FAO

Un estudio de la revista Science coordinado por la FAO explicaba lo siguiente en 2016: comparadas 344 parcelas agrícolas en África, Asia y América Latina, se concluyó que los rendimientos de esas tierras eran notablemente más bajos en aquellas que habían atraído a un menor número de abejas durante la época de floración. Esto basta para explicar su importancia.

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En Ali Ouri, un pueblo de 4.000 habitantes, las familias con escasos recursos sufren las consecuencias de un año especialmente duro. Al menos 14 pequeños sufren ya desnutrición aguda. Son el reflejo de que han aumentado un 50% los menores que están en riesgo de desnutrición grave en seis países de la zona respecto a la última gran crisis alimentaria en el Sahel, en el pasado 2012. “Resulta trágico que las mismas madres vuelvan a las clínicas año tras año con sus hijos con síntomas de desnutrición aguda grave, y este año todavía en un número mayor”, ha declarado Marie-Pierre Poirier, directora regional de Unicef para África Central y Occidental.

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Los sistemas de irrigación de los arrozales en Bangladés, por ejemplo, añade más de 1.000 toneladas de arsénico a la primera capa de tierras, según el investigador británico Steve McGrath, quien ha indicado que en varias regiones de China la concentración de cadmio y otros elementos químicos están llegando al límite marcado por las autoridades medioambientales como admisible: según el estudio, hasta 12 millones de toneladas de cereales se tienen que descartar cada año, con un coste de unos 2.570 millones de dólares para los agricultores chinos. Los niveles de cadmio en algunas zonas del país han aumentado hasta un 250% en los últimos 30 años. Y un exceso de metales pesados, señala el documento, puede además afectar al metabolismo de las plantas y reducir su productividad y la calidad de sus frutos.

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El valor añadido que le da esa exclusividad territorial —y que obliga a cumplir con unas especificaciones en su producción— también genera un aumento de la producción y un crecimiento del negocio. En 1996, cuando fue certificado a nivel europeo, se produjeron 4.324 toneladas de queso manchego. El año pasado se superaron las 16.120 toneladas. El café de Kona (Hawái) incrementó su producción un 250% entre 1995 y 2015. Que el producto se haga con un nombre —su nombre— en el mundo ayuda a encontrar nuevos mercados.

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Esta proliferación de cultivos editados reclama una nueva regulación lógica, según defienden expertos como Jennifer Kuzma, de la Universidad de Carolina del Norte. La evidencia científica disponible hasta el momento establece que no hay riesgo en el consumo de alimentos transgénicos por humanos: pese a más de dos décadas, no hay indicios de alergias o enfermedades provocadas por estos. Tampoco se han registrado hasta ahora casos en los que cultivos modificados hayan contaminado a sus parientes silvestres. Aun así, Kuzma aboga por tener en cuenta las preocupaciones de los ciudadanos a la hora de legislar. “En la práctica, a la hora de regular es imposible basarse totalmente en la ciencia”, apunta. “Cualquier evaluación de riesgos y seguridad implica juicios de valor”, argumenta.

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El estado del planeta responde a la creciente inquietud de la sociedad por el cambio climático, la crisis alimentaria, la pérdida de biodiversidad, etc. Estos asuntos están marcados en la Agenda 2030, adoptada por la Asamblea General de la ONU, para el desarrollo sostenible. Los expertos de esta organización abordan en la colección la complejidad de la problemática desde una perspectiva divulgativa, volviéndola accesible a todos los lectores también a través de gráficos e imágenes.

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Estos “invernaderos de agua marina” tienen paredes especiales hechas con bloques de cartón corugado que se empapan de agua marina. Entonces el viento seco de la zona atraviesa esas paredes, se lleva la humedad a medida que esta se evapora y entra en el recinto como vapor de agua. Este aumenta la humedad dentro del invernadero y baja la temperatura de 45º a unos 25º grados centígrados, generando oasis artificial ideal para el cultivo. Mientras tanto, la sal se va concentrando en esos muros y desciende hasta unos tanques que la recogen para luego secarla y venderla como fuente de ingresos alternativa.

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“Ahora mismo, lo único que rige es la ley del mercado”, mantiene Frison, que fue director general de Bioversity International. “Pero hay muchas formas de equilibrar el campo de juego: por ejemplo, con tasas que cubran parte de esos costes para quienes hagan las cosas mal”, apunta. Gortaire, por su parte, exige que cesen las subvenciones o tratos fiscales favorables que derivan en prácticas poco sostenibles. “En Ecuador, por ejemplo, los fertilizantes y pesticidas están exentos de impuestos”, señala.

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El anfitrión, el ministro jamaicano Karl Samuda, pedía “un terreno de juego nivelado”, en el que los más pequeños no tengan que correr cuesta arriba. “Los países más grandes muestran un excesivo interés en penetrar en nuestros pequeños mercados y nos dejan en una posición muy débil”, denunciaba. Sus colegas de los demás Estados insulares presentaban sus programas para relanzar la agricultura y la producción propia de alimentos, como respuesta comercial y alimentaria.

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La alta definición de los datos sanitarios (o educativos) que proporcionan mapeos como este permitirá, según Hay, poner en marcha políticas “de precisión”. Para el académico, estas conforman un nuevo campo de estudios que será de “inestimable” ayuda para intentar alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que el mundo se ha marcado para 2030. Y especialmente para atender de forma específica a las comunidades más vulnerables.

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Los países, junto a los expertos en alimentación, ONG, grupos como asociaciones de campesinos o indígenas y, por primera vez, representantes de empresas privadas, analizarán este reto, así como la necesidad de fomentar el desarrollo rural y crear empleo para acabar con el hambre y el desafío climático en la agricultura. Especialmente en un área cada vez más afectada por sequías (como el Corredor seco de Centroamérica) o huracanes (el Caribe).

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“La idea inicial de Slow Food era defender la diversidad gastronómica contra la homologación de hamburguesas y patatas fritas que traía el fast food”, explica Carlo Petrini, fundador del movimiento. Pero también nos ocupamos de la cuestión rural y de la ambiental, no solo de lo gastronómico. “Ver la pérdida de biodiversidad y el cambio climático y seguir exaltando el sabor y la calidad de una cebolla es un poco… Pero también es triste ser ambientalista sin ser gastrónomo: necesitan más alegría”, reflexiona. El equilibrio entre conocimiento, respeto y placer es la filosofía Slow Food.

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