Islas abandonadas, testigos impasibles de la devastación | Cinco Noticias

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Islas abandonadas, testigos impasibles de la devastación

Los pueblos fantasma tienen un cierto encanto y belleza. El hecho de que sean testigos mudos de la actividad humana es, posiblemente, lo que les da ese toque desconcertante y perturbador. Pero si hablamos de islas fantasma, esas sensaciones se incrementan mucho más…

Esos espacios totalmente rodeados de agua que en su día estuvieron habitados, pero que hoy se encuentran totalmente abandonados, desprenden un halo de misterio que nos atrae irremediablemente. Alrededor del mundo existen una gran variedad de extrañas islas fantasma. A continuación te contamos las historias únicas de tres de ellas

1. Poveglia, la isla de los muertos

La isla de Poveglia es una isla fantasma ubicada en Venecia, Italia.

Poveglia, la isla de los muertos
Poveglia, Venecia.

Inicialmente, durante poco más de 20 años, sirvió como estación de cuarentena de plagas. Se rumorea que la tasa de mortalidad fue tan alta en esta isla que el 50% del suelo está compuesto por los restos de los fallecidos, lo que le ha hecho ganarse el sobrenombre de “la isla de los muertos”. Posteriormente, las instalaciones funcionaron como hospital psiquiátrico.

Edificio Poveglia
Hospital abandonado en Poveglia.

Fue abandonada en 1968 y, hoy en día, las edificaciones muestran un tenebroso encanto al encontrarse cubiertas de hiedra. Las visitas a la isla no están permitidas, sin embargo, algunos barcos ofrecen tours alrededor de la isla que, en ocasiones, permiten acercarse hasta la costa.

2. La isla fantasma de Hashima

Entre todos los espacios abandonados del mundo, este pequeño trozo de tierra de Japón destaca por sus complejas estructuras. Visitar la isla de Hashima es adentrarse en esas escenas de película post-apocalíptica en las que una ciudad entera se encuentra totalmente en ruinas. Cuenta con edificios de apartamentos de hasta 10 pisos, escuelas, restaurantes e incluso casas de juego, todo completamente abandonado y engullido por la naturaleza.

Isla Hashima
Isla Hashima, Nagasaki, Japón.

Fue explotada a principios de 1900 por la empresa Mitsubishi, quien descubrió que la isla se encontraba sobre un gran asentamiento de carbón submarino. Durante casi un siglo, la mina se fue expandiendo, al mismo tiempo que las edificaciones de la ciudad, llegando a ser conocida como “Midori nashi Shima” (“la isla sin verde”).

Joven paseando por las calles abandonadas de Hashima.
Una joven paseando por las calles abandonadas de Hashima.

Pero, como suele ocurrir, llegó el día en que las reservas de carbón se agotaron y la isla fue abandonada, dejando atrás un enorme cementerio de cemento rodeado de mar. En el año 2009 se abrieron los tours para visitantes y curiosos. En este caso sí que se puede entrar en la isla y recorrer sus tétricas calles y edificios derruidos y abandonados.

3. La isla helada de Herschel

Fue Sir John Franklin, un explorador europeo, quien descubrió la isla en 1826 y la bautizó con el nombre de un amigo suyo, el científico inglés Sir John Herschel. Se encuentra el mar de Beaufort, a 5 km de la costa de los territorios de Yukón, al norte de Canadá.

Isla Herschel, Territorio del Yucón, Canadá

Durante el siglo XIX esta isla funcionó como estación de caza de ballenas, sin embargo, cuando la industria ballenera colapsó, sus habitantes evacuaron el lugar dejándolo prácticamente desierto. Posteriormente, hasta los integrantes de la tribu Inuit, que vivían en la isla, se trasladaron a otro lugar, dejándola completamente abandonada.

Tumba encontrada en la Isla Herschel
Tumba encontrada en la Isla Herschel (World Monuments Found)

Hoy en día los valientes que puedan soportar el helado clima de la isla Herschel pueden visitarla en kayak y, si tienen mucha suerte, podrían encontrarse a algunos Inuit, que esporádicamente visitan la isla para conmemorar a sus ancestros.

Estas tres islas son excelentes destinos para los amantes del turismo oscuro y de aventura: lugares con una rica historia y paisajes únicos, tan hermosos como tenebrosos, que demuestran que, por mucho que la mano del hombre pueda parecer destructora e implacable, la naturaleza se impone siempre, dejando claro quién tiene la última palabra.

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