Moebius, el constructor de mundos

Publicado por Diego Cuevas

El cazador cazado, 2008. © 2008-2012 Editions Stardom / Moebius Productions, © 2012 Norma Editorial por la edición en castellano. Cortesía de Norma Editorial.

Sin noticias de Gir

A finales de los años treinta, Jean Giraud (1938-2012) decidió que los suburbios de la zona este de París eran el mejor lugar posible para aterrizar en nuestro planeta. Durante su infancia, logró pasar desapercibido entre los humanos escondiéndose en las salas de cine parisinas que, una vez enterrada la Segunda Guerra Mundial, proyectaban wésterns americanos de serie B, productos de tan baja estofa como para no llegar todavía al punto de cocción del reverenciado spaghetti italiano. El pequeño Giraud, fascinado con aquel lejano Oeste cinematográfico, decidió que jugar a indios y vaqueros no era suficiente y optó por crear los suyos propios: comenzó a garabatear cowboys sobre sus cuadernos cuando apenas contaba con una decena de primaveras y llegó a la mayoría de edad ensillando una carrera profesional que le llevó a cabalgar por el wéstern entre tebeos cómicos (Frank et Jeremie), aventuras clásicas (Le roi des bisons o Un géant chez les Hurons) y relatos históricos (Buffalo Bill: le roi des éclaireurs). Periplos que aprovechó para perfilar al vaquero definitivo del mundo del cómic: el teniente Blueberry, un antihéroe con las facciones de Jean-Paul Belmondo cuyas hazañas se convirtieron en un éxito tremendo a base de beber de todos los arroyos pop del far west, de John Ford a Sam Peckinpah pasando por Sergio Leone o Howard Hawks

Blueberry se convirtió en compañero de aventuras del dibujante de por vida y también en su fuente principal de ingresos. Pero Giraud, que se había dado a conocer firmando como Gir, sintió la necesidad de conquistar nuevos mundos alejados del Oeste y optó por enfundarse en el alias de Moebius, para despegar con una versión paralela de sí mismo que ponía rumbo hacia géneros más amigos de fantasear con los universos oníricos. Tras experimentar con varias historias cortas, aquel apodo se hizo más conocido en sociedad gracias a un álbum, Le bandard fou, basado en una premisa de ciencia ficción universal: un hombre se despertaba con una erección permanente y, por culpa de dicha tensión muscular no resuelta, era perseguido por un montón de gente rara a través del tiempo y el espacio. Unas páginas gamberras que elevaron tanto la libido de su sufrido protagonista como la carrera de una de las plumas más imaginativas de la historia de las artes

Los humanos

Cuando la década de los setenta comenzaba a extinguirse, en los quioscos estadounidenses apareció una publicación con título de aleación pesada y unas tripas rellenas de viñetas que revoloteaban entre la ciencia ficción futurista, el erotismo y la fantasía oscura. Se trataba de la revista Heavy Metal, o el artefacto cuyo contenido era capaz de convertir en columpios las mandíbulas de unos lectores estadounidenses malacostumbrados a consumir historietas de superhéroes con alma de palomitas. Una de las personas que quedó prendada de aquel magacín fue un caballero llamado Ridley Scott, alguien que estaba a punto de dar a luz a un xenomorfo legendario. 

Unos cuantos años antes, John Carpenter y Dan O’Bannon, un par de estudiantes de la Universidad del Sur de California, debutaron en el mundo del cine profesional filmando su propia película de ciencia ficción amateurEstrella oscura. Se trataba de una inusual comedia sobre una nave estelar rellena de cosmonautas hippies, bombas dispuestas a discutir sobre filosofía por culpa de una inteligencia artificial muy puñetera y un llamativo alienígena esférico a modo de mascota. Lo gracioso es que las redondeces de dicha criatura extraterrestre eran consecuencia de lo exiguo del presupuesto en lugar de un capricho de diseño: la alimaña en realidad era una pelota de playa pintarrajeada con spray. O’Bannon, guionista y supervisor de efectos especiales, se divirtió tanto con aquella creación como para intuir que la idea de enlatar a un monstruo junto a la tripulación de una nave podría dar mucho más juego enmarcada en el género del terror y, muy especialmente, si el bichejo en cuestión no tuviera toda la pinta de ser una amenaza paupérrima ante una costurera.

Pero un chileno chiflado llamado Alejandro Jodorowsky interrumpió sus planes al agarrarlo por las barbas y arrastrarlo hasta París con el propósito de fabricar una película basada en la legendaria novela Dune de Frank Herbert. Tras una preproducción complicada, aquellas dunas se vinieron abajo y O’Bannon acabó ingresando en un psiquiátrico junto a un montón de borradores en su maleta, entre los que se encontraba Star Beast, un guion sobre aquella idea de jugar al escondite con un alien cabrón. El director Ridley Scott, otro ser humano que también fantaseó con adaptar Dune, dio un paso al frente para dirigir a la bestia espacial y de aquellos polvos de planeta arenoso llegaron los lodos de Alien, la película que se anunció en los despachos de la productora como «Tiburón, pero en el espacio» y en los carteles de cine con la advertencia: «En el espacio profundo nadie puede oír tus gritos».

El cazador cazado, 2008. © 2008-2012 Editions Stardom / Moebius Productions, © 2012 Norma Editorial por la edición en castellano. Cortesía de Norma Editorial.

Tres años más tarde, y después de pelearse con productores y salir escaldado, aquel mismo Scott convertiría la novela corta ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick en una película titulada Blade Runner. Un film a cuyo estreno acudió un escritor treintañero que, a los veinte minutos de metraje, optó por levantarse del asiento e ir hasta su casa para arrojar diligentemente en la chimenea el borrador de la que iba a ser su primera novela. Se daba el caso de que la cinta de Scott era tan similar a aquella historia esbozada por el literato como para que el propio escritor se hubiese convencido de que, en caso de publicar el libro, sería imposible hacerle creer al mundo que la suya no era una copia desvergonzada. En los meses posteriores, la pluma de aquella persona llegaría a reescribir más de una docena de veces las primeras páginas de una novela cuya primera línea se convertiría en legendaria: «El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto». El escritor se llamaba William Gibson y la novela era Neuromante, la obra que oficialmente fundó el ciberpunk junto a Blade Runner.

Por aquellos años, en la década ochentera, el mundo entero estaba empezando a digerir nuevos universos ficticios revoltosos: Mad Max volvió a circular por autopistas posapocalípticas. Disney estrenó Tron intentando hacer creer a su audiencia que los programadores eran gente molona en lugar de sumideros de Doritos con aspecto de cordilleras de carne lechosa. Willow reclamó el terreno de la fantasía oscura. Su alteza real He-Man, príncipe de Eternia y líder de un ejército de juguetes de la sacrosanta Mattel, brincó hasta la gran pantalla poseyendo las carnes de Dolph Lundgren. Los japoneses y los americanos se aliaron para pilotar la cama voladora de Little Nemo in Slumberland hacia sueños pincelados a modo de anime en El pequeño Nemo. Y Abyss sumergió los meetings entre extraterrestres y humanos hasta profundidades oceánicas.

Moebius

Giraud confesó que realmente adoptó el alias de Moebius porque sonaba molón, aunque en las entrevistas se hiciese el interesante afirmando que el apodo reverenciaba a la cinta de August Möbius y, por extensión, la idea de dos caras distintas que en realidad son la misma. El público tardó en asimilarlo y pasado cierto tiempo todavía había muchos lectores que creían que Giraud y Moebius eran dos entidades físicas distintas. 

A finales del 74, Moebius comenzó a conspirar junto a una leyenda de los pinceles llamada Philippe Druillet, el escritor Jean-Pierre Dionnet y un hombre con muchas tarjetas de crédito conocido como Bernard Farkas, cuatro mentes lúcidas que se aliaron bajo el nombre Les Humanoïdes associés (Los Humanoides Asociados) para revolucionar el universo conocido. A partir de entonces, derramó su ingenio sobre el papel y produjo algunos de los mundos más extraordinarios que han habitado las páginas de un cómic: los delirios de El garaje hermético, las desventuras de un guerrero llamado Arzach que visitaba territorios insólitos a lomo de un pterodáctilo, la descomunal saga de El Incal fabricada a medias con Jodorowsky y cientos de relatos e imágenes plagados de vigilantes de estrellas y seres quiméricos.

Los humanoides

El truco que utilizó la revista americana Heavy Metal para arrancar tan fresca e imaginativa se basaba en no tener nada de americana. Porque su germen inicial se hallaba en un magacín llamado Métal Hurlant, repleto de cómics fabulosos e ideado por el colectivo Les Humanoïdes Associés. Una publicación que permitió a las extraordinarias criaturas de Milo ManaraEnki BilalPhilippe DruilletFrank MargerinSerge ClercPaolo Eleuteri Serpieri, Alejandro Jodorowsky o el propio Giraud desembarcar en las Américas para hacerlas suyas.

El Jodorowsky de aquella época aún no daba tanto la tabarra con la psicomagia ni tenía una cuenta en Twitter desde donde animar a sus followers a orinar sobre las madres para superar el complejo de Edipo. Era otro tipo de chalado, una persona que a mediados de los setenta ya había quebrado los culos de la audiencia dirigiendo películas como La montaña mágica o El topo, y entre cuyos planes futuros figuraba convertir la novela Dune en una puta locura cinematográfica: una producción de más de diez horas con Salvador Dalí, Mick JaggerGeraldine ChaplinOrson WellesDavid CarradineGloria Swanson, música de Pink Floyd y las cabezas de H. R. GigerChris FossDan O’Bannon o el propio Moebius a cargo del departamento artístico. O’Bannon, aquella persona que había inflado una pelota alienígena en Estrella oscura, aprovechó los ratos muertos de la preproducción para arrimarse a Moebius y ambos elaboraron a cuatro zarpas The Long Tomorrow, el que ha sido etiquetado como «el tebeo de dieciséis páginas más influyente de la historia», un relato corto que mezclaba alegremente la ciencia ficción con el noir

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