¿Qué fue de la «generación beat»?

Ginsberg, Kerouac, Carr, Burroughs, McClure, Corso, Snyder, Ferlinghetti… Fenómenos de la cultura pop, su enorme fama como grupo se debe a su potencial simbólico y su impacto sobre la literatura, la música y el cine de la segunda mitad del siglo XX

De izquierda a derecha, Michael McClure, Bob Dylan y Allen Ginsberg en una imagen de la década de 1960
Andrés Ibáñez

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«Beat», adjetivo. Cansado. Derrengado. «I’m beat», «estoy hecho polvo». «Beat», sustantivo, es también el pulso de la música, especialmente del bebopun jazz con un beat muy rápido, nervioso. Y luego estaba el lado positivo, el «upbeat», o incluso juegos de palabras con «beatific», «feliz». Para algunos, otra «generación perdida». Uno de esos ejemplos de estar en el lugar correcto en el momento adecuado. Quizá su enorme fama e impacto como grupo se deba más a su potencial simbólico que a la acumulación de su mérito real como escritores.

Como tantos fenómenos de la cultura pop, todo comenzó en una universidad, en este caso la de Columbia, en Nueva York, donde estudiaban Allen Ginsberg, Jack Kerouac y Lucien Carr. Su primer escenario es Nueva York, sobre todo Greenwich Village, el barrio bohemio (vid. la película Próxima parada, Greenwich Village), donde estaban los más famosos clubs de jazz y se fumaba mariguana y los jóvenes poetas hablaban con expresionistas abstractos como Jackson Pollock o De Koonig. Otro escenario es San Francisco, donde en 1955 se hace una célebre lectura pública de poemas, la Six Gallery Reading. Y entre ambos extremos, la carretera, el ideal beat de estar siempre vagando.

Jack Kerouac
Jack Kerouac

En la carretera de Jack Kerouac es el mito fundacional. También otro título de Kerouac, Los vagabundos del Dharma. El Dharma es la «rueda de la ley» en el hinduismo y en el budismo. Estos vagabundos van en busca de experiencias, de sexo, de drogas, de iluminación espiritual. Hay otro centro: México y sus drogas exóticas. Y otro destino simbólico: oriente, el yoga tántrico y el budismo Zen. Ginsberg comenzaba sus mítines políticos cantando mantras con un armonio. Gary Snyder pasó largas estancias en monasterios japoneses. Y drogas, muchas drogas: benzedrina, mariguana, caballo, peyote, ayahuasca…

La época son los años cincuenta. En Europa, la dura posguerra del existencialismo. En los Estados Unidos, una era de exuberancia económica, el nacimiento del «sueño americano». Pero los beats parecen ver un lado oscuro y turbador en esa felicidad de postal. Recordemos el célebre comienzo de «Aullido» de Allen Ginsberg: «Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas / arrastrándose por los barrios negros en busca de una dosis, hipsters angélicos ardiendo por la antigua conexión celeste con la astral dinamo de la maquinaria de la noche». Dejo sin traducir la palabra hipster: se refiere a los enamorados del jazz de los años 40 y su estilo de vida (noche, bohemia, drogas), otro eco que llega hasta el presente.

Versículos furiosos

Allen Ginsberg escribe en versículos furiosos que recuerdan a la Biblia, a Whitman y a su adorado William Blake. Acumula referencias a la realidad contemporánea, es ferozmente crítico con la sociedad materialista y capitalista, se gana una denuncia por obscenidad a causa de las referencias sexuales, especialmente las homosexuales. Más tarde desarrollaría una importante actividad política contra la guerra de Vietnam y se convertiría en un personaje público de mítines y actuaciones televisadas. Hay un corto de Gus Van Sant muy interesante, Ballad of the Skeletons, en el que aparece recitando ese poema con una chistera con la bandera americana, junto con imágenes de esqueletos, manifestaciones, disturbios. También Lawrence Ferlinghetti tendrá a lo largo de toda su carrera esa actitud anti belicista, anti capitalista, etc. Pero la poesía pierde mucha de su capacidad de expresión y de indagación cuando se mezcla con la política.

«Aullido» fue algo así como el manifiesto. También On the Road de Jack Kerouac fue un manifiesto. Kerouac escribió esta novela autobiográfica en un rollo continuo de papel que metió en su máquina de escribir y en el que tecleó furiosamente (el adverbio sigue apareciendo una y otra vez) sin correcciones, sin parar, en algo que llamó «prosa espontánea». Se ha hablado de «escritura automática» o de «corriente de conciencia», un nuevo estilo de escribir. En realidad, la novela no tiene nada de una cosa ni de la otra, en cualquier caso corrientes literarias ya antiguas en los cincuenta. Después del famoso rollo, que supondría una especie de borrador, Kerouac trabajó el texto hasta darnos un libro magnífico, maravillosamente escrito, y tan «espontáneo» como pueden serlo Henry Miller o Mark Twain. Porque Kerouac es un prosista refinado, dueño de una sintaxis exquisita, creador de imágenes inolvidables, afecto a las frases perfectas llenas de aliteraciones. Percibimos en él algo del romanticismo de Thomas Wolfe, transformado en un romanticismo propio, un arte hecho de entusiasmo, una continua celebración de la vida.

Una de las reuniones de los «beat» en el Café Trieste (North Beach, San Francisco), en 1975.
Una de las reuniones de los «beat» en el Café Trieste (North Beach, San Francisco), en 1975.

Drogas y alcohol

El contraste con Burroughs no puede ser mayor. Burroughs pronto se adentró en el mundo de las drogas, tal como relata en su novela Junkie, que a pesar de su ácido contenido es la de más fácil lectura de las suyas. Con El almuerzo desnudo comienza su verdadero estilo: una ficción desencajada por la técnica aleatoria del cut-up, surrealista, carente de trama, con vínculos con la ciencia ficción, que luego desarrollará en obras de ciencia ficción experimental como Nova Express o Ciudades de la noche roja. Considerado por Norman Mailer o J. G. Ballard como el escritor más importante de su tiempo, tuvo una vida desastrosa a causa de las drogas y el alcohol. En 1950 se fue a vivir a México con su mujer, Joan Vollmer, adicta a las anfetaminas. Una noche, en un bar de Ciudad de México, los dos borrachos, Burroughs le dice que repitan la hazaña de Guillermo Tell, ella se pone una copa sobre la cabeza, él dispara su revólver y la mata. Juzgado en ausencia en EE.UU., es condenado a dos años de cárcel. Son muy interesantes sus ensayos sobre el arte de la escritura, y los «ejercicios» que ponía a sus alumnos de escritura creativa. Por ejemplo, caminar por la calle intentando ver solo un color, y recordar ese «viaje en color» a posteriori. Su cabeza aparece en el álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles. Era un activo practicante de la magia.

Hay hilos que los relacionan a todos en temas, en actitudes, a pesar de sus obvias diferencias. Gregory Corso, por ejemplo, estaba tan enamorado del poeta romántico inglés Shelley (también muy admirado por Ginsberg y Burroughs) que fue enterrado en el Cementerio Protestante de Roma a los pies de la tumba de Shelley, no muy lejos de la de Keats. Uno de sus poemas más famosos, «Bomb», está escrito en la forma de un hongo atómico. Gary Snyder fue uno de los poetas que participó, junto con Ginsberg, Whalen, Lamantia y Michael McClure, en la Six Gallery Reading de San Francisco de 1955. Estudió Zen en Japón y se convirtió en un dedicado practicante del budismo, y aparece en Los vagabundos del Dharma de Jack Kerouac bajo el nombre de Japhy Ryder. Frente a la cultura urbana de los otros miembros de su generación, Snyder escribe una poesía dedicada a la naturaleza, los amplios paisajes, los animales, los árboles del oeste americano.

La influencia de los escritores beat fue enorme tanto en la narrativa como en la poesía, el periodismo, el cine (las road movies) o la música popular. Autores como Ken Kesey, Paul Bowles, Thomas Pynchon, J. G. Ballard y músicos como John Lennon, Jim Morrison, Bob Dylan o Leonard Cohen han reconocido su deuda con los beat. Fueron los heraldos del movimiento hippie y de la contracultura, con su interés por la expansión de la conciencia y la filosofía oriental y su crítica a la sociedad capitalista. Pertenecían a la generación que adoraba a Charlie Parker y Billie Holliday y abrieron la puerta a la de Bob Dylan y los Beatles.


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