Ian Curtis, cuarenta años girando en la cocina

Se cumplen cuatro décadas del suicidio del cantante de Joy Division y de la publicación de «Closer» su inquietante y trágico testamento

Ian Curtis, durante un concierto – ABC
David Morán

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Un cuerpo girando en la cocina, «The Idiot» de Iggy Pop sonando en bucle en el tocadiscos, el rastro de «Stroszek», de Werner Herzog, en la programación televisiva… «Hoy es 18, ella se ha ido», que cantaban Los Planetas en «Desorden», enésima vuelta de tuerca a uno de los suicidios más estetizados y romantizados de la historia del rock. ¡Pero si hasta la mesa la mesa sobre la que brincó hacia el más allá se subastó en 2015 por cerca de 9.000 libras! «La forma en que se describe la muerte de Ian está tan alejada de la forma en que la percibí que no tiene sentido enfadarse al respecto», recordaría el mánager de Joy Division, Rob Gretton, poco después del óbito del cantante. Para el también fundador de The Haçienda y codirector de Factory Records, no hubo «profunda depresión». «Ni siquiera un amago», dijo, «La semana previa compramos un montón de ropa nueva; se le veía feliz», explicó Gretton.

Pero la felicidad, ya se sabe, rara vez franquea las puertas del Olimpo del rock ni expende billetes hacia la inmortalidad. Para eso ya está la poética sombría, el desarreglo emocional, la desolación existencial y cierto nihilismo furioso, categorías todas ellas en las que excelió Ian Kevin Curtis (Manchester, 1956) hasta que amaneció al final de una cuerda atada a una viga en la cocina de su casa de Macclesfield el 18 de mayo de 1980. Tenía 23 años, una hija que no llegaba a los doce meses y una esposa, Deborah, que se descubrió «furiosa y humillada» cuando se enteró de que «Love Will Tear Us Appart», publicada en junio de ese mismo año, trataba sobre la descomposición de su matrimonio. Tenía también una banda con la que estaba a punto de embarcarse en una gira estadounidense y un disco, el oscuro y hermético «Closer», que el mundo recibiría sólo dos meses después como una desoladora y desgarrada carta de despedida. «Tengo que encontrar mi destino, antes de que sea demasiado tarde», canta un abatido Curtis en la escalofriante «Twenty Four Hours», retrato agónico de un hombre dividido entre su esposa y su amante, la periodista belga Annik Honoré.

Aniversario discreto

Cuatro décadas después, el enigma permanece, pero las reservas empiezan a escasear. Máxime después de que el revival Joy Division propiciado por los estrenos de las películas «24 Hour Party People» (2002) y «Control» (2007) y de la edición en 2015 del cancionero «En cuerpo y alma» vaciasen la despensa de una banda de carrera sorprendentemente breve: apenas 29 meses de vida empleados en ofrecer 120 conciertos, grabar 43 canciones y publicar dos discos. O uno solo, ya que para cuando «Closer» llegó a las tiendas en julio de 1980, Joy Division era historia y Bernard SumnerPeter Hook y Stephen Morris andaban ya barruntando como esconder la tristeza bajo la alfombra electrónica de New Order.

En el horizonte inmediato, una reedición en vinilo de «Closer», retablo de la desolación que, además de anticipar la metamorfosis sintética de New Order y colocar los raíles por los que avanzarían The Cure o U2 (Bono fichó a Martin Hannett, arquitecto sonoro de Joy Division, para producir uno de sus singles), plantó la cámara ante las entrañas de un tipo emocionalmente hecho trizas. Sus compañeros de banda insisten en que no había manera de saber lo que le pasaba a Curtis por la cabeza («si estaba deprimido, desde luego que lo ocultó muy bien»», diría Peter Hook), pero bastaba con pegar la oreja a «Colony», «Heart And Soul» o «Isolation» para entender que algo no funcionaba bien dentro del cantante. O ni siquiera eso, ya que Curtis se había intentado suicidar semanas antes y la mezcla de tendencias depresivas y estado de ánimo cambiante, cortesía esto último de la medicación que tomaba para atajar unos brutales episodios de epilepsia , le convertía en un sujeto profundamente inestable.

La muerte del optimismo

Un divorcio en ciernes, sus lecturas compulsivas de Dostoievski, Nietzsche, Burroughs y Kafka, su fascinación por la imaginería de la Segunda Guerra Mundial y el paisaje inhóspito de un Manchester azotado por la reconversión industrial se encargaron del resto. «Para mí Joy Division trataba de la muerte de mi comunidad y de mi infancia. El horror me rodeaba. Por eso la música de Joy Division se refiere a la muerte del optimismo, de la juventud», explicó en su momento Bernard Summer. Fue precisamente el guitarrista quien mejor explicó hasta qué punto el suicidio de Curtis fue consecuencia de una suerte de perversa tormenta perfecta. «Fue la ruptura de su relación, acentuada por todos los barbitúricos que tomaba para suavizar su epilepsia. Había sufrido una crisis física y una crisis de pareja, que causó una crisis emocional», dijo Summer.

Fue todo eso lo que llevó a Curtis a ahorcarse con la cuerda del tendedero y, morbo mediante, lo que catapultó a «Closer» al Top 6 en agosto de 1980. Días antes, el 2 de mayo de 1980, el cantante se sacudía y estremecía por última vez sobre un escenario, el de la Universidad de Birmingham, mientras escupía con furia los últimos versos de «Digital». Ese «nunca te desvanezcas» repetido en bucle es, de hecho, el último testimonio grabado de la voz de Curtis antes del trágico desenlace; antes de que su cuerpo se quedase congelado en la memoria del pop dando vueltas en la cocina mientras suena de fondo «Sister Midnight».


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