Graciela Iturbide: la vida se vive en blanco y negro

Myrna Caballero - Cultura Colectiva

Por: Myrna Caballero
Biografía de la fotógrafa graciela iturbide

En este artículo, te compartimos la biografía de la fotógrafa Graciela Iturbide, aquella artista mexicana que supo capturar pedazos de mundo para poder construir la realidad.

Hay fotografías que dejan ver instantes y otras que se atreven a narrarlos. Si bien el objetivo de la fotografía es enmarcar aquello que atraviese la pupila y la lente con la misma intensidad, ésta no se limita a la pausa del momento, sino que se acompaña de pura historia de fondo. Ese ha sido el logro de esta artista mexicana: hacernos saber que siempre pasa algo más en el mundo. Es por eso, que en este artículo quisimos compartirte un poco de la biografía de la fotógrafa Graciela Iturbide.

Ella nació en 1942 en la Ciudad de México, en el seno de una familia conservadora donde la voluntad de ser escritora se difuminó de manera fugaz, para que después, ser cineasta fuera su más auténtico deseo. Sin embargo, fue su entrada al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC)  lo que la llevó a conocer su profesión por excelencia, pues gracias a las clases de Manuel Álvarez Bravo, considerado padre de la fotografía contemporánea en Mexico, Iturbide quedó capturada por la genialidad y el arte fotográfico. Todo esto, sin saber que tal vez sería escritora, cineasta y fotógrafa a la vez, pues el arte de su imagen hace saber que hay una película narrada detrás de sus fotos. 

Ojos para volar- Graciela Iturbide. Coyoacán, México 1991.

Con el tiempo, Iturbide encontró su auténtica mirada del mundo y afinó un estilo único que terminaría por definir sus encuadres. Esta cuidadosa visión, la llevó a concentrar su trabajo en México, pero también ha viajado a Latinoamérica, en aras de inmortalizar momentos dignos del recuerdo. Por lo anterior, es posible que la parte más conocida de su desarrollo artístico sea el vinculado con capturar la cultura indígena de México, pues sus trabajos en Juchitán que hacen una oda a la mujer indígena, y en el pueblo Seri, un grupo de pescadores nómadas en el desierto de Sonora al noroeste de México y cercano a la frontera con Arizona, termina por reflejar no sólo la trascendencia cultural de grupos sociales que han estado ciegos y ocultos para la sociedad contemporánea, sino que muestra que la realidad es siempre cuestión de enfoques, pues sus fotos parecerían de carácter surreal por la lejanía de la visión cosmopolita frente a la indígena, pero recuerdan que no por ser lejanas son producto de la ficción, al contrario son reales y están más vivas que nunca. Ella logra recordar que hay pedazos de mundo que hemos olvidado, fragmentos de historia, ecos de rostros ocultos en la memoria de algún rincón que juntos generan una narración nueva, y cada narración, es una foto. Esto resalta al observar que Iturbide no fotografía lo que todos vemos, ya que enfoca al detalle, a lo curioso, lo que define y cuenta el origen de un lugar. 

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Además de encerrar en una lente la tradición indígena y su forma de vida, Iturbide también enfoca su mirada hacia obsesiones de su propia cabeza: plantas, pájaros, muerte y cotidianidades, resultan ser algunas de ellas. La técnica de Graciela es dirigida por su propia curiosidad y lealtad a la imagen, pero también se caracteriza por dejarse sorprender y maravillarse del mundo, dejando relucir la personalidad que ha construido. 

Consecuentemente, su ritual consiste en hacer con una cámara la extensión más fiel de la mirada. Asimismo, todo su trabajo se reduce a la fotografía analógica pues no se ha rendido ante la tecnología digital y sigue revelando sus rollos como una especie de religión y alabando a Mamiya, Leica y Rolleiflex. Esto, ha dado como resultado encuadres blanco y negro que consiguen cierta nostalgia y subjetividad en la imagen, siendo también elegantes y precisas. Graciela cita a Octavio Paz«la vida es, pero es en blanco y negro», afirmando así que su mundo está coloreado en matices de grises: «Yo veo la vida así, el color distorsiona más la realidad que el blanco y negro. Este abstrae y el color, cuando es chillón, no representa la vida», opina Graciela.

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Los académicos han intentado clasificar la obra de Graciela como «surrealista» o en el «realismo mágico», sin embargo, para ella no podría haber cosa más molesta, pues afirma que categorizar a un artista es quitarle su autonomía. Sus fotos las define como normales, pues sólo trata de contar historias y retratar la dignidad de las personas. Pero es esa visión la que genera un trabajo así de único, honesto y trascendente. 

Ver también: Graciela Iturbide: Capturando la esencia del pueblo Mexicano

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