“¡Necesitamos sangre ya!” | Planeta Futuro | EL PAÍS

Origen: “¡Necesitamos sangre ya!” | Planeta Futuro | EL PAÍS

Una enfermera de Médicos sin Fronteras cuenta su experiencia en el noreste de Siria, donde ha estado trabajando en el único hospital gratuito que se mantiene plenamente operativo en toda la región

El hospital de Tal Abyad (Siria), donde Médicos sin Fronteras trabaja en colaboración con la Autoridad Kurda de Salud.
El hospital de Tal Abyad (Siria), donde Médicos sin Fronteras trabaja en colaboración con la Autoridad Kurda de Salud. EDDY VAN WESSEL / MSF

“Martina, Martina, ¿dónde está el otro médico?”, comenzaron a gritar mis compañeros. El médico al que se referían acababa de salir a una urgencia tras recibir una llamada desde un campo de desplazados cercano, donde cientos de personas se refugian de los combates.

“En diez minutos llegará una mujer que se está desangrando tras haber dado a luz. Las personas que le ayudaron en el parto dicen que sacaron la placenta con normalidad y luego, otra cosa que no saben lo que es. Tal vez un tumor… La paciente sangra mucho y no está estable”. Tras 12 horas ininterrumpidas de trabajo, os aseguro que esto no es exactamente lo que más te gustaría oír, pero bueno, una ya acaba acostumbrándose a que esto es el día a día aquí, en el noreste de Siria.

Desde que abrimos la maternidad, hace ya unos cuantos meses, me di cuenta de que la obstetricia aquí es una cuestión bastante compleja. Así que, teniendo en cuenta anteriores experiencias que no resultaron precisamente sencillas, avisé a nuestro segundo médico, a una matrona y al equipo quirúrgico. Quería que todos estuviesen preparados para la llegada de la paciente. Aunque la información que recibimos por adelantado no siempre es la más precisa, tenemos que estar listos ante cualquier coyuntura.

Unos minutos más tarde, los sanitarios entraron en la sala de urgencias llevando a una mujer en una camilla. Tenía la cara muy pálida Y bajo su cuerpo había un enorme charco de sangre. Traté de establecer contacto visual con ella y la saludé. Para mi sorpresa, la mujer abrió sus ojos y giró la cabeza hacia mí. “¡Buena señal!”, pensé. “Esto indica que sigue consciente”, me sentí aliviada.

El médico de urgencias retiró el paño que la mujer traía enrollado en su abdomen y, de pronto, un trozo de ese “algo” que nos habían comentado quedó visible. Nos miramos el uno al otro, encogiéndonos de hombros. “No tengo ni idea de lo que puede ser”, dijo el doctor. “Yo tampoco”, respondí.

No tenía ni idea de dónde encontrar, a las ocho de la tarde, suficientes donantes de un tipo de sangre tan poco común

Tengo poca experiencia en obstetricia. Como enfermera del hospital universitario de Praga, estoy acostumbrada a consultar a los especialistas para todo, pero afortunadamente nuestra matrona estaba ya de camino. Mientras tanto, hicimos todo lo que estaba en nuestras manos: encontrar una vena para insertar la vía, extraer una muestra de sangre y tomar las constantes vitales. Antes de que terminásemos, la matrona entró corriendo por la puerta y se dirigió directamente al quirófano.

Tras observar a la paciente, nos dijo con calma: “Lo que estamos viendo es su útero. No le administraron oxitocina durante el parto y le arrancaron la placenta con tanta fuerza que le han sacado el útero”.

Yo me quedé atónita. Miré fijamente a la matrona y luego al útero, y volví a mirar a la matrona. “¡Claro! Qué otra cosa podía ser”, dije observando de nuevo el útero. “Así de simple, es un útero del revés”.

No puedo jurar que como estudiante de enfermería siempre prestase atención en mis clases de ginecología, pero estoy bastante segura de que nadie me enseñó esto. Me imagino que no se dan muchos casos como este en la República Checa.

Rápidamente cogí la muestra de sangre de la paciente y rellené el formulario de análisis, entregándoselos inmediatamente a la compañera del laboratorio. “Necesitamos los resultados lo antes posible”, le dije. “Vamos a tener que hacerle urgentemente al menos dos transfusiones de sangre. De lo contrario, morirá”. El intérprete tradujo mis palabras atropelladamente.

Mis compañeros me prometieron que tendríamos identificado el tipo de sangre en breve. Y así fue, pero mi felicidad duró poco. Resultó ser 0 negativo. ¡La peor de las opciones posibles! No solo se nos había agotado este tipo de sangre, sino que además resulta incompatible con todas las demás. Necesitábamos donantes y nadie del equipo tenía este grupo sanguíneo.

Rápidamente nos dirigimos a las personas que nos rodeaban: otros empleados del hospital, familiares de pacientes e incluso los que esperaban frente a la sala de operaciones. ¡Maldición! Nadie era 0 negativo.

Una paciente en el hospital de Tal Abyad (Siria).
Una paciente en el hospital de Tal Abyad (Siria). EDDY VAN WESSEL / MSF

“Sin una transfusión urgente, se nos morirá”, pensé mientras crecía mi sentimiento de impotencia. No tenía ni idea de dónde encontrar, a las ocho de la tarde, suficientes donantes de un tipo de sangre tan poco común.

“¡Espere!”, me dijo una mujer que estaba cerca de mí con un recién nacido en brazos. Aparentemente se trataba del bebé de la mujer que se debatía entre la vida y la muerte. “Alguien debería ir a la mezquita y pedir que anuncien que se necesita con urgencia un donante”, me sugirió.

Seis donantes en cinco minutos

“¡Es una gran idea!, ni siquiera se me había ocurrido que pudiéramos hacer algo así”, admití. Hasta ese momento la única utilidad que le había encontrado al minarete de la mezquita era la función que ejercía como despertador para levantarme puntualmente cada mañana.

He de reconocer que era escéptica en cuanto a la eficacia de la propuesta. Teníamos poco tiempo y quién sabe cuánto podrían tardar los vecinos en responder al aviso. Pero lo cierto es que necesitábamos la sangre desesperadamente, así que uno de los empleados del hospital se apresuró a una mezquita cercana para pasar el aviso.

Mientras, yo me dispuse a ayudar al anestesista en el quirófano. El equipo estaba agotado. Acaban de terminar una cirugía y ya les estábamos llevando una nueva paciente.

El cirujano comenzó a operar a la mujer. “Tijeras, succión, cauterización…”, iba dando instrucciones. Mientras, yo vigilaba nerviosa el monitor de las constantes vitales esperando, de un momento a otro, la llegada del shock hemorrágico consecuencia del sangrado masivo.

Para mi gran sorpresa, la puerta se abrió de repente y entró un hombre con las bolsas de sangre en las manos. “Cinco minutos después del anuncio, tuvimos seis donantes”, nos informó.

“¡¿Seis?!”, me reí con alivio.

“Es increíble”, dijo uno de los compañeros.

Pero no teníamos tiempo para hablar. Comprobé una última vez el tipo de sangre e hicimos la transfusión. A medida que el cirujano extirpaba el útero, la hemorragia se detenía. El anestesista y yo comprobábamos con satisfacción cómo la presión sanguínea y el pulso de la paciente se estabilizaban.

Al poco tiempo, la presión arterial, la frecuencia cardíaca y el nivel de hemoglobina eran ya satisfactorios. Todo en el quirófano se ralentizó un poco. “Al menos por hoy, esta paciente ha ganado su batalla”, pensé.

Sé que hicimos un buen trabajo como equipo, pero aquel día el mérito de que nuestra paciente se salvara recayó sobre aquella mujer del bebé en brazos. Sin su idea, ninguno de nuestros esfuerzos habría servido para nada.

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