MoMA

La obra, que se estima que fue realizada entre 1904 y 1905, fue prestada al Met en 1939 por el marchante de arte Paul Rosenberg, uno de los que compró el cuadro, que exigió al museo que fuera asegurada por 18.000 dólares.

Posteriormente, el cuadro fue adquirido en 1941 por Thelma Chrysler Foy por 22.500 dólares, quien lo donó al museo neoyorquino en 1952, donde permanece hasta ahora.

La loca historia de un cuadro de Picasso vendido para huir de los nazis

Al sur del continente, en Argentina, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) tiene programadas dos exposiciones con nombre de mujer para la primavera: el de Irene Kopelman (Córdoba, 1974), Puntos cardinales, será la primera exposición en su país de esta artista afincada en Ámsterdam, un proyecto en proceso —esta es la fase que más le interesa— que surge de diferentes expediciones con biólogos, geólogos y expertos en otras disciplinas. Y Sara Facio (San Isidro, 1932) será la protagonista de la otra muestra, ella y los retratados por esa consagrada fotógrafa durante un periodo muy concreto de la historia de Argentina: entre 1972 y 1974, de ahí que la exposición se titule Perón, ya que las imágenes son la mirada fotoperiodística que Facio puso sobre este Gobierno.

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La decisión de Paola Antonelli en 2012 de incluir en la colección de MoMA de Nueva York (uno de los museos de arte moderno más prestigiosos del mundo) varios videojuegos como ejemplo de diseño interactivo, no fue tan trascendente como la Fuente de Duschamp, pero provocó un pequeño terremoto en el mundo del arte. En una coferencia TED ella misma ironizaba sobre la cerrazón mental de los críticos: “apareció otro artículo muy pretencioso, que salió en The New Republic, tan pretencioso, de Liel Leibovitz que decía: ‘El MoMA ha confundido videojuegos con arte’. Otra vez. ‘El Museo pone el Pac-Man junto a Picasso’. Otra vez. ‘No entienden la idea’. Discúlpame. Tú no entiendes la idea.

La mujer que abrió el MoMA a los videojuegos

La fotografía trata básicamente de tomar decisiones para este fotógrafo autodidacta que a los catorce años consiguió sorprender a Edward Steichen, ya anciano y al frente del departamento de fotografía del MoMA, quien le compró tres fotografías, y a quien con solo veintitrés años el Metropolitan Museum dedicó una exposición individual. Es el MoMa quien exhibe ahora la mayor retrospectiva que se ha realizado sobre el autor, que acaba de cumplir los setenta, y brinda la oportunidad de disfrutar de su singular visión de la fotografía, tanto a través de sus series más famosas como de obra inédita y poco conocida.

Stephen Shore; sin normas