Sami Naïr: “Simone creía en un solo género: el humano”

Origen: Sami Naïr: “Simone creía en un solo género: el humano”

Sami Naïr: “Simone creía en un solo género: el humano”


 

Autor de Acompañando a Simone de Beauvoir. Mujeres, hombres, igualdad


Sami Naïr: “Simone creía en un solo género: el humano”
Naïr, que trabajó con ella, da las claves para entender a Castor (Kim Manresa)
BARCELONA

Se ha dicho y fabulado tanto de ella desde su famosa frase (“No se nace mujer, se llega a serlo”) que se agradece que, al menos hoy, nos la recuerde alguien que la trató. Alguien que trabajó codo con codo con Simone de Beauvoir y que, en perspectiva, puede valorar su pensamiento con conocimiento de causa. Sami Naïr, filósofo y catedrático de Ciencias Políticas, fue miembro del comité de redacción de Les Temps Modernes donde coincidió con ella. Acaba de publicar Acompañando a Simone de Beauvoir. Mujeres, hombres, igualdad (Galaxia Gutenberg) y analiza su ideario partiendo de una de sus conclusiones: todo se fue al garete cuando la diferencia de género

Su religión, el trabajo

“Me dijo: ‘Le Pen gana, no podemos perder el tiempo’ y encargó temas sobre inmigración”

¿Qué queda por decir de Simone de Beauvoir que no se haya dicho ya?

Primero: quedan miles de páginas que aún no se han publicado y su hija adoptiva, Sylvie Lebon, trabaja en ellas. Segundo: aún no existe una gran biografía de Simone de Beauvoir. Tercero: hoy su obra es mucho más importante que la de Sartre.

¿Tenía el mal humor que algunos refieren?

Tenía rigor, que es distinto. Yo la conocí y le debo mucho. Nuestra amistad tuvo un impacto determinante en mi formación. Con ella aprendí a mirar a la mujer de otro modo y conmigo siempre fue magnífica, pero es cierto que era intransigente con su pasión: el trabajo.

El trabajo era su sacramento

La única religión que tenía era el trabajo. Era probablemente un poco rígida pero tenía un humor con el que te partías el pecho. Me enseñó la fuerza del compromiso el día en que me dijo: “Le Pen gana, no podemos perder el tiempo. Debemos trabajar sin descanso”. Y me encargó temas sobre inmigración.

¿Es cierto que le irritaban los admiradores?

No podías molestarla en sus rutinas. ¡Aquello era sagrado! Cuando algún fan la paraba por la calle ella sentía que la entretenían. “¿Tenía usted cita? ¿Habíamos quedado?”, les contestaba molesta porque su cabeza estaba en el artículo que tenía que terminar.

¿Por qué algunos sectores feministas la tienen por mito caducado, cuando fue origen de un debate del que se nutren?

Ella es una fundadora y el problema de todo fundador es que tus discípulos siempre te traicionan. Pero en todo el mundo, hay asociaciones Simone de Beauvoir. Ha ganado la batalla frente a Sartre: hay muchísima más gente que se ocupa de estudiarla a ella –y a su obra El segundo sexo – que a él, el gran filósofo.

¿Dónde radica el error de interpretación, entonces?

Creo que muchas jóvenes, a veces, no entienden el libro o no la conocen… olvidan los conceptos, cosa que es un error porque los conceptos son los cimientos del pensamiento. Y eso es lo que aportó Simone: conceptos. Que hablen con Valcárcel o con But­ler, que la han estudiado bien.

“El odio a los hombres incita a ciertas mujeres a rechazar todo lo que llaman ‘modelos masculinos’. No estoy de acuerdo”.

Jamás consideró al hombre como enemigo. La última frase de El segundo sexo es “quiero una sociedad basada en la fraternidad”. Para ella la liberación de la mujer debe ser también la liberación de los hombres de sus prejuicios sobre las mujeres. No creía que hubiera dos géneros distintos, ella creía en un solo género: el humano. Con dos dimensiones. Pero no hay diferencia de sexo en el cerebro.

Surgen múltiples feminismos. ¿Por cuál apostaría ella?

Creo que por un lado estaría contenta porque ha explotado el debate. Pero por otro, como ocurrió en el Mayo francés con la revolución feminista, estaría algo inquieta ante tantas interpretaciones dispersas.

¿Sartre fue feminista antes o después de conocer a Castor?

Él era congénitamente feminista pero, al mismo tiempo, era hombre. Compartía los perjuicios de los hombres pero luchaba contra ellos. Compartía con ella la idea fundamental de la libertad. Eso implica respeto, dignidad y, por ende, igualdad.

Pero en sus discusiones, llegaban a insultarse.

Tenían polémicas terribles, se insultaban en el debate… pero precisamente porque se amaban se permitían que eso sólo fuera una guerra de ideas. Sartre dijo “ella es la única persona que logra cambiar mi punto de vista”.

“El segundo sexo” arranca así: “Este mundo siempre ha pertenecido a los hombres”. ¿En eso también se pelearon?

Al contrario. Él le dio la razón absoluta e intentó cambiar. Tenían una complicidad admirable pero malsana frente al resto. Las cartas sobre los alumnos amantes son terribles…

Ella considera a Sartre su única relación “necesaria”, lo que no le impedía tener otras “contingentes”.

Exacto, hicieron un pacto por dos años y duró cincuenta y dos. Tendrían una unión “morganática”: tenemos una relación juntos, no nos casamos y cada uno vive su vida. Hubo otras relaciones pero lograron que ninguna afectara a su amor nuclear. Eso sí, dejaron víctimas por el camino… Con Nelson Algren, gran escritor, ella conoce la pasión absoluta, la plenitud sexual. Al cabo de diez años de relaciones él le pide “cásate conmigo” y Simone se niega.

Con Camus no se entendían

Durante la guerra fría Camus se manifestó contra la unión soviética mientras ella y Sartre y eligieron precisamente ese bando. Además, era machista y Simone tuvo la prueba: al leer El segundo sexo Camus declaró “es un insulto a los varones franceses”.

Mauriac también la denostó.

Dijo algo horrible: “Acabo de leer su libro. Ahora ya sabemos todo sobre la vagina de Madame de Beauvoir”. ¡Cuanta miopía ideológica para un tipo que fue premio Nobel!

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