Del optimismo

Publicado por Carlo Frabetti

Beatle John Lennon and wife Yoko Ono after arriving at London Heathrow airport. They had been staying in bed for a week at the Hilton Hotel, Amsterdam as a protest against world violence. They are each holding a small acorn which they announced they are sending to each of the world’s leaders, to ask them to plant them for peace. 1st April 1969 John Lennon y Yoko Ono mostrando una bellota que van a mandar a los lideres mundiales para que las planten en sus paises como simbolo de la paz

El optimismo es una respuesta al mal, la confianza en la posibilidad de superarlo. Sin mal, el optimismo no sería necesario, ni siquiera concebible, del mismo modo que sin enfermedad no existiría la medicina, ni siquiera como concepto.

Confiar en la posibilidad de superar el mal puede parecer una ingenuidad; y, de hecho, hay un optimismo ingenuo que subvalora los obstáculos a superar, o lo que viene a ser lo mismo, que sobrevalora nuestras fuerzas, y minimizar la magnitud de un problema es la mejor forma de agravarlo. Pero aún peor es caer en el extremo opuesto: el pesimismo derrotista, la paralizadora falacia de que no hay nada que hacer, que es otra forma de ingenuidad (cuando no una coartada de la cobardía o la pereza). No hay que ser ingenuamente optimista ni pesimista, sino todo lo contrario.

Tendemos a pensar de forma lineal, mecánica, adialéctica, y hemos de hacer un esfuerzo de reflexión para ir más allá de determinadas contradicciones y dicotomías. Se suele decir que el optimista ve la botella medio llena y el pesimista la ve medio vacía; ¿quién tiene razón? Según se mire, podría parecer la respuesta; pero ninguno de los dos la tiene, si se mira objetivamente. La contradicción se supera diciendo que la botella, si es de un litro y está por la mitad, contiene medio litro de líquido. Y lo que debamos y podamos hacer con ese medio litro en unas circunstancias concretas determinará si nos hallamos ante una situación favorable o desfavorable. Medio litro de agua es provisión suficiente para un paseo por el campo e insuficiente para cruzar el desierto. En este caso, como en tantos otros, el pensamiento cuantitativo resuelve la cuestión.

No siempre es tan sencillo como administrar medio litro de agua; pero siempre podemos ir más allá de las apreciaciones meramente cualitativas y de las generalizaciones demasiado vagas. Veamos un ejemplo sacado de la vida real y que en su momento provocó un considerable revuelo mediático.

Hace unos años, en un debate televisivo sobre las campañas para la prevención del sexo de riesgo, una señora del Opus Dei afirmó que el uso del preservativo no evitaba por completo el riesgo de embarazo ni de transmisión del VIH, y los defensores del condón no supieron replicar adecuadamente, porque incurrieron en el frecuente error de pensar en términos meramente cualitativos. Y en términos cualitativos el argumento de la dama del Opus era cierto: el preservativo no elimina por completo el riesgo de embarazo ni de transmisión del sida. ¿Significa eso que tenía razón?

No, no tenía razón en absoluto, porque no tiene ningún sentido hablar de riesgo si no se cuantifica, ya que el riesgo cero no existe. Cada vez que salimos a la calle corremos el riesgo de que nos caiga algo en la cabeza: una maceta, una cornisa, un suicida, un meteorito… Pero si una madre no dejara salir a su hijo por miedo a que lo aplastara un suicida al saltar desde un sexto piso, seguramente la tacharíamos de sobreprotectora. Y la probabilidad de embarazo o de transmisión del VIH con un uso correcto del preservativo no es mucho mayor que la de que nos caiga algo o alguien en la cabeza mientras vamos por la calle. El «optimista» que minimiza la gravedad del problema y no toma las debidas precauciones es un insensato que atenta contra la salud propia y la ajena; pero el «pesimista» que afirma que la única protección eficaz es la abstinencia sexual condena a sus seguidores a un destino peor que el sida o un embarazo no deseado. Y, como en el caso de la botella, la contradicción se supera cuantificando el riesgo, que es el requisito previo para poder elegir con fundamento las opciones que garantizan la máxima seguridad sin un sacrificio excesivo.

Pero en la lucha contra el mal supremo, es decir, contra las mentiras y los abusos del poder, contra la explotación y la injusticia, la botella no está por la mitad, ni mucho menos. ¿Por qué luchar, si nuestras fuerzas son muy inferiores a las del enemigo? Podría parecer que aquí no funciona el criterio cuantitativo. Sin embargo, sí que funciona, y de forma aún más clara. Si luchamos, a menudo la probabilidad de vencer es baja; pero si no luchamos, es nula. Y, como nos enseñan las matemáticas, cualquier número positivo es infinitamente mayor que el cero. Hemos ido de lo cualitativo a lo cuantitativo, y ahora la cantidad se convierte en calidad. Algo no solo es más que nada: algo es algo, como nos recuerda una frase hecha menos trivial de lo que parece, mientras que nada no es nada. El camino de la lucha es duro, peligroso e incierto; pero es el único camino, la única alternativa a la resignación, que es otro nombre de la derrota. Los que luchan pueden fracasar, incluso morir en el intento; pero los que se resignan mueren todos los días.


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