Centros culturales

Al sur del continente, en Argentina, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) tiene programadas dos exposiciones con nombre de mujer para la primavera: el de Irene Kopelman (Córdoba, 1974), Puntos cardinales, será la primera exposición en su país de esta artista afincada en Ámsterdam, un proyecto en proceso —esta es la fase que más le interesa— que surge de diferentes expediciones con biólogos, geólogos y expertos en otras disciplinas. Y Sara Facio (San Isidro, 1932) será la protagonista de la otra muestra, ella y los retratados por esa consagrada fotógrafa durante un periodo muy concreto de la historia de Argentina: entre 1972 y 1974, de ahí que la exposición se titule Perón, ya que las imágenes son la mirada fotoperiodística que Facio puso sobre este Gobierno.

Hay que mirar más a las mujeres | Blog Mujeres | EL PAÍS

Desde Naves esperan mantener las cifras del último trimestre. Para ello cuentan con varios estrenos como The End, ópera de la estrella virtual del pop nipona Hatsune Miku, cuya voz e imagen son una creación digital. Eso no quita para que su vestimenta haya sido ideada por Marc Jacobs. O un ciclo de la compañía L’Alakran, fundada en Ginebra por el director, actor, autor y escenógrafo vasco Oscar Gómez Mataque, y que contará con el estreno de su última obra.

‘Sold out’ creativo en Matadero | Madrid | EL PAÍS

RAQUEL VIDALES
Madrid 29 NOV 2017 – 23:00 CET
Simona Sala en ‘Medeas. On Getting Across’, de Teatr Zar.
Simona Sala en ‘Medeas. On Getting Across’, de Teatr Zar. MACIEJ ZAKRZEWSKI
El espacio en el que se desarrolla la obra Medeas. On Getting Across, que se presenta mañana en las Naves Matadero de Madrid, tiene exactamente las mismas dimensiones que el estudio donde el director polaco Jerzy Grotowski (1933-1999) concibió hace medio siglo algunos de los fundamentos que todavía hoy sostienen el teatro de vanguardia. No es pura coincidencia ni tampoco fetichismo: simplemente se debe a que el espectáculo fue creado en ese mismo lugar, dentro del edificio que albergó el mítico Teatro Laboratorio en la ciudad de Wroclaw, hoy reconvertido en Instituto Grotowski.

“Pero que nadie piense que esto es un ejemplo de lo que hacía él hace medio siglo. En absoluto se reconocería en este trabajo”, advertía anteayer Jaroslaw Fret, actual director de la institución y de su compañía residente, Teatr Zar, en un encuentro con EL PAÍS mientras supervisaba de reojo la instalación de la escenografía.

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La oleada teatral polaca
¿Qué queda entonces de Grotowski en las creaciones de sus discípulos más directos? “Quedan las mismas preguntas. ¿Cómo puede un actor convertirse en transmisor de una vivencia si no la ha experimentado personalmente? ¿Cómo conseguir que el espectador tenga esa misma vivencia? Esa es la base del método de Grotowski y lo que sigue guiando nuestras investigaciones”, explica Fret.

Para el maestro polaco, iniciador del llamado “teatro pobre”, que tanto influiría en el trabajo de directores posteriores como Peter Brook, lo importante del hecho escénico es la relación que se establece entre el actor y el público: conseguir que tras esa comunión el espectador salga transformado a la calle.

Para llevar a la práctica esta premisa Teatr Zar dedica mucho tiempo a la investigación antes de ponerse a crear un nuevo espectáculo. Los dos que presenta desde mañana hasta el domingo en Madrid, Medeas. On Getting Across y Armine, Sister, forman parte de una trilogía que iniciaron en 2011 (aún está en proceso la tercera parte) llamada Anamnesis, una palabra que en griego antiguo significa “recuerdo de la mente” o “reminiscencia”.

Medeas pretende reflejar la experiencia de los refugiados: transmitir la vivencia del rechazo, el dolor del exilio. En el caso de Armine, Sister, se rescata del olvido el genocidio que sufrieron los armenios hace un siglo por parte del Imperio Otomano. “Pero nuestro objetivo no es relatar un hecho histórico o algo que se puede leer cualquier día en cualquier periódico. Lo que intentamos es actuar como correa de transmisión de una experiencia, que el espectador la viva también. Es la manera de salvarnos todos de la ignorancia”, aclara el director.

Esto explica por qué no hay casi texto en estas creaciones. Todo se expresa y se transmite a través de canciones, gestos, acciones, elementos orgánicos (agua, una fruta, pan, arena) rituales y liturgias originales. Todo lo que se utiliza en escena surge tras viajes, investigaciones y contactos con las fuentes originales. “Por ejemplo, la persona que canta los textos litúrgicos armenios no es un intérprete cualquiera. Es uno de los tres maestros cantores de música armenia que quedan en el mundo [Aram Kerovpyan, de la catedral armenia de París]”, apunta Fret.

Al final de cada función, el espectador descubre que toda la escenografía se ha transformado: lo que era una puerta acaba siendo una balsa; lo que al principio eran columnas se convierten en arena, ruinas. Y el público se ve obligado a atravesar esa arena, dejar sus huellas. Así es como acaba formando parte de la propia acción teatral.

Más allá de la ficción

Es la segunda vez que Teatr Zar visita España. En 2011, trajeron su obra Anhelli. La llamada, que solo pudo verse en el Teatro de la Abadía de Madrid y en las ruinas de un antiguo convento de Belchite (Zaragoza). La compañía se formó en el Instituto Grotowski durante unas expediciones de investigación a Georgia entre 1999 y 2003. En estos viajes recopilaron gran cantidad de material musical y cuentan que posiblemente encontraron las composiciones polifónicas más antiguas del mundo. Su primer gran éxito internacional fue la trilogía Gospel of Childhood, realizada entre 2003 y 2009.

Junto a las dos obras que Teatr Zar representa en Madrid, la compañía ha montado una instalación con objetos, imágenes e historias recogidos en campos de refugiados durante el proceso creativo. A los espectadores se les entrega al final un sobre con algunos de esos elementos: fotografías reales, relatos y una llave: la llave del hogar a la que todo exiliado se aferra con la esperanza de volver algún día.

El teatro que transforma al espectador