2020, ¿el año del moderno Prometeo?

Más de dos siglos después del encuentro en Villa Diodati del que salió Frankestein, vivimos un fenómeno global inédito, una crisis feroz que nos ha confinado en nuestras casas, desde donde afrontamos nuestros mayores temores

Retrato de Mary Shelley, autora de «Frankenstein», pintado en 1840 por Richard Rothwell – ABC

Emilio Sáenz-Francés

Lo mismo que 2020 pasará a la Historia como el año sin primavera, 1816 privó al hombre de un verano. La catastrófica erupción del volcán Tambora alteró durante meses el clima global. El resultado fueron la hambruna y cientos de miles de muertes en todo el mundo. Otra forma de pandemia, que incluso influyó en la derrota de Napoleón en Waterloo. En aquel verano sin sol -la historia es bien conocida- varios amigos que pasarían a la historia de la literatura se recluyeron en una villa cerca de Ginebra. Para sobrellevar el aburrimiento, se retaron a escribir historias de terror y misterio: una de ellas, «Frankenstein o el moderno Prometeo». Sin saberlo su autora, aquel relato anticipaba muchos de los dramas de los dos siguientes siglos por venir. El auge de la ciencia con nobles fines, y su caída para servir a propósitos oscuros. La pérdida de vidas de la manera más dramática como fruto de todo ello. Son temas que han cobrado actualidad en nuestros días, cuando como nunca antes en nuestras vidas, miramos al futuro con aprensión.

Comenzaba a andar también, con desigual fortuna, la nóvela gótica de vampiros. Quizás no por casualidad, en un siglo en el que las grandes epidemias aún asolaban Europa, la trama se presenta en ellas como el azote de una terrible y desconocida enfermedad. Tal es el caso de la «Carmilla», de Le Fanu. La obra suprema del género, «Drácula», es ante todo la historia de una lucha que es médica. Una de las de versiones cinematográficas más iconoclastas de las andanzas del conde -el «Nosferatu» de Werner Herzog– traslada el horror de la voracidad de Drácula a la ciudad hanseática de Wismar, para presentarla como una auténtica plaga. Según el vampiro se hace con el control de la ciudad, sus calles son invadidas por millares de ratas, y por la sucesión -parsimoniosa y tétrica- de decenas de féretros por sus calles. Las imágenes son poderosas y elocuentes. Stephen King, en su imprescindible «El misterio de Salem’s Lot», presentaba la llegada del vampiro Barlow como el trasunto de la progresión geométrica de una enfermedad contagiosa e imparable.

Decadencia y muerte

El siglo XIX fue oscuro y frío, y dedicó mucho del talento de sus escritores a reflexionar sobre la decadencia y la muerte. Uno de aquellos maestros, Poe, dejó entre sus relatos más enigmáticos una reflexión sobre el alcance de lo inevitable: «La máscara de la muerte roja». Son apenas unas páginas, pero toda una alegoría del tiempo presente. La huida de una enfermedad cruel -la muerte roja- por parte del príncipe Próspero y sus leales, refugiados tras los poderosos muros de una abadía fortificada, en la falsa seguridad de una cuarentena autoimpuesta. La muerte les alcanzará a todos. El cuento fue llevado al cine por el inolvidable Roger Corman, en la que sin duda es la mejor de sus adaptaciones de la obra de Poe. Ambientada en una poco probable Italia medieval, Próspero es elevado a la categoría de villano satánico, deliciosamente interpretado por un Vincent Price obsesionado por corromper a la extrañamente sofisticada, aunque virtuosa, campesina Francesca.

El tema de la fortaleza como refugio codiciado, frente al avance de una enfermedad imparable, es también el escenario de la onírica «La isla de los muertos», dirigida por Mark Robson en 1945, y de una de las producciones más transgresoras de Paul Verhoven, «Flesh and Blood», protagonizada por el recientemente fallecido Rutger Hauer.

Lovecraft y la redención

Roger Corman ya había llevado al cine -también con Price como protagonista, pero en este caso con el resultado de un fracaso entrañable- «El caso de Charles Dexter Ward», de H.P. Lovecraft. La inusual obra del autor de Nueva Inglaterra, en la estela declarada de la Poe, sintetiza como ninguna otra la idea del mal como fuerza inexorable, de la amenaza de lo desconocido y de nuestra indefensión frente a poderes más allá de nuestra comprensión, como el trasunto de una terrible epidemia moral. Es un tema presente en historias como las del desdichado Ward, o «Herbert West: Reanimador», aunque quizás en ninguna otra como en el angustioso relato «El color del espacio exterior». En Lovecraft no hay lugar para la redención, como no la encontrarán décadas más tarde los hombres, ante el terror de la destrucción mutua asegurada, tras el espanto de dos guerras mundiales.

Lovecraft es el necesario nexo entre el elitismo del siglo XIX y los terrores mundanos de una sociedad global. En la estela de sus obsesiones individuales, que dos guerras mundiales harán colectivas, encontramos trabajos dispares, pero relevantes para tiempos como los nuestros. Pienso en «Guerra Mundial Z», de Max Brooks, o una película fundamental como «The Day After», de Nicholas Meyer. Con ellas, el terror cotidiano se eleva a la categoría, bien de lo probable, bien de lo temido de manera atávica por una sociedad global: el pavor, de una forma u otra, ante el fenómeno ligado a la extinción, que nos atenaza como especie desde los tiempos de la peste negra.

La distopía se ha convertido en un género en auge. Y, ahora, 204 años después de aquel encuentro en Villa Diodati, afrontamos un fenómeno global inédito. Una crisis feroz que nos ha confinado en nuestras casas, desde donde afrontamos nuestros mayores temores. Individuales y colectivos. Quizás en algún lugar del confinamiento se escribe sobre un nuevo Prometeo, que recoja las inquietudes de nuestro tiempo, pero sobre todo que, ojalá, desde el poder de la ficción, elabore tiempos más galanos de los que vivimos. No las ambiciones nihilistas de las protagonistas «El ansia», de Tony Scott, ni siquiera el fatalismo deslumbrante de «Muerte en Venecia». No nos podemos permitir que las tinieblas, y la ruina de Poe, sobrepasen las páginas de los libros. No más de lo que ya lo han hecho.

[Emilio Sáenz-Francés es historiador de la Universidad Pontificia de Comillas]


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