Origen: Unos Nibelungos a ritmo de thriller

  • Xavier Roca-Ferrer culmina una versión en prosa con una introducción, comentarios y notas que consiguen hacer de este clásico de amores y traiciones una lectura adictiva
 
CARLES BARBA

Hay lectores que delante de algunos clásicos pasan de largo como si fueran mujeres demasiado guapas casi imposibles de conquistar. El Cantar de los Nibelungos –cima de la épica universal y matriz de las quince horas de ópera que Wagner decantó en una tetralogía– podría parecer de entrada un plato sólo apto para germanistas y expertos en poesía medieval. Pero la versión en prosa que Xavier Roca-Ferrer ha ultimado del poema completo, resultará a quien se atreva con ella una lectura apasionante, devanándose ante nuestros ojos una historia de amores, celos femeninos y luchas de tropas, perfectamente entretejida.

Al parecer, el poema se escribió a principios del siglo XIII y, según Gabriel Ferrater, su autor, al mantenerse en el anonimato en unos tiempos en que ya no se estilaba, obedeció a “un propósito arcaizante, el de seguir las tradiciones de los viejos cantares heroicos”. Quienquiera que fuese el artífice (un juglar austríaco, un clérigo de Passau, un versificador profesional tipo Walter von der Wogelweide) se las apañó para fundir leyendas francas y escandinavas que coleaban desde siglos atrás. Y armó una narración trágica cuya protagonista máxima sería la princesa burgundia Crimilda, quien tras casarse con el gran héroe de Neerlandia Sigfrido y sufrir después impotente su asesinato, se casa de nuevo ahora con Etzel, rey de los hunos, y utiliza a éste para tomarse venganza contra los verdugos de su primer cónyuge.

Tras casarse con Sigfrido y ver impotente su asesinato, Crimilda se une al verdugo de su marido para vengarse

El autor del Nibelungenlied no se anda con contemplaciones a la hora de contar los toma y daca de estos enfrentamientos: ni siquiera en la Ilíada habíamos visto correr la sangre con tanta profusión, y por otra parte la implacabilidad de Crimilda (que no duda incluso en sacrificar a sus hermanos para lavar la muerte de su paladín) deja corta a la mismísima Lady Macbeth.

Por lo demás, por anónimo que quisiera ser el poeta de esta epopeya, nos está interpelando de continuo, y tenemos así conciencia de vérnoslas con un artista muy alerta que trabaja su material dualmente: por un lado, cuidando de conservar el acento bárbaro de unos episodios acontecidos siglos atrás; y por otro insuflando en ellos los ideales caballerescos que él respira y que sabe propios de su público. Este doble rasero se aprecia por ejemplo en la forma en que Crimilda es anhelada por su héroe y por los soldados de a pie. Sigfrido la quiere ya antes de haberla visto, y cuando acude a la corte de ­Renania para pretenderla, es lo ­bastante galán para esperar un año hasta que se la dejan ver. Todo esto encaja en el mundo cortés desde el que escribe el poeta. En cambio cuando Crimilda con ocasión de una fiesta comparece públicamente delante de sus vasallos, estos no se la miran precisamente como una visión angelical: “No pocos guerreros pensaron: ‘¡Ojalá me fuera conce­dido a mí la dicha de dormir junto a ella!’”.

El Cantar de los Nibelungos nos ofrece por lo demás entre sus intersticios unas lecciones morales que resultan hoy muy aprovechables. Por ejemplo, la de que a menudo las rencillas más estúpidas y de patio de vecindad pueden tener las consecuencias más catastróficas para una gran masa de personas. Miles de burgundios y hunos –y daneses y nibelungos– perecen aquí sólo porque dos reinas (Crimilda y Brunilda) se encelan por asuntos de cama. Y otro mensaje que se podría leer entre líneas es el de que cuando estallan conflictos y se polarizan las posiciones, las terceras voces que representan la moderación, se hacen oír mal o acaban engullidas en la vorágine.

En este poema lleno de belicosidad y ferocidad, hay un personaje que es la encarnación de la más ­exquisita cortesía, el margrave ­Rudiger de Pochlarn. Vasallo de ­Etzel y Crimilda, y también anfitrión de los burgundios al punto que casar una hija con uno de sus príncipes tendrá al final que revolverse contra estos últimos –y batirse a muerte– a pesar de no les tiene ningún encono, y les aprecia y se honra por ello. El canto XXXVII en que se habla “De cómo murió Rudiger”, es uno de los más hermosos del ciclo, porque ahí cae el hombre más conciliador de todos, y porque con su inmolación, el fatum aciago que rige la obra entera asesta uno de sus golpes más in­justos.

En fin Xavier Roca-Ferrer nos ha acercado con tanta inmediatez esta epopeya que leyéndola, respiramos una edad media sin trampa ni cartón, tal como debió transcurrir entre el Rin, el Meno, el Danubio y el Elba, y entre unos pueblos que, según los pinta el poeta, tan listos estaban para combatirse como para agasajarse con regalos, torneos y protocolos mil. Olvídense de la tetralogía wagneriana (que sólo toma de aquí algunos elementos); repesquen si les place la película muda de Fritz Lang. Pero sobre todo déjense llevar por el verbo de este rapsoda anónimo que, aunando vistosidad descriptiva y un pathos sombrío, cuaja un clásico de aliento intemporal.

El Cantar de los Nibelungos

arpa. edición de Xavier Roca-ferrer. 496 páginas 24.90 euros