El hombre que charlaba en la cocina del gran Leonard Cohen

«Asuntos de vital interés», de Eric Lerner, amigo íntimo del poeta y cantante canadiense, ofrece una visión única y bien contada de su intimidad. Hay mucho humor, algo de fina mala leche y un cierto aire de jerga «beatnik» pasada de moda

Leonard Cohen con el que fue su mentor espiritual, Kyozan Joshu Sasaki, Roshi, al que cuidó hasta su muerte
Luis Ventoso

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Kyozan Joshu Sasaki fue un influyente monje zen japonés, un «roshi» (viejo maestro), nacido en 1907 y muerto en Los Ángeles a los 107 años. Ordenado en su primera adolescencia, recibió una educación religiosa anclada en el siglo XVII, en la era Tokugawa. En 1962, su orden le encomendó la misión de hacer apostolado a Estados Unidos, donde fundó varios centros budistas y contó con centenares de discípulos. El más conocido es Leonard Cohen, quien durante toda la segunda parte de su vida lo eligió como su instructor. Hasta se pasó un lustro entero como monje a su servicio, cocinando para Roshi, limpiando el templo, levantándose a las 2.30 de la madrugada. Incluso aseándolo delicadamente cuando el gurú, ya nonagenario, empezó a necesitar pañales. En el templo de Mount Baldy, un antiguo albergue de Boy Scouts situado en una montaña de más de 2.000 metros del condado de Los Ángeles, Cohen era un monje de cabeza rapada, con gafas de sol y teclado Casio en su cuarto, al que Roshi dio un nuevo nombre: Jikan («el silencio entre dos pensamientos»).

«Roshi», como simplemente lo llamaba el poeta y cantante canadiense, gastaba porte de tonel -muy bajito y ancho-, con cráneo rasurado, cejas muy negras y una mirada entre aburrida y displicente, que de vez en cuando te fulminaba como un latigazo. En 2012, su aura se vio súbitamente derrumbada. The New York Times reveló que desde los años setenta, Roshi Sasaki había sido un depredador sexual incansable, que abusaba de sus discípulas, un clamor silenciado por su feligresía. El maestro murió dos años después del escándalo sin decir nada al respecto. Cohen tampoco quiso juzgarlo. Se limitó a comentar que había permanecido a su lado porque le gustaba el hombre, con el que además de meditar compartía largas veladas beodas de coñac y whisky. «Si Roshi hubiese sido profesor de física en Heidelberg, yo habría estudiado alemán y me habría ido a Heidelberg». Simplemente era su amigo.

Asuntos de vital interés. Eric Lerner. Traducción: Ramón Buenaventura Alianza, 2019. 296 págs. 19 euros
Asuntos de vital interés. Eric Lerner. Traducción: Ramón Buenaventura Alianza, 2019. 296 págs. 19 euros

El enigma de Roshi -¿un sabio admirable o un habilidoso estafador de almas?- es el soterrado hilo que recorre Asuntos de vital interés, estupendo libro de memorias de Eric Lerner, ocasional y fallido guionista en Hollywood, director de revistas, literato y explorador espiritual. Un corpulento judío estadounidense que durante cuarenta años compartió una amistad única con Cohen, el enjuto judío de Montreal que se convirtió en el mejor barítono depresivo del mundo. Un artista que conoció la aclamación absoluta cuando cumplidos ya los 74 años se vio obligado a volver a la carretera, tras verse desplumado por su querida contable de toda la vida (que era «como de la familia», hasta que le vació todas las cuentas).

Lerner y Cohen, que en sus conversaciones se interpelan siempre como «viejo Leonard» y «viejo Eric», se conocieron en la primavera de 1977, precisamente en un retiro espiritual de Roshi. Allí el viejo santón (o bribón), que farfulló toda su vida un inglés casi ininteligible, los ponía a prueba lanzándoles preguntas de esta guisa: «¿Cómo captas tu verdadera naturaleza cuando miras un pino?». Lerner evoca aquellos retos más bien absurdos con una perspicaz ironía. Los dos entrañables amigos compartieron vivienda algunos años, la casa de dos plantas nada ostentosa y de pequeño patio ajardinado que llamaban Tremaine, por el barrio de Los Ángeles del mismo nombre, peligroso cuando se instalaron en él y chic andado los años por los milagros de la centrificación. Allí, sentados cada uno a un lado de una pequeña y añosa mesa de cocina, Lerner y Cohen debatían espirituoso en mano -o con unos polos helados si abrasaba el calor- sobre lo que llamaban «asuntos de vital interés». Por ejemplo, sobre si los neandertales eran solo «unos muñecotes con pinta de atontados que había en el museo de historia natural» o en realidad guardaban cualidades infravaloradas. O intercambiaban dramáticas reflexiones sobre el sino de los pingüinos de sexo macho en la procreación pingüinera. Hay mucho humor, algo de fina mala leche y un cierto aire de jerga beatnik pasada de moda.Tras lustros de semiolvido, Cohen murió entre laureles y aplausos, venerado y ejecutando gentiles saludos, sombrero fedora en mano

Con el discurrir de los años, vamos asistiendo a lo que a todos nos espera: divorcios y desengaños de ambos, reveses profesionales, relaciones equivocadas y la erosión del cuerpo, que acaba siempre en dolor y derrota. Descubrimos, aunque ya lo sospechábamos, que Cohen detestaba a la madre de sus dos hijos, su exmujer, la antaño modelo Suzanne Elrod. El poeta, el gran mujeriego serial, confiesa que lo que lo enganchó de ella fue el puro magnetismo sexual, en concreto, el culo perfecto que observó el día en que la conoció, cuando ella estaba aupada en una escalera. Asistimos a las veladas de desesperanza casi feliz de los dos amigos en el bar desangeladísimo del Myflower, un hotel decadente de Manhattan, ya desaparecido, donde Cohen se hospedaba en Nueva York en días grises. No se ocultan los años tristes de Leonard, cuando en Estados Unidos era un don nadie que ya no interesaba. Es demoledor el relato de un concierto en un aforo pequeño y vetusto, donde ambos se trincan casi tres botellas de vino tras el telón para que el artista sume ánimos para salir a las tablas del garito provinciano.

En 1984, Cohen presentó a Columbia su nuevo disco, Various Positions. Es sonado que el flamante jefe de la discográfica, Walter Yetnikoff, lo despreció con esta frase: «Mira, Leonard, sabemos que eres grande. Pero no sabemos si eres bueno». Aquel disco tratado tan despectivamente contenía, entre otras, la canción «Hallelujah». La justicia poética la fue elevando con el paso el tiempo, hasta el punto que hoy es un himno (uno de los que han sonado en versiones varias estos días de enfermedad y confinamiento).

Regreso a la carretera

Tiempo de retomar el enigma. Volvamos a Roshi. Cohen permaneció a sus pies, retirado en la alta montaña, desde finales 1993 hasta 1998. El poeta, un judío de familia rabínica que toda su vida observó el sabbath, nunca le compró la fe budista. Pero, curiosamente, Roshi le quitó de encima la depresión que lo había acompañado toda su vida y que atacaba con farmacopea fallida y variada (legal e ilegal). «Roshi no ofrece esas verdades sorprendentes que esperamos de los líderes espirituales, porque es un mecánico. No habla de la filosofía de la locomoción, sino de reparar el motor. Lo que hace es reparar motores averiados», explicaba Cohen. A él le arregló el suyo, aunque el lector se queda con la sospecha de que el maestro era un inteligente pícaro, consagrado a crear un personaje con gancho y enigma para engatusar a personas extraviadas, o interiormente destrozadas.

Cohen descendió de Mount Baldy y en 2008 volvió a la carretera. Estuvo en ruta hasta 2013 y murió tres años después. Esta vez el planeta lo estaba esperando. Veneró su obra y su persona. Tras lustros de semiolvido, murió entre laureles y aplausos, ejecutando gentiles saludos sombrero fedora en mano.

Eric Lerner
Eric Lerner

La parte final del libro es elegíaca y, lógicamente, melancólica. Llegan las enfermedades, que los dos amigos también sufren a la par. Un cáncer va apolillando la osamenta de Cohen, que busca en el trabajo una fuga del dolor y la parca (dos discos grabados a contrarreloj, como si fuese aquel caballero de Bergman que jugaba al ajedrez con la muerte). Unas horas antes de morir, desde su casa de Tremaine, Leonard le manda un mail a Eric ironizando sobre el final que llega a través de estos versos del Inferno de Dante: «Por mí se va a la ciudad doliente / Por mí se va hacia el dolor eterno / Por mí se va tras la perdida gente». Lerner recibe asustado ese clarín del adiós. Pero poco después otro correo silba en su bandeja de entrada. Leonard le cuenta que se acaba de caer saliendo del baño y que se ha dado un buen golpe en la cabeza. Honrando la amistad hasta el final, el poeta todavía teclea dos últimas frases, informando a su amigo de «lo bueno que era estar otra vez en la cama», «siento unas oleadas de bienestar abrumadoras». Lerner se echa a llorar y el envía este mensaje: «Hemos vivido unas cuantas pequeñas excursiones en nuestros tiempos. Viejo amigo. Como tantas veces dijiste: ¡Vaya viaje!».

Nunca hubo respuesta.

«Nuestra larga conversación había llegado a su fin».


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