Cameraman

José Luis Garci

El operador de cámara o ‘Segundo’ es más que un técnico clave. Es un artista definitivo

José Luis Garci

Una vez más, y me parece que voy a seguir insistiendo, quiero manifestar mi absoluto desacuerdo ante la poca atención que las Academias cinematográficas -la de Hollywood, la de España…- dedican a los ‘cameramans’. En Estados Unidos, les llaman ‘camera-operators’. En España, ‘Segundos’, que viene de Segundo operador. El ‘primero’ es el fotógrafo, el gestor de la luz, y suele aparecer en los títulos de créditos como Director de fotografía; el ‘tercero’ es el ayudante de cámara o foquista. Dentro de un equipo de rodaje, lo he manifestado en muchas ocasiones, todos los miembros son importantes, pero junto al guionista y el director, el conocido en nuestra industria como ‘Segundo’ es el elemento más

 destacado. Si no por encima, está al mismo nivel que el decorador -ahora se les llama ‘production designers’– o el ejecutivo responsable de las finanzas. El ‘Segundo’ -vamos a llamarle ya ‘cameraman’- es más que un técnico clave. Es un artista definitivo. Además de ser el primer espectador de la película, es el tipo que encuadra (para lo que se necesita muy buen gusto y mucha cultura, sobre todo pictórica); la persona, insisto, que desplaza la cámara. Es la mirada del director, sus ojos, su impulso creativo. Lo de llamarles ‘Segundo’, más que un error, es una mentira. Hace unos días fui al cine a ver ‘El amor en su lugar’, la magnífica película de Rodrigo Cortés. Todos los aficionados que la habían visto antes de estrenarse, en pases privados, coincidían en alabar el plano de arranque de, repito, la estupenda obra de Rodrigo. Algunos cinéfilos han comparado esa toma con la también inicial y famosísima de Welles en ‘Sed de mal’. No comparto la opinión. La de Welles -que es extraordinaria, toda una novedad en su momento, un romance asombroso entre la grúa y el ‘travelling’-, la de Orson, digo, tiene otra intención y dura alrededor de tres minutos. El sensacional plano de Rodrigo rebasa los doce minutos, más o menos, porque no lo cronometré. A lo que voy. Nadie habla nunca -ni escribe- del trabajo de los que ejecutan esos asombrosos movimientos, tan serenos dentro de su complicación. El plano de Rodrigo Cortés, uno de los mejores (y más brillantes) de nuestro cine hasta la fecha, lo llevó a cabo (naturalmente que tras las minuciosas indicaciones del director) un ‘cameraman’ llamado Juanjo Sánchez. Lo que quiero decir es que su trabajo merece un Goya, igual que el que llevó a cabo John Russell (el operador de Welles en ‘Sed de mal’) tendrían que haberlo premiado con un Oscar. Desde hace sesenta años, mi película española preferida es ‘Plácido’, quizá la obra que cuenta con la mejor planificación de toda nuestra cinematografía. Las tomas de larga duración de Berlanga, pobladas de personajes (no gente) en movimiento, están a la misma altura que las de Max Ophüls o Béla Tarr, y para mí son superiores, en belleza y contenido, a las de Miklós Jancsó, Antonioni o Robert Altman. Las buenas películas necesitan de unos ‘cameramans’ creativos y seguros. De ‘Plácido’, concretamente, hablé muchas veces con mi querido Luis acerca de la fantástica labor de Miguel Agudo, el artista encargado de llevar la cámara en su valleinclanesco y sobrecogedor film. «Fíjate, que algunos planos era el propio Miguel al que se le ocurría cómo terminarlos», me contaba nuestro irrepetible genio. El plano de Rodrigo Cortés con el que inicia su vigorosa y sensible película, me recordó algunos de los mejores de ‘Sátántangó’ (B. Tarr). ¿Por qué no premian el trabajo de los ‘cameramans’ en los Oscar, los Bafta, los César, etcétera, incluyendo nuestros Goyas? Nunca lo he entendido. Sería recompensar el aplomo, la elegancia, la delicadeza, el conocimiento del ‘timing’ -una cosa es el ritmo y otra la prisa-, y, en fin, la belleza de los encuadres, con o sin ‘marco’. Me parece increíble que a Arthur Arling y Vicent Ferrer, los responsables de la cámara en ‘Lo que el viento se llevó’, no les recompensaran con un Oscar como a casi todos sus compañeros. Movieron la Mitchell con pericia y hechizo admirables, y sin ninguna de las ventajas del cine actual (ahora los ‘cameramans’ pueden revisar las tomas, al instante, en el ‘combo’; entonces, al contrario, luchaban con el inconveniente que entrañaba mover aquellos enormes armatostes (que ellos manejaban con cabeza de manivelas) y la dificultad de ‘ver’ a través del propio celuloide. Ernest Day, la mano derecha de David Lean, nos mostró el desierto como nadie, en apenas media docena de lentes (‘Lawrence de Arabia’). Encuadrar es un don del cielo. O del alma. Se encuadra con el corazón, siguiendo su tic-tac. Un plano bien encuadrado siempre es un plano bien sentido. «Todo está en el Prado», me decía Ricardo Navarrete. Tenía razón. Vas al Prado y allí te encuentras con el más sorprendente inserto o el más emocionante plano general. En ocasiones, las dos cosas a la vez (‘Rendición de Breda [o ‘Las lanzas’], de Velázquez). Tuve la suerte de heredar a Navarrete de Edgar Neville (‘Duende y misterio del flamenco’, ‘El baile’, ‘Mi calle’), y con él filmé catorce películas. Numerosas veces le comenté que su trabajo en ‘El viento y el león’ (John Milius) estaba a la altura de los de Ernest Day. Tanto como eso. También tuve la fortuna de colaborar con Salvador Gil (‘Marcelino, pan y vino’, entre otras maravillas) y con Manolo Velasco (‘Los santos inocentes’); y, ‘last but not least’, de haber coincidido en mi última aventura (‘El crack cero’) con Robert Fernández, todo un maestro a pesar de su juventud. Confieso que me he quedado con las ganas de trabajar con Félix MirónEduardo Noé y tantos y tantos otros formidables ‘cameramans’ españoles. Tenemos que recuperar -estoy dirigiéndome a nuevos cinéfilos y a cineastas recién llegados- los nombres de aquellos que recogieron tantas emociones de las buenas en cabalgadas, tiroteos, enamoramientos, besos, peleas, crímenes, juicios con fiscales perversos, aventuras en otros planetas o, más difícil todavía, Fred Astaire y Ginger Rogers bailando en blanco y negro para la eternidad. [‘Segundos’ suena a boxeo, a ‘Segundos, fuera’, esa advertencia que se da a los ayudantes para que abandonen el ring antes de comenzar los asaltos.]


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