«El maricón, la nenaza y el monstruo»: así fue el particular viacrucis de Little Richard

Antes de revolucionar la cultura del siglo XX con su «Tutti Frutti», el «padre del rock’n’roll» tuvo que luchar contra las drogas, contra su propia familia y, sobre todo, contra los prejuicios de una época en la que era insultado por la calle

Israel Viana

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Comencemos por el penúltimo capítulo. Junio de 2012, teatro Howard de Washington. Little Richard detiene su concierto a mitad y exclama mirando al cielo: «Jesús, por favor, ayúdame. Apenas puedo respirar. Es horrible». El público lo escucha desconcertado, como si la llama que prendió la mecha del rock and roll hace 65 años se hubiera apagado de repente, justo cuando todos los presentes esperan un nuevo fogonazo sobre el escenario.

Los peores presagios se confirman un año después. El cantante anuncia su retirada en la revista «Rolling Stone»: «Estoy acabado, siento que no me apetece hacer nada más. Tengo dolores las 24 horas del día, estoy enfermo». Sobre una fotografía en blanco y negro en la que aparece aparentemente relajado, el titular no deja lugar a dudas: «El largo adiós de Little Richard». Tiene 80 años y todo el mundo se pregunta, en realidad, cómo puede seguir vivo después de todo.

Primer capítulo. A Richard Wayne Penniman (Macon, 1932-Tennessee, 2020) le echan de casa por sus gestos afeminados cuando solo tiene 14 años. Es el tercero de 12 hermanos de una familia muy religiosa. Su padre, un diácono que no ve pecado alguno en vender alcohol de contrabando y dirigir un club nocturno de dudosa reputación, no soporta que su hijo sea «un maricón, una nenaza, un monstruo», como le llaman en el barrio. No importa que el pequeño Richard haya dado muestras sobradas de su entrega a Dios y de su gran talento en el coro de su iglesia.

Segundo capítulo. Sin casa a la que acudir, comienza a vender «medicinas milagrosas» con un tal Doctor Nubillo. Viaja en una carreta de pueblo en pueblo y se convierte en un gran charlatán, cantando a sus clientes el clásico de Louis Jordan: «Caldonia Boogie». Es la primera tonadilla que se aprende fuera del gospel, a la que no había podido acceder antes porque su familia la consideraba la «música de diablo». Y así, lejos de la estricta vigilancia paterna, empieza a moldear ese carácter excéntrico de gritos y caderazos con el que revolucionará la cultura del siglo XX.

Tercer capítulo. Auditorio de Macon, 27 de octubre de 1947. Richard trabaja vendiendo refrescos en los conciertos de los artistas que pasan por la ciudad. Antes de salir al escenario, la gran Sister Rosetta Tharpe le pide por sorpresa que cante antes que ella. Al parecer, alguien le ha pasado una grabación suya y está impresionada. El promotor le dice que ni loco, pero no le hace caso. Nada más subirse el telón, el público enloquece con el chico de las coca-colas y Tharpe decide pagarle por su actuación. ¿Y si puede vivir de aquello?

Cuarto capítulo. Realiza sus primeras actuaciones bajo el seudónimo de la «Princesa LaVonne» y empieza a usar maquillaje y ropas llamativas. A pesar de ello, consigue recuperar la relación con su padre en 1952, pero ese mismo año este es asesinado a las puertas de su local. «Solo tenía 40 años y lo mató mi mejor amigo. Mi madre se quedaba sola con 12 hijos y necesitaba ayuda. Fue muy doloroso, pero también hubo mucho amor, los dos sentimientos que siempre quise expresar con mi música», explicará tiempo después.

Quinto capítulo. En 1955, ya sin esperanza, trabaja en la estación de autobuses de Macon, pero decide enviar una maqueta más a Specialty Records. La respuesta tarda en llegar seis meses con una oferta para una sola sesión de grabación en un estudio de Nueva Orleans. Las primeras tomas son un desastre, pero en la pausa para comer le da por tararear «Tutti Frutti», con una letra improvisada que al productor, Robert Blackwell, le parece inaceptable: «Buen culito / Si no entra, no lo fuerces / puedes engrasarlo para que sea más fácil». La solución que encuentra seguro que les suena: «Awopbopaloobop Alopbamboom». O como la cantamos aquí: «A wamba buluba balam bambú». ¡Y el tema arrasa!

Sexto capítuloBob Dylan escribe en el anuario de su graduación de secundaria un solo deseo: «Unirme a la banda de Little Richard». Está obsesionado con él, tanto que canta «Jenny, Jenny» y «True Fine Mama» en su concierto de debut en 1956, durante un certamen de su escuela. La segunda canción será, además, una de sus primeras grabaciones en estudio.

Séptimo capítulo. Durante un vuelo a Sydney en su primera gira por Australia, en 1957, Richard se queda en «shock» al ver una supuesta bola de fuego en el cielo. Al bajar del avión, se quita los cuatro anillos de diamantes que lleva puestos (de 8.000 dólares cada uno), los lanza al río Hunter y anuncia a su banda que deja la música para estudiar teología. No le valen las explicaciones más terrenales de los pilotos, que le hablan de una pequeña explosión en uno de los motores. A las pocas semanas se matricula en la Universidad de Alabama y desaparece durante cinco años.

Octavo capítulo. En 1962 es arrestado por espiar a otros hombres en el servicio de la estación de trenes de Long Beach, California. Empieza a jugar con su ambigüedad sexual, calificándose a sí mismo en las entrevistas de «pansexual», «gay», «bisexual» y «omnisexual», para luego negarlo mil veces. Inicia entonces su adicción a la cocaína, la heroína y el PCP a razón de 1.000 dólares al día. En la biografía autorizada de Charles White declara que, en esa época, deberían haberle llamado «Little Cocaine».

Los Beatles, con Little Richard en 1962
Los Beatles, con Little Richard en 1962

Noveno capítulo. Wallasey, 12 de octubre de 1962. El primer éxito de los Beatles, «Love Me Do», acaba de sonar por primera vez en la radio. Esa noche lo presentan en el Tower Ballroom teloneando a Little Richard. Paul McCartney y John Lennon están tan nerviosos que ni siquiera se atreven a pedirle una foto, pero al final se arman de valor y acaban abalanzándose sobre él como cachorros. «Paul no me quitaba los ojos de encima. Me decía: “¡Richard, eres mi ídolo, déjame tocarte!”. Quería aprender mi gritito y se lo enseñé en el piano. Durante el concierto tiré mi camisa al público y Paul fue a buscar la mejor de las suyas. “¡Por favor, cógela! Me sentiría mal si no lo hicieras. Piénsalo… ¡Little Richard con mi camisa! ¡No me lo puedo creer!”», contó el «padre del rock» en sus memorias.

Décimo capítulo. Andrew Loog Oldham, el publicista de los Beatles, ficha a los Rolling Stones en mayo de 1963 y lo primero que hace es pedirle a Keith Richards que elimine la «s» de su apellido para que lo asocien con Little Richard, al que van a acompañar en su primera gira. El primer concierto fue en Watford: «Había escuchado tanto sobre la reacción del público que pensé que exageraban, pero no. Llevó a todos a un frenesí completo. No me podía creer todo ese poder sobre el escenario y el público», recordó el guitarrista.

Undécimo capítulo. Los Ángeles, 1977. Larry Williams –proxeneta, traficante y autor de varios clásicos del rock a finales de los 50– se presenta furioso en la casa de su viejo amigo Little Richard para exigirle una deuda por drogas. Le apunta a la cabeza con una pistola y apunto está de volarle la cabeza, pero desiste cuando este le explica que simplemente se olvidó por el «cuelgue que llevaba». Ese mismo año muere su hermano Tony, su sobrino recibe un disparo accidental que acaba con su vida y sus dos mejores amigos son asesinados.

Capítulo duodécimo. En 1985 se estrella con su deportivo contra una cabina telefónica de West Hollywood. Tarda meses en recuperarse y se pierde la gala de su ingreso en el Rock and Roll Hall of Fame.

Último capítuloLittle Richard muere de cáncer a los 87 años de edad en su casa de Tennessee, acompañado de dos de sus hermanos y su hijo. La gente se pregunta cómo podía seguir vivo, mientras las redes se llenan de mensajes de los músicos más influyentes del siglo XX, que lo señalan como su principal inspiración. «Acabo de escuchar la noticia y estoy muy triste. Él era mi estrella brillante, la luz que me guió cuando era un niño. Su espíritu me empujó a hacer todo lo que hice», escribe Bob Dylan, que jamás asoma su cabeza de Nobel por tierras virtuales… hasta ahora.


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