Estremecedora intimidad en un Palau abarrotado

Un puñado de boleros, con alguna incrustación de tango o de copla, llenaron una velada tan íntima como intensa, estremecedora por momentos, en la que la personalidad del cantaor (aunque mejor sería hablar de cantante) estuvo siempre muy por encima del material cantado. Cigala hace suya cada canción, se raja de arriba a abajo aportando un toque jondo y un poderío (natural, que nunca parece impostado) que borra de nuestra mente versiones anteriores. Lágrimas negras o Corazón loco sonaron esa noche como una auténtica primicia, como si las oyéramos por primera vez.

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