RESEÑA | La tragedia de Macbeth: El teatro cobra nueva vida en la pantalla

Joel Coen trae una de las mejores adaptaciones de la clásica obra de teatro al cine con dos actores perfectos para ella.

porGabriel Escogido

Adaptar teatro al cine no es nada sencillo. De cierta forma, traducir el impacto del más estático, o quizás mejor dicho fijo, escenario a lo cinematográfico es una tarea considerable. Afortunadamente, inundar la pantalla del sentido original de La tragedia de Macbeth – 94%, es algo que entendió perfectamente Joel Coen como la clave para su versión del clásico shakesperiano. El resultado es una envolvente traducción al lenguaje audiovisual.

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Macbeth (Denzel Washington) y Banquo (Bertie Carvel), dos señores y generales militares, han ganado una batalla para el rey de Escocia. Tras conquistar los obstáculos en su contra, se encuentran con un trío de brujas que les leen una profecía: el primero será rey luego de convertirse en el señor de Cawdor, pero jamás tendrá descendientes; el segundo nunca poseerá la corona, pero dará paso a toda una línea de monarcas. Al ser recibido con el título noble augurado, el protagonista y su esposa Lady Macbeth (Frances McDormand) comienzan un plan para ponerlo a él en el trono aunque eso le cueste la vida al actual rey. Esa es La tragedia de Macbeth.

No es de sorprender que, como el aclamado director que es, Coen entendió perfectamente que tenía que hacer algo más que simplemente grabar una obra. De ahí el notorio énfasis en la construcción de una atmósfera que, con ayuda del sonido, el diseño de producción, la fotografía y los planos en perfecta conjugación, abona al sentido místico y perturbador del relato original.

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Lo que el espectador podrá notar con facilidad es que La tragedia de Macbeth – 94% no aspira a colocar a sus personajes en un mundo similar al nuestro o que emule la apariencia de la época en la que se concibió. Coen apostó por un ambiente sutil, pero no por ello carente de sentido o de efecto. Y, sabiendo que sus actores podían darle a la interpretación la vivacidad necesaria, cuidó de sugerir en las esquinas de sus lugares y paisajes el trágico destino del protagonista.

El fatalismo de la profecía, y su filosofía determinista, misma que Macbeth cumple con cada paso que da en su intento por evitarla, se traduce en el mundo que lo rodea. Los palacios en los que vive se componen de paredes altas y casi totalmente lisas, tal cual cárcel de concreto. Los pocos patrones que uno distingue en sus interiores son figuras rígidas, rectangulares o romboides: líneas de los tabiques del suelo o las varillas en las ventanas. Mismas que juegan el papel de sombrías rejas con las que su ambiente lo aprisiona en su destino a pesar de cada “decisión” que cree tomar.

Coen propone constantemente la idea de que Macbeth y su señora están en una prisión que no logran divisar. Desde los encuadres, por ejemplo, cuando la protagonista recibe a su marido y lo ve desde una ventana con varillas en forma de rombos o cuando, ya de rey, el personaje de Washington vuelve a acudir a las brujas, quienes aparecen desde lo alto de una de las cámaras de su palacio, sobre unas vigas cruzadas que lo parecen convertir en el prisionero de una perversa jaula de aves de papeles invertidos, en la que el trío de oráculos (que se disfrazan de cuervos en el filme) lo ven desde lo alto. Incluso el propio trono de La tragedia de Macbeth – 94% es un rectángulo alargado de color negro colocado sobre una habitación casi totalmente blanca.

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En las pocas escenas que ocurren fuera de un castillo, los caminos están perfectamente delimitados por gruesas piedras que los dibujan como la única opción por transitar. El único personaje que pone pie fuera de ellos es Fleance, el hijo de Banquo perseguido por Macbeth. Aunque el final lo pone de nuevo en la sombría senda, de nuevo apuntando a que nadie se escapa del rol que tiene predeterminado .E incluso en el montaje, la transición entre una escena y otra casi siempre es en fundidos que acentúan la idea de que cada acontecimiento provoca el siguiente irremediablemente.

Igual de importante es la iluminación. Los contrastes entre el uso de la luz y las sombras se usan para indicar el cambio psicológico de los personajes y sus destinos. Por ejemplo, cuando la pareja decide asesinar al rey y se abrazan, Coen cambia de un plano en el que ilumina a la perfección sus rostros a uno que los toma a contraluz, bañados en penumbra. No en vano, una famosa línea de diálogo de la obra ve a Lady Macbeth lamentar con desdén el «corazón tan blanco» de su marido.

Apostar por este tipo de construcción, alejada de lo obvio que hubiera sido hacer una épica medieval al estilo de Game of Thrones – 98%, habla de la intención de su director por hacer algo único. Después de todo, para eso ya existe la adaptación samurái que Akira Kurosawa hizo de la obra con Trono de Sangre – 98%. Y, Succession – 100%, de una forma u otra, también ya ha subsanado nuestro apetito por un relato de carácter shakesperiano adaptado a la era contemporánea.

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Pero eso no es todo lo que La tragedia de Macbeth – 94% tiene por ofrecer. El otro gran acierto de Coen fue respetar a sus actores. Una gran parte de la película se cuenta desde planos cerrados que se centran en la interpretación de sus protagonistas. Y qué goce tan espléndido es ver a McDormand adoptar, con un dominio casi perturbador, la determinación de Lady Macbeth. La naturalidad que le aporta a los diálogos de Shakespeare es arrebatadora. Cada suspiro, cada mirada, cada expresión corporal se siente acertada. La precisión de su trabajo no tiene igual en esta película.

Washington es ideal como el protagonista cuando es hora de ser intimidante y también cuando se debate entre su honor y su ambición. No obstante, cuando Macbeth empieza a perder la cordura, su interpretación comienza a palidecer, particularmente en comparación a McDormand. No es que falle en transmitir esa caída libre, sino que podemos verlo esforzarse por no exagerar ni romper con el más solemne tono de los diálogos.

La tragedia de Macbeth – 94% es un ejemplo perfecto de cómo llevar una obra al cine. No se trata sólo de replicar diálogos y escenas, sino de encontrar las formas en las que el lenguaje audiovisual puede ayudar, como ningún otro, a jugar con su sentido antes que simplemente moverlo de un medio a otro. La película estará disponible a partir del 14 de enero en Apple TV Plus y pueden encontrarla también en cines selectos.

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