Auge y caída de J. K. Rowling

La autora de ‘Harry Potter’, en mitad de una tormenta por sus opiniones, es una de las más famosas firmantes de la misiva

Laura Fernández

Barcelona-12 JUL 2020 – 00:30 CEST

La escritora J. K. Rowling.AGUSTÍN SCIAMMARELLA

Érase una vez, podría decirse, puesto que la historia tiene un tanto de fábula de estos tiempos -una fábula envenenada que crece por momentos-, una madre soltera en las últimas que dio forma a una saga millonaria en una cafetería. Lo hizo porque no tenía calefacción en casa, y sí un bebé que cuidar, y no quería que pasase frío. Miraba por el amplio ventanal de la cafetería – de la que hoy es propietaria, The Elephant House – y veía un castillo, porque estaba en Edimburgo, tierra de castillos. Castillo que convirtió en una escuela de magos –Hogwart’s–, colegio al que acudiría un niño dickensiano –huérfano y maldito–, el famoso Harry Potter, al que daría el poder suficiente para acabar con todos los males de ese mundo mágico, concentrados en El Que No Debe Nombrarse, un oscuro tipo llamado Voldemort.

Se hizo, esa madre soltera, Joanne Rowling, extremadamente popular. Tan popular que prácticamente no hubo niño ni niña nacido en la década de los 90 que no leyera sus libros. Su nombre, escondido en un par de iniciales, J. K., como buena parte de los clásicos del género, se instaló en el Olimpo de los clásicos de aquellos que hacen fácil lo más difícil: crear lectores. Como una heroína de no ya lo fantástico sino lo milagroso de convertir un libro en el más esperado de los objetos –la llegada de cada nueva entrega a las librerías era un acontecimiento mundial–, dirigiéndose, como lo hacía, al público más complejo, el inconstante adolescente, J. K. Rowling consintió en dejar que el monstruo creciera y acabara con hasta su última oportunidad de escapar de él.

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Sus intentos por distanciarse del universo juvenil –la nada desdeñable Una vacante imprevista y la serie noir firmada por Robert Galbraith- e iniciar una carrera en el mundo de la literatura para adultos menoscabaron, en cierta manera, su todopoderosa imagen perfecta, pese a contener el principal ingrediente que hizo de la saga de Harry Potter un best seller mundial: vivísimos personajes, construidos en lo que parece un cruce perfecto entre Stephen King y Roald Dahl. Pero se decía, y ella no abría el pico al respecto, que sus lectores habían permitido a Barack Obama llegar a presidente de los Estados Unidos, de tan aperturista como era la visión del mundo que había orquestado. Y, visto lo que ocurrió hace unas semanas, tal vez su obsesión por no conceder entrevistas tuviese algo de prudente, dadas sus quizás no siempre tan progresistas opiniones.

Suele decirse que se tarda años en construir una reputación pero que bastan cinco minutos para arruinarla. En el mundo de hoy basta un tuit y un posterior enzarce virtual para que de ti no quede nada. Por la boca muere el pez. Y por la boca ha muerto J. K. Rowling para sus fans, que han desterrado su nombre de todo aquello que tiene que ver con la saga, y que señalan ya, desde infinitos frentes, cosas horribles respecto a la misma, desde antisemitismo –los duendes de Gringotts tienen mucho de la caricatura que los nazis hacían de los judíos – hasta antifeminismo –porque el rol de Hermione es siempre secundario– pasando por discriminación hacia los gordos y clasismo. El detonante fue un artículo de opinión firmado por ella misma titulado Creando un mundo poscovid 19 más igualitario para las personas que menstrúan.

A la comunidad trans, y, en general, a todos sus seguidores, no le sentó nada bien lo que entendieron como un claro ataque transfóbico, del que Rowling se defendió echando más leña al fuego, insistiendo en el hecho de que no había que eliminar el género biológico de la ecuación y justificándose, en un artículo publicado en su página web, ante la misoginia sufrida y su lucha como mujer que nació “20 años antes” de lo que le hubiera gustado. Se la incluyó automáticamente en el bando de las llamadas TERFs, las feministas radicales trans-excluyentes, pero la puntilla la puso Stephen King. King primero retuiteó uno de los tuits de la escritora –uno que hacía referencia a la violencia que los hombres ejercen sobre las mujeres para, en cuanto ella se lo agradeció, declarándose abiertamente fan –se comparó con Annie Wilkes, la protagonista de Misery –, contraatacar asegurando: “Las mujeres trans son mujeres”. En segundos, Rowling borró la conversación, pero eso no impidió que se convirtiera en el hazmerreír de Twitter.

El último capítulo de la sin duda estruendosa caída en desgracia de Rowling –hasta el elenco al completo de las películas de la saga ha lanzado estas semanas diatribas contra ella– tiene forma de carta abierta conjunta, firmada por 150 personalidades del mundo de la cultura, contra lo que han llamado “la censura y la cultura de la cancelación”, que es la que se aplica, dicen, a la persona que ha compartido una opinión impopular en redes sociales, y ha sido “defenestrada”. A Rowling la acompañan Salman Rushdie, Margaret Atwood y Gloria Steinem, entre otros, porque la cosa no va solo con ella. Consideran, los firmantes, que hoy en día es casi “una moda” lo de “avergonzar públicamente y condenar al ostracismo” a cualquiera que ostente “un punto de vista opuesto” al propio, disolviendo “cuestiones políticas complejas” en lo que consideran “una ceguera moral”.

Lo peor es que la carta ya ha sido objeto de denuncia por parte de algunos de los que la firmaron, que no sabían qué otros iban a hacerlo, y que hoy no ven con buenos ojos que su nombre figure junto al de, por qué no, Rowling. Tras el paso, la guerra ha vuelto a Twitter, donde las hasta ahora voces no autorizadas, esto es, las voces anónimas a las que las redes han dado poder, han criticado abiertamente el pataleo. Consciente de la necesidad de volver a cerrar el pico, el Twitter de Rowling se dirige estos días únicamente a los niños. La autora cuelga incesantemente los dibujos que le hacen llegar sus seguidores más pequeños. No en vano, algunos de ellos ilustrarán la edición en papel de The Ickabog, el cuento infantil que distribuye por entregas, de forma gratuita, desde el inicio de la pandemia.


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