Violette Leduc, hija ilegítima y amarga escritora

«La bastarda» son las memorias de la gran olvidada de la literatura francesa. Protegida de Simone de Beauvoir y con una dura vida

Violette Leduc es implacable consigo misma
Andrés Ibáñez

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Es extraño este asunto de la crítica literaria. Quizá a otro crítico este libro le hubiera gustado mucho. A Jean-Paul Sartre le gustó, y también a Jean Genet y desde luego a Simone de Beauvoir le gustó tanto como para dedicarle un prólogo. Pero es un asunto extraño este, insisto, porque si bien la caracterización que hace Simone de Beauvoir del mundo de Leduc, de su tono y de su estilo, me parecen certeros y exactos, lo que ella destaca como virtudes a mí no me lo parecen tanto. No entiendo yo que sea una virtud, por ejemplo, el tono amargo, francamente desabrido, que es la marca del estilo deViolette Leduc (1907-1972).

Es obvio que estamos hoy en día en una época de intensa admiración por todo lo que sea seco y desabrido, mucho más, desde luego, que cuando Simone de Beauvoir escribió estas páginas. Pero estas caracterizaciones generales no bastan para explicar las cosas. Hay muchos autores que han ensayado un tono ácido y amargo, Genet, Céline, Duras, tantos otros, pero siempre hay en ellos algo que redime la sequedad, una difracción, un color, una sombra -de lirismo, de ironía, de vastedad imaginativa, de trascendencia incluso- que no encontramos en el tono de Violette Leduc, ni tampoco en su estilo, sumamente áspero al oído, compuesto por frases cortas que no se ensamblan entre sí porque buscan, todas ellas, tener el protagonismo absoluto.En Sartre, Camus y Jean Genet encontraría sus principales valedores literarios

Y por supuesto, en estos casos siempre hay alguien que confunde este retintín con una gran prosa de arte. Pero el principal problema es la voz. Fría, implacable, carente de amor, carente de humor y de ironía. Son especialmente duros los capítulos iniciales, la descripción de la dolorosa relación con la abuela y la dura relación con la madre, capítulos llenos de sangre y de vísceras, de miedo y de complejos, el complejo de ser pobre, la obsesión con la propia imagen que le perseguirá toda la vida. Violette Leduc se describe a sí misma de forma implacable. Nos cuenta sus miserias, sus envidias, sus negocios y trapicheos durante la ocupación. No intenta parecer una persona atractiva ni heroica. No finge una gran nobleza de corazón. No nos oculta nada. Pero nos resulta antipática. Es difícil simpatizar con ella.

Amigos y enemigos

La bastarda, el libro más célebre de Violette Leduc, es su autobiografía. En sus 500 páginas hay espacio para muchas cosas, infinitos pliegues y repliegues de la vida cotidiana con sus pequeños gestos repetidos en miles de variaciones minimalistas, quizá no todas tan interesantes como sería de desear.

Hay largas, tortuosas, delicadas, arriesgadas escenas eróticas que crearon escándalo en su tiempo, tan explícitas como elusivas, dos grandes historias de amor con mujeres, Isabelle y Hermine, y luego muchas otras relaciones con hombres y mujeres, y la entrada en la vida literaria cuando la autora se pone a trabajar en una editorial de París y empieza a conocer a los escritores más famosos del momento: Jean Cocteau, Crevel, Bernanos, Bourget, Prévert, Marcel… Más tarde Violette Leduc conocería a Simone de Beauvoir y a Jean-Paul Sartre, a Albert Camus y a Jean Genet, y en ellos encontraría a sus principales valedores literarios.


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