Síndromes: Doña Diógenes | Opinión | EL PAÍS

Origen: Síndromes: Doña Diógenes | Opinión | EL PAÍS

Julita Salmerón y su hijo, el actor y director Gustavo Salmerón, recogiendo su Goya al mejor documental.
Julita Salmerón y su hijo, el actor y director Gustavo Salmerón, recogiendo su Goya al mejor documental. GABRIEL BOUYS AFP PHOTO

Llevo todo el invierno sin abrir un armario, vistiéndome con cuatro trapos teniendo el Museo del Traje en casa. No es que no quiera. Es que no me atrevo. A abrir los roperos, digo. Me da miedo. Primero, físico. Un pavor claro y real a morir sepultada por las montañas de ropa acumuladas después de décadas comprando pingos sin más ton ni son que el de la recompensa inmediata. Pero sobre todo, no abro esas puertas por terror a mí misma. Por ver en lo que se ha convertido mi vida. Me pasa lo mismo con los bolsos y la nevera y el maletero del coche y la memoria del móvil y el escritorio del portátil y la bandeja de entrada del correo electrónico y el buzón del correo propiamente dicho. Rebosan de contenidos hasta el límite de sus capacidades en un batiburrillo donde se mezcla lo urgente con lo importante con lo accesorio con lo imprescindible con lo sublime con la basura sin más orden ni concierto que mi pánico a desprenderme de cualquier artículo vivo o muerto que no esté podrido, y a veces ni eso. Sí, lo confieso, me aterroriza la idea de tirar cosas en la misma medida que sigo acumulándolas y me atenaza la impotencia de no saber gestionarlas.

Así vivo, ahogadita en mi desorden hasta el punto de comprar libros, o discos, o camisetas negras de tirantes que sé que tengo repetidas pero que soy incapaz de encontrar en medio de mi propio caos. Le echaría la culpa al tiempo, al estrés, a la sociedad digital y tal, pero sospecho que mi enemigo está dentro. Por eso, por verme a mí misma, me emocionó hasta la raíz de las mechas ver a Julita Salmerón, protagonista del documental Muchos hijos, un mono y un castillo. Una octogenaria cuerda y lúcida que almacena a toneladas objetos inverosímiles y se niega a tirarlos porque se pone enferma sin que nadie la entienda. Yo sí te comprendo, Julita. La que avisa no es traidora, amigos: voy a tener una vejez muy mala.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en FacebookTwitter o suscribirte aquí a la Newsletter.