Las postales españolas de Marco Cicala

El autor italiano ha trabajado como corresponsal en París y ahora reside en Madrid. A nuestro país, precisamente, dedica su último ensayo, plagado de curiosos personajes y estampas

Marco Cicala

Manuel Lucena Giraldo SEGUIR

La «galería de raros» es un viejo modelo literario español, versión laica de las «cartas edificantes y curiosas» de raigambre jesuítica, o las influyentes «vidas de santos» medievales y modernas. Su planteamiento era por definición melodramático, pues suponía el aprendizaje virtuoso del lector mediante la lectura de un viaje que, partiendo de un punto determinado, como en un paso de vals, regresaba al punto de partida. De lo que se trataba era de observar la vida de gente extraña, a fin de evitar la repetición de sus comportamientos. Bien aprendida la lección, el lector poseía un manual de autoayuda espiritual. Este entretenido y amoroso libro de Marco Cicala, en lo fundamental un paseo por la España barroca, sigue esa preceptiva y constituye una celebración, con trazo grueso y como dicen los historiadores del arte, «veta brava», de la vida, española y mediterránea. Por eso, es importante señalar todo aquello que no contiene.

No es, afortunadamente, la perorata paternalista, revestida de complejo de superioridad cultural, de un hispanista de los de antes, que encontraban pintoresca nuestra miseria. O de los de ahora, dedicados a exacerbar la confrontación civil, a ver si corre la sangre y tienen tema. Tampoco es un libro subvencionado por separatistas o populistas autonómicos, dispuestos a torcer la mirada hacia España.

«Finezza» del autor

En palabras del autor, «estaba en Milán y no podía ir de vacaciones. Entonces, en mi tiempo libre me encerré en una antigua biblioteca milanesa con una idea: leer, consultar, navegar y archivar todos los libros escritos por viajeros italianos en España. Desde el XVI hasta hoy». Cicala descubre que las historias «más interesantes, curiosas e inteligentes» terminaron con el turismo romántico y le sorprende la práctica inexistencia de libros de viajeros italianos a España luego de 1960. La sutileza, o finezza, dada la nacionalidad del autor, es evidente. Según comenta de manera pretendidamente inocente en el prólogo a la edición española, «mis amigos españoles han planteado que me habría mostrado demasiado indulgente con los españoles».

Los informes sobre la imagen de España del Real Instituto Elcano muestran en efecto que el país donde esta resulta peor, a escala global, es en la propia España. Si Cicala ha conseguido apartarse de ese tópico, ha logrado mirar bien. La acusación de indulgencia muestra que ha acertado, al menos de manera relativa. El índice del volumen recoge 58 escenas, cada una con su peculiaridad. Una de las fortalezas radica en la afortunada selección de temas históricos y culturales vinculados con la España de los Austrias, una etapa de destinos comunes, en la cual Italia era apenas «una expresión geográfica», en buena parte integrada en la monarquía española.

Al mismo tiempo, ese tejido común «itañolo» permite colocar ante un espejo imaginario a los mirones y dejar al descubierto su impostura. Entre «Zurbarán, el extraterrestre», «El relojero italiano de Carlos V» y «Cervantes y mariscos», hay mucho para escoger. La banalidad de los viajeros románticos y sus franquiciados locales, desde Carmen hasta el clan Almodóvar, queda expuesta, para que cada cual decida si quiere pensar por sí mismo o seguir haciendo el ridículo y practicando el «autoexotismo», del que tanto se rió Berlanga.

Animalario

Algunos capítulos se ocupan de raros entre los raros, mirones italianos sobresalientes. El hispanista profesional, lo sospechábamos, en origen era cínico, inadaptado, aventurero o aburrido. El animalario es abundante. Orio Vergani, fascista de profesión, aparece en Barcelona en julio de 1936 con una cámara Leica, «algunas guías turísticas y el ejemplar del Quijote con el que, desde joven, intenta fortalecer su enclenque español». Capturado con otros italianos, mientras esperaban la «justicia proletaria», se dedicaron a hacer crucigramas. Dejó unas páginas que Cicala considera «antiheroicas, ingeniosas y tendenciosas».

A la España roja se unió en cambio Nicola Chiaromonte, quien tras bombardear con la escuadrilla organizada por André Malraux un aeropuerto y una estación ferroviaria, experimenta «una alegría involuntaria». Malraux, recuerda Cicala, no sabe disparar ni pilotar, solo habla francés, viste marcas de lujo como Lanvin y lleva foie-gras en la mochila. Al menos no es un turista de guerra.

La fascinante parada en los años sesenta la representa Enrique Irazoqui, conocido como «Jesús», pues acaba representándolo en «El evangelio según San Mateo» (1964) de Pasolini. Cuenta Cicala: «No bebe. Fumaba, pero lo dejó. Era marxista. También lo dejó». Irazoqui recuerda sus paseos fílmicos por Italia: «No tengo la impresión de haber hecho una película. Rodábamos cinco minutos, después jugábamos a fútbol». Pasolini criticaba la industrialización, pero le apasionaban los coches rápidos. Francamente, al lado suyo las orgías de Dalí parecen aburridas. Tras él, aparece José Bergamín. «Le gustaba recordar que su abuelo Tommaso fue un patriota veneciano que procedía de Bérgamo», exiliado tas la revolución liberal de 1848 en Málaga. Más imprevisible e interesante resulta Leonardo Sciascia, «hispanista autodidacta». Son tantos…


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