El silencio del asesino

Publicado por Félix de Azúa

El sacrificio de Isaac. Rembrandt, 1636

Abraham oyó la voz de Dios que le decía: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécelo allí en holocausto en uno de los montes, donde yo te diga» (Gen. 22, 1-2).

Abraham debió de quedar estupefacto, la orden era incomprensible. El nacimiento de Isaac, hijo de Sara (noventa años) y del patriarca (cien años) (Gen. 17, 17-18), había sido ya un notable milagro, ¿cómo podía pedirle ahora que acabara con la vida de su hijo único, con el que Dios iba a celebrar una alianza eterna según había manifestado? No obstante, Abraham no replica y obedece ciegamente.

Según cuenta el relato, al día siguiente Abraham madrugó, aparejó un asno, reunió a unos cuantos mozos y a su hijo Isaac. Él mismo partió la leña del sacrificio, como si no se fiara de nadie más y seguramente la cortó de modo que diera una pira efectiva y cómoda. Se pusieron en marcha y al cabo de tres días vio la que debía de ser una colina llamada Moria. Ordenó a los mozos que se quedaran allí al cuidado del asno mientras él y su hijo subían la colina para hacer oración y luego regresar.

Esta mentira es inquietante. ¿Daba por supuesto que Isaac no iba a ser sacrificado? ¿O, por el contrario, persuadido de ello, no quiso anunciar a los mozos que volvería solo? Es uno de los aspectos que más desconcertaba a Kierkegaard, para quien es el silencio de Abraham lo más importante, lo esencial, de la historia. Hay cosas que no se pueden decir, o que solo las dice el silencio.

Cargó Abraham la leña sobre la espalda del hijo. Llevó él un cuchillo de gran tamaño, el que se usa para degollar carneros, así como el pocillo de brasas para encender la hoguera. Comenzaron a subir.

En algún momento no especificado por el narrador, quizás a la vista de la cima, Isaac le dice a Abraham: «Padre, aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?». No alude al cuchillo, tercer elemento imprescindible, como si le atemorizara mencionarlo, ni a la cuerda con que se atan las víctimas. Abraham no le hace caso y pronuncia la célebre frase, tan usada desde entonces como si se tratara de algo formidable: «Dios proveerá el cordero para el holocausto» (Gen. 22, 7-9). En efecto, ya lo había provisto.

Cuando llegan a la cima, construyen un altar sacrificial, como los cientos de miles que se habían construido desde el Paleolítico para ser regados con sangre. Distribuyen la leña y Abraham ata a Isaac y lo pone sobre el ara. ¿No debería haber dicho el narrador: «Abraham entonces se abalanza sobre su hijo y lo ata»? ¿Estaría Isaac tan paralizado de terror como para no ofrecer la menor resistencia? ¿Tan fuerte era aquel hombre de cien años y tan débil el muchacho? En todo caso, Isaac ya no grita, no protesta, no hace nada. Es posible que considerara todo aquello demasiado absurdo como para tomarlo en serio. Pero entonces: «Alargó Abraham la mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo» (Gen. 22, 9-10).

Finalmente, un ángel impedirá el asesinato, según cuenta el relato. No obstante, para que Dios premie a Abraham con una descendencia colosal que dominará todas las ciudades enemigas en pago a haberle entregado a su único hijo, su bien más preciado (son sus palabras), es esencial que el patriarca haya creído durante todo el transcurso que real y verdaderamente iba a asesinar a su hijo. De no ser así, de haber tenido la certeza de que Dios lo salvaría en el último momento, la prueba carecería de valor alguno. En términos de justicia, Abraham es el asesino de su hijo.

No puede caber ninguna duda de que Abraham quiso en verdad asesinar a su hijo de modo que podemos completar la escena. Una vez cometido el crimen, habría luego bajado de la colina él solo. Se habría juntado con los mozos y de regreso a casa habría guardado el mismo silencio que guardó mientras subía la colina con Isaac. Igualmente, ante Sara, silencio. Pavor de la pobre anciana. Y ante la desesperación y el horror de su mujer, silencio. Este silencio, el silencio de la obediencia absoluta, es lo que atormentaba a Kierkegaard. Cuando sabes que vas a cometer un acto terrible, cuando sabes que vas a ejecutar una espantosa injusticia y sin embargo no te puedes sentir culpable cuando la has cometido, el silencio es tu único refugio.

A finales de octubre de 2011 un equipo de la policía española encontró por fin los huesos calcinados de dos niños desaparecidos a los que buscaban desde hacía semanas. Estaban entre los restos de una hoguera, sita en la finca llamada amenazadoramente Las Quemadillas, en las afueras de la ciudad de Córdoba. El padre de las criaturas, José Bretón, había denunciado su desaparición a primeros de octubre. Desde el principio la policía sospechó que, en realidad, los había asesinado.

Ha sido imposible reconstruir el crimen porque los cuerpos calcinados no permitían una autopsia efectiva. Sí puede, sin embargo, rehacerse de imaginación el recorrido del asesino gracias a los testimonios de algunos ciudadanos y a las imágenes de las cámaras de seguridad. Bretón, en trance de separación matrimonial, acudió a la casa de su mujer, en Huelva, para recoger a los niños y llevarlos a pasar el fin de semana a la finca de los abuelos, en Córdoba.

Durante los días anteriores había ido comprando en diferentes farmacias grandes cantidades de Orfidal y Motiván, sin que conste ninguna necesidad médica para tales fármacos por parte del asesino. Es casi seguro que usó estas drogas para matar a los niños Ruth y José, de dos y seis años de edad. También se ha demostrado que compró muchos litros de gasóleo de cuyo uso no pudo dar razones. En cuanto a la hoguera, aseguró que había quemado allí «recuerdos de su esposa» entre los cuales habría algún animal, ya que ella era veterinaria de profesión.

El jurado, compuesto por siete mujeres y dos hombres, consideró probado que Bretón llevó a los niños a la finca, los mató con fármacos, quemó sus cuerpos e inventó una historia alternativa según la cual los habría perdido en el parque Cruz Conde, donde los acompañó tras recogerlos en Huelva. Ningún testimonio ni imagen de seguridad han podido establecer que los niños llegaran nunca al parque. El jurado declaró culpable a Bretón por unanimidad. Fue condenado a cuarenta años de cárcel.

Aun cuando Abraham creía estar inspirado por la voz de Dios y Bretón todos creemos que actuó movido por el odio a su mujer, esas son voces interiores, subjetivas, de las que no podemos deducir nada, cada humano vive en la noche de su conciencia. Que te hable Dios o que te hable el odio, es decir, Satanás, ambas voces vienen a ser la misma, tan irreal es la una como la otra. Estamos en permanente diálogo mudo con nosotros mismos y justificamos nuestras obras en ese silencio interno.

Las víctimas y la pira, los niños sacrificados por el fuego, los cuerpos sobre un altar inmemorial, dan a ambos asesinatos un aire de fraternidad arcaica. No obstante, las diferencias entre los crímenes antiguos y los modernos son muy notables. El cuchillo se ha transformado en un montón de fármacos. La mula es un automóvil. El monte Moria es la finca cordobesa de Las Quemadillas. La pira es ahora leña regada con gasóleo. El resultado es también diferente: en un caso Dios absuelve a Abraham y le perdona el asesinato de Isaac, en el otro los humanos condenan a Bretón a la máxima pena.

Pero, a mi modo de ver, la mayor diferencia estriba en que Abraham calló, mantuvo un silencio imperturbable y augusto, en tanto que Bretón no dejó de hablar ni un solo momento, ni con su mujer, ni con los niños, ni durante la investigación policíaca, ni con la prensa, ni con sus abogados, ni durante el juicio, ni, es de suponer, entre rejas. Asesinar envuelto por un asumido y terrible silencio, o hacerlo con la trivial charlatanería periodística que trata de ocultar la culpa, esa es la diferencia. No hay justificación alguna, pero sí más dignidad en el asesino silencioso.

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