El horror sin fin de Boko Haram

A su habitual táctica de guerra de guerrillas, con ataques rápidos y efectuados con pocos milicianos, los yihadistas han añadido el uso de “suicidas” para mantener su poder de desestabilización. En los últimos seis años, Boko Haram ha enviado a 434 personas, la mayoría mujeres y niñas, a hacerse explotar con cinturones bomba en cuarteles militares, campos de desplazados, mercados o mezquitas. Según un estudio sobre el grupo nigeriano de Combating Terrorism Center junto a la Universidad de Yale, la banda incrementó de forma radical el uso de estos ataques suicidas, que han provocado 2.300 muertos, desde el secuestro de las niñas de Chibok en el 2014. La razón principal: la publicidad. Según el informe, la indignación mundial por el secuestro de las 219 niñas y la campaña viral Bring Back Our Girls, convenció a la facción liderada por Abubakar Shekau de incrementar el uso de niñas-bomba. Los secuestros masivos crecieron en paralelo. El Gobierno de Nigeria estima que en los últimos tres años unas 10.000 mujeres y niñas han sido secuestradas y la ONU sitúa la cifra en al menos 4.000.

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Una mujer casada con un yihadista sin saberlo relata el calvario que sufrió

La autora asegura que, tras la detención de su marido, empezó a seguirle gente por la calle e, incluso, un hombre se acercó a su hija en el colegio llamándola por su nombre y apellido. Pero también es consciente de que la privación de libertad de su marido –que fue sentenciado en 2015 a ocho años de cárcel- acabará un día no muy lejano.

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Diez heridos al explotar una bomba en un supermercado de San Petersburgo

El presidente ruso, Vladimir Putin, telefoneó al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a principios de este mes para agradecerle las informaciones de la CIA que ayudaron a frustrar una serie de ataques con bombas en San Petersburgo a principios de este mes. El Servicio de Seguridad Federal, o FSB, dijo que siete sospechosos vinculados al grupo Estado Islámico habían sido arrestados en relación con el presunto complot.

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La peste de la guerra

Los efectos persistentes del gas mostaza son conocidos desde la Segunda Guerra Mundial. El agente naranja y el napalm han quedado adheridos a la infamia de Vietnam. Tampoco necesita presentación el drama de las minas, que siguen mutilando a campesinos décadas más tarde. Pero menos gente está al corriente del actual debate sobre los efectos del uranio empobrecido, cuya radiación es invisible y para siempre. Y en ciudades arrasadas como Alepo, Mosul o Deir Ezzor, la gestión de millones de toneladas de escombros de todo tipo plantea grandes interrogantes.

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