El artista que ha vuelto a pintar el muro de Berlín para retratar el mundo del coronavirus

El dominicano Jesús Cruz Artiles, cuyo nombre artístico es Freethinker, ha aprovechado la pandemia para volcarse en el grafiti y regalar a los berlineses imágenes que caricaturizan este presente convulso

El artista dominicano Jesús Cruz Artiles, con una de sus obras en Berlín – EFE
Rosalía Sánchez

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CORRESPONSAL EN BERLÍN Actualizado:16/05/2020 00:38h

La inesperada realidad de la era coronavirus, de la que la publicidad comercial ha sido el primer y más rápido ámbito creativo en sacar partido, inspira ya también a las culturas alternativas, al menos a las que se enseñorean en el Mauerpark de Berlín, una zona verde y talante asilvestrado del este de la capital alemana, en la que un fragmento del Muro todavía en pie sirve de expositor a Jesús Cruz Artiles, dominicano cuyo nombre artístico es Freethinker.

Todos en Berlín nos hemos acostumbrado a las estanterías de papel higiénico vacías en los supermercados, a comprar ese producto en gran cantidad cuando lo encontramos y a llamar a la puerta del vecino para pedir un rollo en situaciones críticas. Nadie sabe bien de dónde procede la ansiedad por el papel higiénico, síntoma inexplicable de la crisis sanitaria, puesto que en ningún momento se ha interrumpido el suministro y que sepamos los desarreglos intestinales no forman parte de del cuadro corona, pero Freethinker nos ha retratado como Gollum, el popular personaje de «El Hobit» y de «El señor de los anillos», aferrado a un rollo de papel higiénico y repitiendo su obsesionado «¡mi tesoro!». Ese fue el primer grafiti de este artista que llamó la atención de la prensa local, cuando todavía era desconocido y antes de que la ciudad esperase con impaciencia su siguiente entrega.

La obra que mayor aceptación ha logrado ha sido el grafiti que actualiza el icono pop berlinés del beso entre Leonid Brézhnev Erich Honecker, seguramente el más popular fotografiado en el East Side Gallery. Ahora los que se besan son Donald Trump Xi Jimping, aunque en un beso frustrado porque los dos llevan puesta una mascarilla. Jesús piensa que de alguna forma estamos reviviendo el enfrentamiento de dos potencias, que ya estaba activo antes del coronavirus pero que ha cobrado con la crisis sanitaria una dimensión más visible y mortífera. Nos recuerda que seguimos siendo pequeñas figuras en un tablero de poder global, poderes contrapuestos que se alimentan el uno del otro sin que los que estemos aquí, a este lado del Muro, les importemos gran cosa.

«Para mí significa que Trump y el chino son la misma cosa», traduce Lena, de 16 años, que viene del colegio, de escribir un exámen, y come con sus compañeros de clase en un improvisado picnic. «Me entristece, porque aunque pensamos que después del Muro todo es diferente, que no vamos ya nunca a renunciar a nuestra libertad, esta crisis nos ha puesto delante del espejo, nos ha mostrado lo fácil que renunciamos a nuestras libertades y a nuestros derechos solo porque los grandes poderes lo decretan», reflexiona. «Para mí significa la desconfianza en el poder, ridiculiza a los poderosos y a sus argumentos, nos recuerda que pensemos por nosotros mismos», añade su compañero David.

Freethinker tiene la habilidad de comunicarse al mismo tiempo, aunque quizá en varios niveles de discurso simultáneos, con varias generaciones de berlineses. Ralf, de 57 años, confiesa que no se quita de la cabeza desde que lo vió el grafiti en el que Jesús ha estampado sobre el retrato de Donald Trump el mismo rayo cruzado que el maquillador Pierre La Roche diseñó en 1973 para la portada de «Aladdin sane», el álbum de Bowie. «En una sola imagen ha logrado fundir ciertas características que unen a dos personajes tan diferentes: su aspecto alienígena, su irreverencia, su gusto por la provocación….», describe la revista cultural «Cicero», «y a la vez nos deja al resto aquí fuera, fuera de ese universo al que solo unos pocos hombres acceden, esos fuera completamente de los consensos sociales».

Si Freethinker se dedica ahora tan intensamente al grafiti es por culpa del coronavirus. La imposibilidad de reuniones ha impedido que continúe con sus proyectos de composición de rap, o trap, o hip hop… es difícil de encasillar. Tampoco ha podido decorar un par de locales que ya tenía apalabrados. Y como lo único que podía hacer él solo en la calle era esto, pues se ha metido a fondo. «A veces no tiene que ser algo político y es solo algo humorístico. A mí me basta con sacar una sonrisa de la gente», dice Jesús, que ya concede entrevistas con gran naturalidad, «pero siempre es un reflejo de algo que yo pienso y siempre es una invitación a que tú pienses también». Le preocupa que el confinamiento, las series de Netflix que enlazan unas con otras, la pérdida de contacto real con la realidad, nos arrastren a una forma de existencia desconectada de los otros y de nosotros mismos. Está seguro de que puede comunicarse con cualquiera de nosotros a mucha mayor profundidad con cualquiera de sus grafiti que a través de un smartphone y no le importa que sus obras sean arte efímero, puesto que desaparecerán apenas llegue otro artista callejero y plasme su propia obra superpuesta, sobre el mismo Muro. No es efímero, a su juicio, si alguien ya lo ha visto, si a alguien ya le ha hablado, si alguien lo lleva ya consigo.


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