Kodak en el país de las maravillas

Plàcid Garcia-Planas

PLÀCID GARCIA-PLANAS

La fotógrafa Anita Figueras escenifica un crimen con sus amigos en 1919 (ANITA FIGUERAS)

El título del libro me lanzó del átomo a las estrellas: Idea del Universo.

Lo encontré un día por casa. Editado en el año 1875, era un pequeño libro escolar de mi bisabuelo y me cautivó uno de sus capítulos: “De la cámara oscura y del ojo”.

Aquellas páginas hablaban del misterio de la fotografía, un invento que seguía sorprendiendo, y desprendían un aire de escuela Hogwarts de Magia y Hechicería: “¿Pero cómo puede producir la luz todas estas medias tintas tan delicadas e imprimir rasgos tan finos que sólo el microscopio puede producir? Lo ignoramos. La ciencia hace el cuadro pero no lo explica”.

Esto es lo que le explicaban a mi bisabuelo cuando tenía trece años: la luz es enigmática. La máquina de fotografiar –¡clic!– como una varita mágica.

Aquel libro, impreso en la calle Ave María de Madrid, veía “la potente y pródiga mano de Dios” en la incógnita de la fotografía. Y enseñaba que “el arte no iguala jamás a la naturaleza, pero encarga tú a la naturaleza que se pinte a si misma y obtendrás una obra maestra”.

El hechizo no encantó a mi bisabuelo. En 1885, con veintidós años y cruzando París camino de Dresde, se compró una máquina de fotografiar. Pero nunca la disparó. Nunca encargó a la naturaleza que se pintara a si misma. Ya se encargaría él, de pintarla: ansiaba ser artista y lo que le atraía de Dresde era la Madonna Sixtina de Rafael, no el stage industrial que le tenían preparado.

La Madonna Sixtina de Rafael el pasado jueves en la Staatliche Kunstsammlungen de Dresde
La Madonna Sixtina de Rafael el pasado jueves en la Staatliche Kunstsammlungen de Dresde (Getty)

Ya en el siglo XX, intentó enseñar a pintar a una de sus hijas, mi abuela. Pero la niña pasó mucho de pintar la naturaleza con pinceles. A ella, desde que a los trece años le regalaron una cámara, lo que le iba era encargar a la naturaleza que se pintara a si misma: fotografiar.

Se la regalaron en verano de 1917 y era la cámara fotográfica más ligera del mercado, la preferida por los soldados aliados para llevarse a las trincheras. Una Vest Pocket Kodak.

Durante su adolescencia, con esa cámara y una intuición estética sorprendente para su edad, captaría las imágenes del mundo burgués que la arropaba: baños de mar en Biarritz, vuelos en aeroplano sobre Alicante o carreras de bólidos en el autódromo de Terramar. Pero no sólo eso. También captaría –con sus amiguitos– el lado inquietante de la existencia: delirantes imágenes de humor negro y absurdo, muy de Sabadell, del Sabadell que ya no existe, también sorprendentes en una adolescente.

La fotografía de una niña mirando fijamente a la cámara mientras estrangula a un niño, con la órbita de sus ojos asesinos atravesando a la retratista mientras la lengua de su víctima se sale de la boca. Todo enmarcado por las sombras de un bosque. Podría ser el fotograma de una película de Friedrich Wilhelm Murnau. Un destello expresionista alemán, una sinfonía del horror con el angustioso rostro de Nosferatu a punto de aparecer por el borde de la imagen.

Escenificando un crimen en 1919
Escenificando un crimen en 1919 (ANITA FIGUERAS)

En otra fotografía –mi abuela decidía la escena y colocaba la cámara: habría sido una gran instagramer– es ella la que con un puñal imaginado y extremo placer mata a otra niña. O cuando retrata a un amigo en la playa –el hermano del poeta Joan Oliver– con el pelo erizado: quizá la primera fotografía punk de la historia. En otro disparo, esta vez estereoscópico, escenifica el dolor de la modernidad: una chica atropellada por un automóvil. Cuando se observa en tres dimensiones, el cuello de la atropellada se hunde en el neumático del coche.

Escenificando un atropellamiento en 1921
Escenificando un atropellamiento en 1921 (ANITA FIGUERAS)

Pura alquimia: ella misma se revelaba los carretes en una habitación oscura. El país de las maravillas en su pequeña Kodak, la marca que empujó al mundo a retratarse a si mismo. Un gigante químico derrotado por el tsunami digital: uno de sus propios ingenieros inventó en 1975 la cámara digital y en Kodak pasaron de él. Un mamut resucitado ahora por Trump para combatir la pandemia.

El presidente del tupé sorprendió la semana pasada al anunciar desde la Casa Blanca un préstamo público de 650 millones de euros para que Kodak fabrique medicamentos para la América del coronavirus. Kodak tiene experiencia en química fotográfica, no en química farmacéutica, pero sus acciones se dispararon hasta la estratosfera en un incierto experimento: la autoridad competente investiga ahora si alguien se forró comprando acciones mientras a puerta cerrada negociaban el préstamo. Preguntado el miércoles sobre estas sospechas, Trump se escabulló como un niño: “Yo no he estado involucrado en las negociaciones con Kodak”.

Imagino a mi abuela de niña con su Kodak y me pregunto cómo habría escenificado y fotografiado a Trump estrangulándose a él mismo: la naturaleza pintándose a si misma.

Cuando en 1956 se coló en la Casa Blanca aprovechando una recepción, mi abuela ya no era adolescente. Se acercó a Dwight D. Eisenhower y lo retrató elegante, de pie, con una mano en el bolsillo. Ni se le pasó por la cabeza pedir a la aviadora que iba con ella que simulara estrangular al presidente… ¿O sí?

Aire punk en 1922
Aire punk en 1922 (ANITA FIGUERAS)

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