Agua de mar para curar las heridas de los niños palestinos | Planeta Futuro | EL PAÍS

Origen: Agua de mar para curar las heridas de los niños palestinos | Planeta Futuro | EL PAÍS

Medio centenar de personas de la aldea palestina Zeita Jammain disfrutó de un día de barco y playa gracias a que la ONG israelí Mujeres del Mar intercedió para conseguir los permisos para entrar en Israel

Los participantes en el proyecto no habían visto, antes de esta excursión, el mar de cerca.Ver fotogalería
Los participantes en el proyecto no habían visto, antes de esta excursión, el mar de cerca. PATRICIA MARTÍNEZ

“¿Cuándo veremos el mar? ¿Cuántos días faltan?”, preguntaban cada día a sus madres, ansiosos por conocer qué es lo que se siente al sumergirse en esa masa acuática que tan solo han visto por televisión. Desde que les anunciaron que irían de excursión a la playa, no conseguían pensar en otra cosa. Muchos de los niños palestinos de Cisjordania, territorio ocupado por Israel desde la Guerra de los Seis Días (1967), han crecido en un ambiente de eterna guerra. La ocupación normaliza la presencia de soldados, de muros de hormigón, de manifestaciones en las que arrojar alguna piedra y, a su vez, dificulta casi cualquier posibilidad de evasión.

“Es verdad que hay niños que no sienten la ocupación todos los días, pero aquellos que viven en áreas próximas a asentamientos o a puestos militares como en Hebrón, donde tienen que cruzarlos cada día para ir al colegio, padecen un sensación continua de estrés y de incertidumbre”, explica Genevieve Boutin, representante del Fondo de la ONU para la infancia (Unicef) en Palestina.

Organizaciones pro derechos humanos como B’Tselem (The Israeli Information Center for Human Rights in the Occupied Territories) critican la escasa libertad de movimiento de la que disfrutan los residentes palestinos a causa, entre otros obstáculos, de un sistema “arbitrario y nada transparente”, según un informe de noviembre de 2017 de esta organización, que les obliga a solicitar con antelación un permiso para “trabajar, recibir atención médica o visitar a un familiar” en territorio israelí, autorización que muchas veces les es denegada.

Ese azaroso sistema de permisos, junto a una maraña de más de un centenar de puestos de control militares, les impide no solo cruzar a Israel y disfrutar de algo tan simple y terapéutico como el mar, sino también desplazarse libremente dentro de Cisjordania o entrar y salir de la maltratada Franja de Gaza.

“Una vez, un chico de uno de los grupos me dijo que desde el tejado de su casa podía ver el agua y las estrellas y que, por alguna razón, las estrellas estaban más cerca”, recuerda la israelí Riki Shaked-Trainin, miembro de la ONG Mujeres del Mar (Min el Bahar, en árabe), gracias a la que, cada verano, unos 1.200 palestinos de Cisjordania cumplen el sueño de bañarse en el Mediterráneo.

En Palestina hay unos 350.000 niños que requieren apoyo psicosocial, según Unicef

“Es la primera vez que están aquí, ni siquiera saben qué el agua es salada”, explica el socorrista Tony Dirawi, árabe-israelí nacido en Nazareth, quien acompaña en todo momento al grupo de madres e hijos. Embadurnados en crema solar y aferrados a coloridos flotadores, casi ninguno de ellos, adultos incluidos, sabe nadar.

Terapia acuática

Las voluntarias de Mujeres del Mar esperan bajo una tienda de lona, pies en la arena y vista en el horizonte, al grupo de palestinos de la aldea cisjordana de Zeita Jammain, a quienes les han facilitado los permisos para que puedan atravesar el puesto militar israelí de Qalquilia y llegar hasta la playa de Tel Baruch, al noreste de Tel Aviv.

Una montaña de flotadores, junto a un panel con palabras como “toalla”, “crema solar” o “no correr”, traducidas fonéticamente del hebreo al árabe, aguardan la llegada del grupo con igual impaciencia. Finalmente, medio centenar de personas se aproximan a la lona; los ojos de los más pequeños observan con fascinación la inmensidad del mar.

“Es hermoso, para mí el mar representa el mejor amigo del hombre”, describe contenta Muna Jamous, palestina de 27 años formada en Literatura árabe y que, al igual que su madre Aisha, de 65, nunca antes lo había visto. Naima, historiadora y hermana menor de Muna, asegura que en el agua se siente relajada y consigue no pensar en las preocupaciones diarias.

Los efectos que esta experiencia puede tener en aquellos inmersos en un conflicto bélico o que han presenciado situaciones traumáticas o violentas son muy positivos. “Estar en contacto con la naturaleza o realizar terapia con animales son los tipos de servicios dados a los niños en todo el mundo para superar un trauma”, afirma Genevieve.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que, en situaciones de conflicto armado en todo el mundo, un 10% de las personas que experimenta eventos traumáticos sufrirá graves problemas de salud mental y otro 10% desarrollará conductas problemáticas; y señala entre los síntomas más comunes depresión, ansiedad y problemas psicosomáticos como insomnio o dolores de espalda y de estómago.

En Palestina hay unos 350.000 niños que requieren apoyo psicosocial, según Unicef, cuyo principal objetivo es reducir su nivel de exposición a episodios violentos causados no solo por la ocupación, sino dentro de sus propios hogares y escuelas. “El 92% de los niños asegura haber sido agredido en su colegio o en casa, lo que genera una infancia muy violenta e insegura de cara al futuro”, señala la experta de este organismo.

Además, a raíz de la Gran Marcha del retorno de este año, movimiento de protesta próximo a la valla de separación entre Gaza e Israel en el que en cuatro meses han muerto por fuego israelí más de 150 palestinos y más de 4.000 han resultado heridos, seis de cada 10 niños gazatíes sufren ahora pesadillas traumáticas, de acuerdo con un estudio del Consejo Noruego de Refugiados (NRC, por sus siglas en inglés).

En la playa, los niños juegan distraídamente con la arena y huyen despavoridos de las olas. Cuando las voluntarias les ofrecen un helado, toda la agitación se detiene y la mayoría se sienta sobre sus flotadores a saborearlo. A pocos metros de la línea de mar, descansando sobre una tumbona, Rafael Saraga no les quita la vista de encima.

Saraga, de 80 años, tiene sangre española: nacido en Tánger vive en Israel desde los 10 años, país al que llegó junto a su hermana menor en 1949 para convivir en una de las prolíferas comunidades agrícolas colectivas (kibutz); tan solo un año después del inicio de la guerra fundacional que supuso el éxodo de más de medio millón de palestinos.

“Yo lo leí en los periódicos, que hay personas que traen a grupos de palestinos para que vean el mar porque ellos ya no lo tienen”, añade en un español algo oxidado. “A mí me gusta verlo, quizá esto ayude a alcanzar la paz con nuestros vecinos”, sentencia esperanzado.

Dejar de ser el enemigo

Desde hace años, todas las carreteras controladas por Israel en Cisjordania que conducen a aldeas y ciudades palestinas cuentan con un cartel trilingüe –en inglés, árabe y hebreo– que advierte a los ciudadanos israelíes de que acceder a las áreas controladas por la Autoridad Palestina es peligroso para sus vidas; además de una infracción legal.

De esta forma, el israelí medio nunca va a pisar los territorios ocupados de Palestina a no ser que viva en uno de los 140 asentamientos de Cisjordania o durante sus años de servicio militar. Por eso (y por el muro que los separa), interactuar con los palestinos es misión casi imposible.

“Aunque parezca humanitario, somos un grupo político. Creemos que las comunidades deberían mezclarse y, de alguna manera, desde el establecimiento de Israel, el Gobierno se ha encargado de separarnos presentado al otro como una amenaza”, declara Shaked-Trainin. “Creo que la falta de contacto e interacción menoscaba la idea de una solución de paz. El humanizar al otro es muy importante si en algún momento va a existir un diálogo”, concuerda Genevieve, que menciona como ejemplo al adolescente de Gaza que ha sobrevivido a tres conflictos con Israel y, sin embargo, no conoce a ningún a israelí; o al israelí que vive cerca la Franja, pero no conoce a un solo palestino y vive “con miedo a que un cohete destruya su casa“.

Por ello, iniciativas como esta ayudan a que ambos se vean como seres humanos con alegrías, dificultades, miedos y sueños similares. “Deberíamos ver caras y no representaciones, símbolos o estigmas; y esta es una buena manera de hacerlo”, afirma Shaked-Trainin, quien recuerda que, en pasadas ocasiones, han recibido los reproches y sufrido críticas de algunos bañistas israelíes conservadores.

“Los niños palestinos son niños: resilientes y abiertos de mente, así que no creo que nos encontremos ante una situación irreversible”, destaca Genevieve. “Pero debemos multiplicar sus oportunidades de movilidad y conocer otras realidades: ir al mar en Israel, visitar a sus primos en Cisjordania… Darles alguna perspectiva de futuro”.

Después de pasar varias horas en la playa, el grupo se despide de esta jornada única fuera de Cisjordania con un paseo en barco por el barrio árabe de Yaffa —epicentro cultural, económico e industrial palestino hasta la guerra de 1948—, el distrito bohemio por excelencia de Tel Aviv, donde conviven árabes e israelíes.

Los más pequeños contemplan el horizonte sobre un océano de plata. Clásicos árabes resuenan a todo volumen en el movedizo navío acallando el vaivén de unas olas que, no hace tanto tiempo, navegaban con libertad los pescadores palestinos; cuando el mar no era todavía el bálsamo exclusivo de unos pocos.

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