Los ángeles de Kushner toman el Lliure | Cataluña | EL PAÍS

Origen: Los ángeles de Kushner toman el Lliure | Cataluña | EL PAÍS

David Selvas lleva a escena con brillantez el gran díptico sobre el sida

Una escena de 'Àngels a Amèrica', en el Teatre Lliure.
Una escena de ‘Àngels a Amèrica’, en el Teatre Lliure. FELIPE MENA

Adicto a la vida. Así se declara en su escena final Prior Walter, el joven homosexual —gran trabajo de Joan Amargós— que lucha contra el sida en Àngels a Amèrica, el colosal díptico del dramaturgo estadounidense Tony Kushner — S´acosta el mil·lenni y Perestroika— que, por fin, puede verse completo en Barcelona. Razonablemente completo, pues el montaje de David Selvas que estrena el Teatre Lliure ofrece una versión abreviada que deja las ocho horas originales en cuatro horas y media; las obras pueden verse por separado en funciones alternas, pero, para los adictos al teatro, el sábado se ofrecen seguidas en una maratón que te emociona y deja exhausto por su demoledora intensidad teatral.

Mucho ha llovido desde el estreno barcelonés de la primera parte de Àngels a Amèrica que, en 1996, inauguró el TNC en un histórico montaje de Josep Maria Flotats ambientado en un cementerio judío; como joven promesa aparecía Pere Arquillué, inmenso ahora en el papel de Roy Cohn, el corrupto y depravado abogado republicano que escondía su homosexualidad en la puritana y reaacionaria América de Ronald Reagan.

Los tiempos han cambiado, pero no tanto: en Donald Trump hay temibles trazos de Cohn y, aunque la epidemia del sida tiene hoy efectos menos apocalíticos —la acción, en Nueva York, comienza en 1985 y acaba en 1990—, sigue dando asco y miedo la cruzada contra la libertad y la tolerancia que Kushner denuncia y que, por desgracia, hoy sigue ganando adeptos en todo el planeta.

La traducción y adaptación de Albert Arribas deja en lo esencial los hilos de la trama que alimentan este drama onírico que Selvas lleva a escena con valentía y brillantez; ficción y dura realidad se retroalimentan en un relato bien hilvanado que incorpora proyecciones y filmaciones. Aprovecha a fondo los espacios reales e imaginarios que la escenografía de Max Glaenzel recrea frente a los espejos de los camerinos, facilitando el cambio de escenas que se solapan, e incluso, como aconseja el propio autor, se precipitan una sobre otra.

Esa fluidez no está tan bien resuelta en el ritmo interior de cada escena. Hablar deprisa y gritar más de la cuenta —deberían medir mejor sus registros los jóvenes y talentosos actores de la Kompanya Lliure— pasa factura. Tampoco ayuda una amplificación reverberante que a veces complica la audición de un texto duro y ácido, también esperanzado, con dosis de humor que hacen más llevaderas la contemplación de las llagas, la sangre, los vómitos y, en suma, los estragos del sida. Y escuchar a Arquillué y Vicky Peña te lleva a otra dimensión teatral, porque en su construcción del personaje, las emociones que transmite la voz te atrapan con mayor fuerza.

Además de asumir, con pericia transformista, las arengas del rabino y el bolchevique más viejo del mundo que abren cada obra, admira ver cómo Vicky Peña hace crecer el personaje de Hannah Pitt, desde la aridez intolerante de la anciana mormona al trato afectuoso y protector con Prior, exnovio del amante de su hijo Joe, que ha abandonado a su mujer, la emocionalmente inestable Harper.

Dan vida a este matrimonio Júlia Truyol y Eduardo Lloveras. Ella tiene grandes momentos, entre ellos la hilarante escena de las alucinaciones con Joan Amargós. Lloveras y Joan Solé (Louis Hironson) lidian con papeles más complejos que arrastran sentimientos de culpa; uno oculta su homosexualidad, otro abandona por miedo a su compañero enfermo. Están mejor en la segunda parte, más sobrios al mostrar otras capas de sus respectivos personajes.

Brillante Quim Àvila en un personaje sincero y directo en su orgullo gay, Belice, enfermero y drag queen que cuida en el hospital a Roy Cohn; planta cara al ruín abogado clavando certeros dardos en sus ácidos diálogos con Arquillué, hábil en el retrato de todas las miserias de este personaje, un bombón al que hinca el diente con sumo placer.

El buen hacer de Òscar Rabadan como inflexible doctor Henry, Clàudia Benito como el fantasma de la ajusticiada Ethel Rosenberg que atormenta en sus delirios a Roy, y Raquel Ferri como Ángel que sobrevuela el escenario con más carga sexual que espiritual bajo sus alas. Al fin y al cabo, los ángeles de Kushner vuelan desamparados —han perdido el norte divino— y en sus apariciones levantan pulsiones que Prior, y también la anciana mormona, creían perdidas.

 

UN DOBLETE DE DIMENSIONES WAGNERIANAS

La gran mayoría del público acudió al Lliure con ganas de ver de una tacada un doblete teatral de aupa, solo equiparable en su duración a los grandes dramas wagnerianos. La desapacible tarde invitaba a buscar cobijo y distracción en un teatro, y la tentación de ver por primera vez en un escenario de Barcelona las dos partes del colosal drama de Kushner era mayor que el temor a sus gigantescas dimensiones.

La gran mayoría del público aguantó la doble función con ganas y, a juzgar por las caras de satifacción, salió contento del Lliure.

Àlex Rigola, Joan Lluís Bozzo, Daniel Martínez, Carme Elías o Ramon Madaula, entre otras personalidades del mundo del teatro, no quisieron perderse el doble estreno. Durante la hora de descanso entre las dos obras se formó una larguísima cola y la espera para llegar a la barra del bar tuvo una duración acorde con el monumental díptico de Kushner.

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