Enver Hoxha y la República Popular de Albania

Tempus fugit: secunda septimana

Escrito por Laura Mínguez

Un bunker en Valbona (Alpes albaneses). Elian Stefa, Gyler Mydyti.

11 de enero. Enver Hoxha y la República Popular de Albania.

Uno de los países que estoy deseando visitar es Albania: está ahí al lado, en la parte occidental de la península de los Balcanes, separada de la costa italiana, de la bota, por el estrecho de Otranto, de unos 73km. de ancho. Tiene fronteras con Grecia, Montenegro, Serbia y la autoproclamada República de Kosovo; es del tamaño de Galicia, pero alargada, y tiene costa y mucha montaña. Perteneció al Imperio Otomano -hoy Turquía- hasta la declaración de independencia en 1912, poco antes de que estallara la I Guerra Mundial.

Se sabe muy poco de este vecino que queda a un tiro de piedra (en avión) porque ha estado aislado del mundo durante largos años. El día 11 de enero de 1944, el secretario del entonces Partido Comunista, Enver Hoxha, proclamó la República Popular de Albania convirtiéndose en uno de los dictadores más longevos que ha tenido el siglo XX.

Al frente del rebautizado como Partido de los Trabajadores combatió con los partisanos albaneses para echar a los italianos y más tarde resistir la invasión de los alemanes durante la II Guerra Mundial, lo que lo convirtió en el líder aclamado por una población mestiza y totalmente sumida en la pobreza que lo veía como un libertador.

Su mandato tuvo dos etapas: la primera, de 1944 a 1976, se caracterizó por la inclusión del país en el área soviética, su alianza con la URSS, la China popular y la Yugoslavia de Tito, es decir, uno más de los satélites comunistas al otro lado del llamado «Telón de acero», y, desde 1976 a 1985, las paranoias en las que caen todos los dictadores -sean del color político que sean- le llevaron a aislarse de todos, a separarse incluso de sus socios, a eliminar cualquier tipo de oposición mediante penas de muerte y a implantar un régimen estalinista de manual en una nación que no dejó de ser sufriente y analfabeta.

De las pocas cosas que se sabe que hizo, la más estrambótica fue ordenar la construcción de pequeños búnkeres por todo el país para proteger a los habitantes de ataques nucleares. Se calcula que hay unos 750.000 y son de tamaño muy reducido, como para acoger a una familia o menos; están diseminados por la costa, por las montañas y por los campos de labranza impidiendo, en muchos casos, la construcción de carreteras lineales o el trabajo de los tractores. Visto que no hubo invasión alemana, soviética ni extraterrestre, la población los usaba para sus citas de amor, y, según me contó la artista albanesa Anila Rubika -que participó en una exposición del IVAM de Valencia en 2019 llamada Habitar el Mediterráneo– muchos albaneses habían sido concebidos bajo esas pequeñas cupulillas que acabaron convertidas en atractivos turísticos.

Albania ha estado cerrada al exterior tantos años que, a pesar de que Hoxha murió en 1985, la maquinaria política tardó tiempo en abrir el país a las relaciones internacionales y para muestra, un botón: la embajada de España en Tirana no se estableció hasta 2005. En los años 90 se vio muy afectada por la guerra de la antigua Yugoslavia, llovía sobre mojado.

A veces no conocemos a nuestros vecinos más próximos: Albania es un país mediterráneo, el clima y el paisaje son muy similares a los nuestros y la mayoría de sus habitantes habla italiano. Me contó Anila que muchos rusos están comprando tierras allí-como están haciendo en la costa adriática de Croacia y Montenegro- y construyendo hoteles. Habrá que ir a echar un vistazo cuando sea posible y, si es como Montenegro, todavía se podrá comer, beber y alojarse por un duro.

Retrato de Magdalena Ventura, llamada la mujer barbuda, que aparece junto con su marido y su hijo.

12 de enero. Ribera Lo Spagnoletto.

El 12 de enero de 1591 nació en Játiva (Valencia), José de Ribera. Fue hijo de un zapatero remendón que supo reconocer las habilidades pictóricas de su muchacho y lo envió a estudiar a Roma siendo muy jovencito. En aquella época, el sur de Italia pertenecía a la corona española y tenía su capital en Nápoles: allí residían los virreyes españoles y allí se trasladó Lo Spagnoletto o Giuseppe Ribera, como se le conoce todavía hoy; en la Campania realizaría casi toda su obra para los nobles y la Iglesia, lo habitual entonces. Era muy menudo y algunas fuentes dicen que un poco contrahecho. Tenía fama de marrullero y algo mafioso y se enriqueció gracias a su habilidad con los pinceles y a la gran cantidad de encargos que tuvo.

Había conocido la pintura de Caravaggio, el pintor que inició el «Tenebrismo», una corriente que se caracterizó por los fuertes contrastes lumínicos y por el naturalismo: los personajes que representaban a santos, vírgenes, apóstoles, etc. eran gentes de la calle, del entorno de los propios pintores, y aparecían con sus defectos y virtudes, sin idealizar ni retocar, lo que producía en los espectadores mucha sensación de cercanía entre lo humano y lo divino.

Ribera fue un auténtico maestro en este género y tuvo una producción amplísima de pinturas religiosas que se encuentran en España a pesar de haber sido pintadas en Italia. También tiene otras obras, no religiosas, como la famosa «Mujer barbuda» que se llama, en realidad, Maddalena Ventura con il marito e suo figlio, pintado en 1631 por encargo del Duque de Alcalá. El cuadro pertenece a la Casa de Medinaceli y a la colección del Hospital de Tavera en Toledo, aunque ahora está depositado en el Museo del Prado.

El naturalismo del Barroco retrató a todos los seres que existían en magnum natura miraculum, o sea, que la naturaleza daba, fueran enanos, gigantes, deformes o hermafroditas, como la mujer de esta pintura a quien le empezó a crecer la barba con 37 años –junto a otros rasgos masculinos- y que, a pesar de ello, tuvo un hijo a los 51 al que Ribera pintó en sus brazos tomando el pecho. A su lado tiene una inscripción que hace referencia a esta circunstancia y sobre la placa aparecen un huso (símbolo de las tareas femeninas) y una concha (símbolo de los hermafroditas); también aparece su esposo, Felice d’Amici, a quien se ha querido ver como un sanjosé paciente y resignado.

Me he acordado mucho de ella viendo la película No mires hacia arriba porque no podía apartar los ojos de esas dentaduras refulgentes y perfectamente alineadas, denominador común de casi todos los personajes: Maddalena solo tendría cabida hoy día en una minoría que reivindicara el magnum natura en el caso supuesto de que no hubiera sido tratada de su hirsutismo.

Retrato de Juan de Herrera. Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, Eulogia Merle.

15 de enero. Juan de Herrera.

Cuando una obra se nos hace muy larga (parece lo normal) decimos que es la obra del Escorial. La expresión hace referencia al conjunto arquitectónico que Felipe II mandó construir en la sierra de Guadarrama, al norte de Madrid, y a lo que se tardaría en darla por terminada.

El Rey fue el campeón de la cristiandad y gobernó un imperio gigante formado por tierras que recibió de su padre en Europa, América y Asia (Filipinas), más las que él mismo anexionó a la corona, como fue el caso de Portugal.

Heredó imperios y también conflictos: uno de los más famosos tuvo como escenario el norte de Francia donde el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo -el de la lluvia de estrellas- el ejército español venció al francés en la población de San Quintín.

Felipe II deseaba erigir un palacio que fuera también monasterio, colegio, biblioteca, iglesia y sepulcro de reyes, o sea, un complejo que tuviera todas las dependencias que un monarca católico y renacentista pudiera necesitar y que estaría dedicado a San Lorenzo en honor de la victoria en San Quintín. Le encargó a Juan Bautista Toledo su construcción en los terrenos que el propio monarca fue adquiriendo y las obras se iniciaron en 1563.

Más tarde se responsabilizaría del proyecto Juan de Herrera, que no era arquitecto sino matemático y geómetra, aunque había sido nombrado inspector de las obras reales. Era santanderino y había nacido de padre hidalgo; la posición económica de su familia le permitió realizar estudios y formar parte del séquito real, con el que viajaba, y así pudo conocer lo que se construía en Europa. Se hizo cargo de las obras del monasterio y reorganizó los planos con un diseño totalmente simétrico centrado por la basílica y rodeado de cuatro fachadas perimetrales que contienen, equitativamente distribuidos, patios, jardines y otras dependencias; siempre se ha dicho que el trazado recuerda la parrilla en la que murió San Lorenzo martirizado.

Herrera se encargó de diseñar y dirigir la construcción de otros edificios: el Archivo General de Simancas (polémico hace unos años), la Lonja de Sevilla, la Casa de la Moneda de Segovia, la fachada sur del Alcázar de Toledo y las obras, que no se concluyeron, de la catedral de Valladolid.

Su estilo era muy austero, es decir, con muy poca decoración superpuesta porque, como haría Andrés de Vandelvira en Jaén, utilizaba las propias formas arquitectónicas (arcos y tímpanos) como elementos decorativos; es cierto que utilizó granito, más duro de tallar y menos proclive a la filigrana, pero la sobriedad de sus edificios tiene mucho que ver con el carácter que adornaba tanto al rey como a él mismo y, de hecho, se conoce como «herreriana» cualquier construcción de esas características.

Terminó El Escorial en 1584 y falleció el 15 de enero de 1597 en Madrid, un año antes que su mecenas, Felipe II. Las crónicas cuentan que se entendían con pocas palabras: ya se sabe que, a buen entendedor…

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