Los mapas nos permiten visualizan la geografía, ese dónde estamos, cuáles son nuestros límites físicos

Los mapas nos permiten visualizan la geografía, ese dónde estamos, cuáles son nuestros límites físicos, hacia dónde podemos crecer (o encoger), quiénes son nuestros vecinos; son, en ese sentido, expresión de la política, o su corsé, lo estamos viendo todos los días, especialmente ahora. Lo vieron muchas generaciones antes que nosotros. La terra incognita constituía un espacio para imaginar y dar salida a nuestros sueños colectivos (la isla de Jauja, el reino del Preste Juan), pero también señalaba las tierras a las que se podía aspirar. Y territorio es poder. Eso los cartógrafos, y los señores a quienes servían, lo entendieron muy pronto. Uno de los apartados de la exposición trata precisamente del simbolismo de estas cartas, reflejada en las formas que adoptaron, como los cordiformes, con apariencia de corazón, que se popularizaron desde el siglo XVI y durante toda la edad moderna, y que los relacionaba con la religión; en la Biblioteca Nacional se expone el impresionante Orbis terrestris descriptio (1592), un atlas manuscrito del alemán Christian Sgrooten dedicado a Felipe II, con un hemisferio norte recortado para formar el corazón que tanto había de agradar a un hombre tan profundamente religioso como el rey de la Contrarreforma.

Pero hay que empezar por el principio, por Claudio Ptolomeo (ca. 100-170), que desde Alejandría trasladó al plano lo que era una esfera, la terrestre; en su tratado astronómico Almagesto situó la Tierra en el centro del universo, tal como ya habían hecho por ejemplo los babilonios o los griegos, pero anclando su visión en los conocimientos científicos de la época. Esta visión geocéntrica se mantuvo hasta que las teorías heliocentristas se impusieron en el Renacimiento. Copérnico, Galileo, llegaba la hora de la ciencia frente a la inventiva de los cartógrafos predecesores, aquellos que llegaban a mapear el Paraíso y buscar su localización entre el Tigris y el Éufrates, siguiendo el relato bíblico.Por la misma época en que el sol desplazaba a la Tierra como centro del universo, empezaban a rellenarse los espacios en blanco de los mapamundis con los descubrimientos de nuevas tierras.

Los mapas que custodia la Biblioteca Nacional nos hablan de nuestra determinación por ir más allá de los confines para ver qué nos espera en el otro lado

La terra incognita se iría reduciendo con la incorporación de América, extremo oriente y, más adelante, las tierras oceánicas y la Antártida. Las cartas náuticas acercaron los nuevos mundos y la imprenta los difundió. La carta de Juan de la Cosa (1500) es el primer mapamundi en incorporar lo que entonces se creían las Indias occidentales: apenas el Golfo de México, el Caribe y la costa de Colombia a Brasil. No mucho más tarde, en 1507, el alemán Martin Waldseemüller incluyó por primera vez la palabra América en su mapa; cuando Magallanes consiguió atravesar el estrecho que lleva su nombre en 1520 fue posible ya definir el continente en su extremo sur. El problema seguiría para fijar el norte, como se puede ver en el mapa del polo Norte (en la página anterior) de Gerard Mercator, quien por cierto fue la primera persona en emplear el vocablo atlas para designar un conjunto de mapas. Y es que en su afán cartográfico los geógrafos incurrieron en numerosos errores que hoy provocan sonrisas, como el de considerar California una isla separada del continente, o simplificaciones como el Mapa del río Amazonas y su cuenca desde Quito hasta la desembocadura del mar, de Martín de Saavedra y Guzmán (1639), también expuesto.

La racionalidad no impidió la búsqueda de lugares legendarios, como El Dorado o la Atlántida. Para el disfrute de curiosos encontramos en la exposición un mapa de principios del siglo XVIII del país de Jauja, y otro del pretendido Reino del Preste Juan, un patriarca nestoriano del cristianismo en oriente en el siglo XII, cuyo territorio fue objeto de búsqueda geográfica y literaria hasta entrado el siglo XVII. La ciencia, en lugar de erradicar los mitos, con frecuencia los ha generado, se nos dice en el catálogo (magnífico) de la exposición.

Cartografías de lo desconocido. Mapas en la BNE

COMISARIOS: JUAN PIMENTEL Y SANDRA SÁENZ-LÓPEZ ­PÉREZ. BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA. MADRID. WWW.BNE.ES.HASTA EL 28 DE ENERO

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