El último cineasta ‘punkarra’ | Cultura | EL PAÍS

9 dedos es un thriller en blanco y negro que resplandece al haber sido filmado en celuloide. “El blanco y negro es perfecto. El color es una ayuda, pero no es importante. Yo creo que el cine decayó cuando entraron el sonido y el color. ¿Sabes que hace con las historias el blanco y negro? Las desterritorializa, lo que es un regalo para el espectador. Además, imprime valor al vestuario y misterio al decorado. Bueno… y los abarata. Como no tuve inversión de una televisión, pude hacer lo que quise”, remata con una carcajada. El filme se desarrolla en un barco, con gánsteres y personajes enigmáticos, con actores como Pascal Greggory y Gaspard Ulliel. Y muy cine cine. “Yo no soy racista con el digital, creo que es interesante, pero de ahí a erradicar el celuloide, bahh. Cosas de las corporaciones”. Son personajes, tipos duros, de físicos poderosos, reyes de sus silencios, parecen hijos de Jean-Pierre Melville, aunque en versión parlanchina. “La poesía urbana de Melville crea una utopía cinéfila extraordinaria. Fue acusado de manierista, de fascista, y con el tiempo sus modos americanos y su cine mutante han marcado una época. Yo de él admiro hasta su lucha por su independencia manteniendo un estudio propio”. Pero Melville vivió solo para el cine, mientras que Ossang picotea de disciplina en disciplina. “Pasa por mi incapacidad de elegir. Empecé con la narrativa, pasé a la poesía y de ahí salté a la música. Disfruté de la gran explosión punk, del No future. Y luego estudié cine. Con gran sorpresa descubrí que nadie aquellos años metía en las películas las canciones de grupos como Cabaret Voltaire. Yo decidí hacerlo y encima tuve suerte y monté cierto escándalo en 1985 con L’affaire des divisions Morituri. De vez en cuando hay que menear a la sociedad…”.

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