Desplazados

10Raghad, de 11 años, sostiene un dibujo que hizo durante una clase de pintura en su escuela en Saqba, en Guta Oriental, en las afueras de Damasco. “Quería dibujar algo sobre alegría y felicidad, sobre una granja en la que podamos vivir sin bombardeos. Ojalá pueda ver mi sueño hecho realidad “, explica. “Mi deseo es que todos nosotros, incluidos mi mamá, mi papá y mis cuatro hermanos, siempre quedemos juntos”.

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A pesar de algunos intentos de diálogo entre pigmeos y bantúes, el conflicto sigue en marcha. “La particularidad de este contexto es que formalmente aquí no hay campos de refugiados reconocidos como tales”, asegura la coordinadora de Médicos sin Fronteras (MSF) desde el terreno, Susana Borges. En la imagen, un hombre congoleño en un campamento improvisado para personas desplazadas el 21 de marzo de 2018 en Kabutunga (República Democrática del Congo).
2A pesar de algunos intentos de diálogo entre pigmeos y bantúes, el conflicto sigue en marcha. “La particularidad de este contexto es que formalmente aquí no hay campos de refugiados reconocidos como tales”, asegura la coordinadora de Médicos sin Fronteras (MSF) desde el terreno, Susana Borges.

En la imagen, un hombre congoleño en un campamento improvisado para personas desplazadas el 21 de marzo de 2018 en Kabutunga (República Democrática del Congo).

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El declive comenzó cuando el Gobierno les expulsó de sus tierras ancestrales. Cortó su suministro de agua, dejó de prestar servicios básicos como salud y educación y los trasladó por la fuerza, en camionetas, a tres campamentos llamados Nuevo Xade, Kaudwanwe y Xere. Ocurrió en tres ocasiones: 1997, 2002 y 2005. El supuesto propósito era acercarlos a los servicios de salud y educación e integrarlos en la vida moderna y el sistema de un país que hoy tiene uno de los estándares de vida más altos de África.

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Kronikovski intenta convencerle de las virtudes del trabajo en común, pero Ulián dice sentirse más cómodo con la cosechadora que él construyó a partir de chatarra. “Todo lo que necesito es tierra y algo de ayuda para comprar semillas y combustible. Los créditos bancarios, que hay que devolver mes a mes, no están pensados para la agricultura, y las becas del Estado son muy burocráticas”, señala el colono, al que el Gobierno ruso pagó el traslado y el transporte de enseres desde América Latina y ayudó con una subvención financiera.

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Sovath explica que, antes, todos los aparatos los compraba con el dinero de sus lienzos. Pinta óleos de pasajes de la historia de Buda. Pero en los últimos tiempos, ha recibido mucho apoyo de organizaciones internacionales y donaciones de camboyanos, que le han ayudado a equiparse. En 2012, Luon Sovath recibió el Premio de Derechos Humanos Martin Ennals y varios reconocimientos de HRW. Este año ha aparecido en el documental Cambodian Spring, un retrato íntimo de tres camboyanos que el documentalista británico Chris Kelly filmó durante seis años y en el que muestra cómo se ven atrapados por el desarrollo caótico de la Camboya moderna. “Pronto todos los pobres se irán. Solo quedarán los ricos. No quieren a gente como nosotros viviendo en su bonita ciudad”, explica una de las víctimas de las evacuaciones en la película.

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